Contextos

El inevitable fin de Asad

Por Husein Abdul Husein 

El dictador sirio, Bashar al Asad.
"El hecho de que tras cinco años de guerra, muerte, destrucción, desplazamientos, y del hundimiento de las economías siria y libanesa, la presidencia de Asad siga siendo precaria sugiere que el dictador sirio ha fracasado""Ahora que Siria está dividida 'de facto' y que se han establecido zonas de control, lo único que les queda a Asad y a sus oponentes es negociar, algo que el dictador sirio parece decidido a postergar cuanto sea posible, con la esperanza de que su suerte mejore"

Desde 2011, el presidente sirio Bashar al Asad ha tratado de aniquilar a la oposición para mantenerse en el poder.

Asad ha ordenado que se dispare contra manifestantes pacíficos y que se detenga y torture a los supervivientes. Ha bombardeado vecindarios enteros con artillería, tanques, bombas de barril improvisadas, misiles balísticos y cazas. Ha utilizado armas químicas prohibidas. Ha reclutado a mercenarios del Líbano, de Irak, de Irán y de Afganistán para suplir sus carencias en el ámbito de las fuerzas de combate. Ha aumentado sus tropas con miembros de la Guardia Revolucionaria, la fuerza de élite iraní, y ha invitado a la Fuerza Aérea Rusa a realizar bombardeos de saturación sobre territorios de la oposición.

Pese a ello, los lugartenientes de Asad siguen diciendo que están dispuestos a negociar una solución política sólo si la presidencia de Asad queda al margen del debate. El hecho de que tras cinco años de guerra, muerte, destrucción, desplazamientos, y del hundimiento de las economías siria y libanesa, la presidencia de Asad siga siendo precaria sugiere que el dictador sirio ha fracasado.

Rusia, Irán y Hezbolá han hecho cuanto han podido por ayudarlo, pero parece que mantenerlo en el poder resulta prohibitivamente caro y la compensación es mínima.

Primero probó suerte Irán. Lanzó su joya de la corona, Hezbolá, a la refriega siria con la esperanza de lograr una victoria rápida. Pero pese a ser una fuerza de élite y a cosechar victorias en unas cuantas batallas, finalmente la organización libanesa se vio metida en un atolladero.

Los motivos de Irán para apuntalar a Asad resultan ambiguos, y probablemente se basen en la soberbia. Decir que Siria es un punto intermedio en la ruta de las armas iraníes destinadas a Hezbolá no resulta convincente. Como la parte occidental de Irak es suní, esos territorios del creciente chií no son contiguos. Para armar a Hezbolá Teherán no tiene más que enviar las armas por avión al aeropuerto de Beirut.

Parece que Irán vio la oportunidad de convertir a Asad en vasallo ayudándolo a suprimir la revuelta siria. Parece también que Teherán erró sus cálculos y se encontró metido en una guerra que no puede ganar.

Irán logró entonces convencer a Moscú para que interviniera, tras persuadir al presidente Vladímir Putin de que Siria era una oportunidad para humillar a sus comunes enemigos: Estados Unidos y sus aliados.

Aún es pronto para evaluar las ganancias y pérdidas de Putin en Siria. Pero en una campaña que ha durado 165 días y costado a la maltrecha economía rusa cerca de medio billón de dólares, todo lo que el presidente ruso puede mostrar para justificar la intervención es una nueva base aérea en Hmeimim, además de la vieja base naval rusa de Tartus.

Putin ha tratado de presentar su retirada como una victoria argumentando que sus fuerzas dejaban allí su avanzado sistema de defensa aérea S-400. Pero incluso antes de la implicación rusa en Siria el dominio de Asad del espacio aéreo sirio era indisputable y, por tanto, no necesitaba de ningún refuerzo ruso. Analistas rusos sostienen también que al dejar el sistema S-400 Putin pretende evitar que Turquía ataque a los kurdos del nordeste de Siria. Pero Ankara puede bombardear a los kurdos sin salir del territorio y del espacio aéreo turcos.

Puede que los motivos de Rusia para intervenir en Siria fueran los mismos que los de Irán. Tanto Moscú como Teherán participan en la guerra por motivos propagandísticos y para desviar críticas domésticas por sus problemas económicos.

Por desgracia para Rusia e Irán, la guerra inflama el orgullo patrio sólo en las primeras semanas; después los defensores absorben el impulso de la ofensiva y empiezan a contenerlo o incluso a contrarrestarlo. Si al punto muerto militar se suma el aumento de los gastos y del número de muertos (en el caso iraní), la guerra se vuelve contraproducente a nivel popular.

Después de que ni Irán ni Rusia lograran ayudar a Asad a imponerse a sus enemigos, parece que Putin comprendió que evitar pérdidas y escapar de Siria era la mejor decisión. Desde que empezó su guerra, el presidente ruso se ha asegurado de mantener abierta una salida diplomática.

Como su implicación en Siria hizo que se jugara mucho más en el conflicto, Rusia añadió una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la 2554. Moscú había vetado en cinco ocasiones resoluciones semejantes antes de 2015. Con un Putin incapaz de acabar con los oponentes de Asad, el único recurso lógico era un alto el fuego, seguido por la retirada de Rusia, Irán y Hezbolá.

Antes de retirarse, Putin ayudó a Asad a recuperar algunos centros neurálgicos, pero no suponen nada que pueda otorgar una victoria concluyente al dictador.

Ahora que Siria está dividida de facto y que se han establecido zonas de control, lo único que les queda a Asad y a sus oponentes es negociar, algo que el dictador sirio parece decidido a postergar cuanto sea posible, con la esperanza de que su suerte mejore y así pueda vencer a sus enemigos y volver a convertirse en el único dueño de Siria.

Pero las probabilidades de que Asad venza son extremadamente bajas. Igual que el iraquí Sadam Huseín y el libanés Michael Aoun antes que él, Asad gobernará una fracción de su destruido país y esperará a que cambien las circunstancias internacionales. A menos que el mundo cambie de forma radical y ayude a un autócrata con una matanza con armas químicas en su historial, la hegemonía de Asad ha terminado.

© Versión original (en inglés): NOW
© Versión en español: Revista El Medio