Contextos

El ISIS perpetra un genocidio cultural en Palmira

Por Michael J. Totten 

Templo de Baal Shamen en Palmira, destruido por el Estado Islámico en agosto de 2015.
"Uno de mis mejores amigos estaba tan horrorizado que dijo que Estados Unidos debería invadir Afganistán. Le dije que estaba majara. No íbamos a invadir un país en la otra punta del planeta por que unos primitivos paletos hubieran volado unas estatuas. Y yo tenía razón. No invadimos Afganistán por que unos primitivos paletos volaran unas estatuas. Pero nunca olvidaré lo que dijo a continuación. Quien comete un genocidio cultural matará a seres humanos en masa. La guerra es inevitable"

Al final lo hicieron. Los cabrones destruyeron el Templo de Bel de Palmira.

Todos sabíamos lo que se avecinaba en mayo, cuando el ISIS conquistó la antigua ciudad romana, a una hora en coche al este de la ciudad siria de Homs.

Al principio no pasó nada. Prometieron que dejarían Palmira en paz, que no iban a arrasar su ofensiva preislamidad del modo en que arrasaron las ciudades iraquíes de Hatra y Nimrod.

Estuve a punto de escribir que me había equivocado después de haber predicho la destrucción de Palmira en el City Journal, pero después pensé: no, estamos hablando del ISIS. Por supuesto que van a volar la ciudad. Solo están esperando a que los occidentales, con su efímera capacidad de concentración, dejen de mirar.

Occidente no va a acudir al rescate. Ni Occidente ni nadie. (Bueno, tal vez los kurdos. Están entre la mejor gente de Oriente Medio. Por muchísimas razones).

Pero el impulso está ahí, ¿o no? ¿Aunque sea un poquito? ¿Quién puede presenciar algo así y simplemente encogerse de hombros? La vida humana es más importante que las construcciones, por supuesto, pero el Templo de Bel no es “sólo una construcción”. No es una gasolinera. No es un Wal Mart. Pertenece al patrimonio de la humanidad. Incluso el régimen mafioso de Bashar al Asad está verdaderamente conmocionado y consternado.

En marzo de 2001 los talibanes destruyeron las antiguas estatuas de Buda en Bamiyán. Usaron dinamita. Usaron cañones antiaéreos. Les costó semanas de empeño, pero al final terminaron el trabajo.

Destruyeron esas estatuas por una sola razón: no eran islámicas.

Uno de mis mejores amigos estaba tan horrorizado que dijo que Estados Unidos debería invadir Afganistán. Le dije que estaba majara. No íbamos a invadir un país en la otra punta del planeta por que unos primitivos paletos hubieran volado unas estatuas. Y yo tenía razón. No invadimos Afganistán por que unos primitivos paletos volaran unas estatuas.

Pero nunca olvidaré lo que dijo a continuación.

Quien comete un genocidio cultural matará a seres humanos en masa. La guerra es inevitable.

Seis meses después, Estados Unidos invadió Afganistán tras el ataque más devastador jamás perpetrado en suelo americano.

Yo tenía razón. Pero él también.

El genocidio cultural de los talibanes era solo un preludio de lo que vendría después.

Tres meses más tarde, Paul Berman escribió Terror and Liberalism, uno de los ensayos más brillantes de su carrera, que luego amplió en un libro aún más brillante comparando la ideología de Al Qaeda con el nazismo, el comunismo y el fascismo del general Franco en España. Los detalles de las ideologías son llamativamente diferentes, por supuesto, pero son solo distintos sabores de totalitarismo moderno con idénticas características básicas.

Las ideas comunes eran estas: existen pueblos de bien que en un mundo justo deberían disfrutar de una sociedad sólida y saludable. Pero la salud de la sociedad se ha visto minada por una horrible plaga interna, algo diabólico, ayudada por agentes externos de alguna otra parte del mundo. La plaga diabólica debe ser erradicada. Para erradicarla serán necesarias sangrientas luchas intestinas, rematadas por matanzas gigantescas. Será necesaria una guerra sin cuartel contra los aliados extranjeros o contra la plaga interna; una guerra apocalíptica, puede incluso que el Apocalipsis, con mayúscula. (El libro del Apocalipsis, como ha señalado André Glucksmann, parece haber desempeñado un lejano papel inspirador en la generación de estas doctrinas del siglo XX). Pero cuando la plaga interna haya sido al fin erradicada y el enemigo externo derrotado, los pueblos de bien disfrutarán de una nueva sociedad purgada de elementos extraños; una sociedad sana que ya no estará sujeta a las vibraciones del cambio y la evolución, una sociedad con una estructura única, como un bloque, sólida y eterna.

Cada uno de los movimientos antiliberales del siglo XX expresaron esta idea a su propia manera idiosincrásica. Los pueblos de bien se describieron como los arios, los proletarios, como el pueblo de Cristo. La infección diabólica se describió como los judíos, la burguesía, los kulaks o los masones. La sangrienta batalla intestina para erradicar la infección se describió como la ‘solución final’, la ‘lucha final’ o la ‘cruzada’. La inminente nueva sociedad se describía a veces como una vuelta al pasado antiguo y a veces como un salto hacia un futuro de ciencia ficción. Fue el Tercer Reich, la Nueva Roma, el comunismo, el Reino de Cristo Rey. Pero las características de conjunto de esa nueva sociedad siempre eran las mismas. Y con esas ideas firmemente establecidas, cada uno de los movimientos antiliberales emprendió la marcha a la batalla.

Y cada uno de esos movimientos totalitarios inició atroces guerras que mataron a millones de personas.

Aquí estamos otra vez, una década y media después, y el ISIS –Al Qaeda 2.0– está haciendo en Siria lo que los talibanes hicieron en Afganistán.

Por el momento, Occidente probablemente tolerará que el ISIS pase a pleno modo Pol Pot y extermine Siria y la borre del mapa durante un tiempo, pero esta gente acabará inevitablemente jodiéndonos a nosotros.

No vamos a invadir Siria para salvar viejas construcciones, aunque sean parte del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco; pero, como en 2001, en algún momento la guerra será inevitable.

© Versión original (en inglés): World Affairs Journal
© Versión en español: Revista El Medio