Contextos

El islam político de Irán

Por Husein Abdul Husein 

Bandera de Irán
"A diferencia de lo que cree Obama, ni las sanciones ni la diplomacia ejemplar transformarán el apocalíptico régimen de Irán en un Estado responsable. Mientras Irán siga siendo revolucionario y violento, Oriente Medio sufrirá"

En su cobertura de la crisis entre Arabia Saudí e Irán, el New York Times ofreció el otro día a sus lectores una guía básica sobre las diferencias entre suníes y chiitas. En 650 palabras, el artículo estaba tan plagado de errores que en menos de 24 horas el periódico publicó dos correcciones.

El artículo del Times era paradigmático de la deficiente comprensión americana de lo que sucede entre los suníes y los chiitas y en Oriente Medio en general. En un panel de un think tank, estuve discutiendo con un experto americano que visita con frecuencia Teherán sobre la animosidad entre el último sah de Irán, Mohamed Reza Pahlevi, y el clérigo chiita libanés Musa Sader (él pensaba, erróneamente, que Sader era para el sah lo que Hezbolá para el régimen iraní).

Aunque a simple vista parezca que el conflicto entre Arabia Saudí e Irán es de tipo sectario, no es un conflicto entre suníes y chiitas per se. Es un conflicto sobre el grado de influencia del islam en la forma de gobierno y la selección del gobernante. El régimen iraní piensa que el régimen de gobierno debe ser islámico y que el gobernante debe tener un mandato divino. Arabia Saudí, en cambio, cree que el islam es un credo, no una plataforma política, y que la tradición decide sobre los gobernantes y los regímenes.

En 1979 los iraníes derrocaron a su rey secular. Tras una breve competición por el poder, prevalecieron los islamistas e impusieron un régimen islámico como había concebido el ayatolá Ruholá Jomeini.

Los chiitas creen que una divinidad creó el mundo y que puso en él a un representante/gobernante, sin el cual la humanidad se descarriaría. Los chiitas también creen que esa divinidad envió 125.000 profetas, de los cuales Mahoma fue el último.

Antes de su muerte, en 632, Mahoma designó a su primo y yerno Alí como sucesor. Tras el asesinato de Alí en 661, once de sus descendientes le sucedieron como gobernantes del mundo (no solo musulmán). El último de estos 12 imanes fue Mohamed al Mahdí, que se ocultó en 874, a la edad de cuatro años. Solo cuatro ayudantes podían verle. Tras la muerte del último ayudante, en 941, acabó el contacto entre los imanes y los inmortales. Esta figura mesiánica reaparecerá, restaurará la justicia y gobernará, y después llegará el día del juicio final.

Desde la ocultación de Mahdí, los chiitas duodecimanos arrumbaron sus aspiraciones políticas hasta el regreso de aquél. Durante 1.400 años, los chiitas han limitado su organización a redes socioeconómicas –gestionadas por varios ayatolás– y se han mantenido alejados de la política y de la guerra, porque solo el imán tiene la prerrogativa de llamar a la yihad o presidir un gobierno.

La teoría de Jomeini del gobierno islámico fue, no obstante, decisiva para poner fin al aislamiento de los chiitas y reincorporarlos a la política islamista (muchos chiitas eran activos en su condición de seculares). Jomeini sostenía que, en ausencia del imán, los clérigos chiitas tenían que elegir al mejor y más sabio de ellos como líder.

De ahí que el líder supremo de Irán, Jomeini, y ahora Jameini, gobernara en nombre del Mahdí. Y como el Mahdí es el reflejo de lo divino en la Tierra, el mensaje de Irán es universal y su líder gobierna sobre todos los pueblos, no solo el iraní o el chiita.

Los estudiosos creen que Jomeini y, más aún, Jamenei tomaron prestada una gran cantidad de literatura sobre el gobierno islamista universal de los Hermanos Musulmanes, suníes, y de su fundador, Sayid Qutb.

Por su parte, Arabia Saudí ha tenido problemas –desde su origen– con estas plataformas islamistas apocalípticas. Ya en 1929 el fundador del tercer reino saudí, el difunto rey Abdul Aziz, diezmó a los Hermanos Musulmanes en la batalla de Sibla. Desde entonces, los sucesivos gobiernos saudíes han sido intolerantes hacia las plataformas políticas islamistas, fuesen suníes o chiitas. Arabia Saudí se fundó sobre un complejo sistema de lealtades tribales, siendo el islam la religión del Estado, pero no la raison d’être.

Esta es la razón de que Arabia Saudí, pese a ser un Estado musulmán, mantuviese una fuerte alianza con los gobernantes seculares de Irán hasta 1979; a partir de entonces el reino tuvo dificultades para tratar con el régimen iraní, que mezcla ficción religiosa con racismo persa y marxismo universal.

La afirmación del presidente Obama de que el conflicto de Oriente Medio se remonta a milenios atrás es, como la guía básica del New York Times, la desinformada historia que Estados Unidos ha propagado para tapar su resaca de Irak y su cansancio de los asuntos mundiales.

A diferencia de lo que cree Obama, ni las sanciones ni la diplomacia ejemplar transformarán el apocalíptico régimen de Irán en un Estado responsable. Mientras Irán siga siendo revolucionario y violento, Oriente Medio sufrirá. Despacharlo como un mero conflicto entre suníes y chiitas es tragarse el cuento religioso de Irán de que su líder supremo gobierna en nombre de un imán que tiene 1.147 años y es invisible.

© Versión original (en inglés): NOW
© Versión en español: Revista El Medio