La Librería

El hijo renegado de Hamás

Por Eli Cohen 

son-of-hamas
"Alguien que hoy podría estar sentado al lado de los gerifaltes corruptos y terroristas de Hamás advierte en cambio a los palestinos en la ONU: 'Dejen de culpar a Israel de todos sus problemas'. Y también nos dice a todos que todavía hay esperanza: si él pudo cambiar, muchos más podrían hacerlo y abrir el camino hacia la paz"

Recientemente, un tal Mosab Hasán Yusef se presentó en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, arremetió contra la delegación palestina y, ante la estupefacción de todos los presentes, dijo que los líderes de la Autoridad Palestina son “los principales enemigos del pueblo palestino”. Fue un momento épico en el referido organismo de la ONU, caracterizado por permitir continuamente la infame paradoja de que países como Siria, Corea del Norte o Irán acusen a Israel de los peores crímenes contra la Humanidad.

Yusef habló con conocimiento de causa. Yusef fue un hijo de Hamás.

Mosab es el mayor de los vástagos de uno de los fundadores de Hamás, el jeque Hasán Yusef. En 2007 se escapó a Estados Unidos y se convirtió al cristianismo después de haber colaborado durante años con la agencia de inteligencia israelí Shin Bet. Como alegato para que le concedieran el visado, presentó su historia al juez; historia que luego se convertiría en esta autobiografía que nos ocupa: Son of Hamas (Tyndale, 2010)

El libro, best-seller del New York Times, está escrito con un estilo sencillo y directo, se presta a ser devorado en poco tiempo. Con escrupulosa sinceridad, Yusef nos habla del nacimiento de Hamás, de su posición como hijo del jeque Yusef, de su infancia marcada por la ocupación militar israelí, la lucha armada y el islam; de su estancia en la cárcel, su colaboración con el Shin Bet, su conversión al cristianismo y su profundo desencanto con los líderes de su pueblo: al punto de que acaba describiéndose como “hijo de un pueblo que ha sido esclavizado por sistemas corruptos a lo largo de los siglos”.

El relato de Yusef es también la crónica del periodo más definitorio del conflicto entre israelíes y palestinos, la Segunda Intifada, que marcó el inicio del siglo XXI en Oriente Medio. Aún tenemos en nuestras retinas –sobre todo los que por aquel entonces andábamos conformándonos una conciencia política– las imágenes devastadoras de los cuerpos despedazados entre amasijos de restaurantes y cafeterías israelíes; también, de la devastación provocada por los ataques del Ejército israelí en las ciudades palestinas.

En aquellos ominosos días, los atentados suicidas y el fuego abierto eran algo cotidiano, y la estrategia de los hombres bomba casi hizo derrumbarse a la sociedad israelí. Sin embargo, no conocíamos los entresijos del estallido de violencia y horror. Sí conocíamos, en cambio, que un grupo que estaba de capa caída después de la Primera Intifada debido a la presión de la Autoridad Palestina de Arafat ganó protagonismo y alcanzó la cima sangrienta de la lucha palestina: Hamás.

A través de la historia absorbente de Yusef, nos adentramos en los territorios palestinos, especialmente en Cisjordania, y vivimos la Segunda Intifada por medio de un palestino de 20 años, buen conocedor de la lucha armada contra Israel debido a su posición como hijo del jeque Hasán. Somos testigos, además, de la evolución de las organizaciones palestinas, en un principio laicas, nacionalistas y afiliadas a todos los grupos terroristas europeos de tendencia izquierdista, transmutadas paulatinamente en organizaciones islamistas que promueven la yihad. La descarada corrupción de la OLP sembró el camino para que los palestinos se islamizaran. Dice Yusef:  

[Durante la Primera Intifada] los fedayines no eran más que gasolina para avivar las llamas de la rabia y el odio y mantener el flujo de donaciones hacia las cuentas bancarias de los líderes de la OLP.

El cambio en Yusef, aspirante directo a ser un hombre bomba o un líder de Hamás, se produce, sorprendentemente, en la cárcel israelí. Sometido a una presión tremenda y a unas durísimas condiciones durante sus primeras semanas en aislamiento, cuando lo trasladan con los presos comunes descubre que el liderazgo de Hamás ejerce su control sobre los presos palestinos con puño de hierro. Es testigo de las torturas que Hamás aplica –ante la indiferencia israelí, apunta– a presos palestinos acusados de colaboración sin tener pruebas para ello. Según las cifras de Yusef, entre 1993 y 1996 Hamas investigó y torturó a 150 presuntos colaboradores dentro de las prisiones israelíes, y asesinó a 16.

Su captación como agente infiltrado se produce en prisión. Es reveladora la primera conversación que mantiene con su reclutador del Shin Bet, el capitán Loai (su auténtico nombre es Gonen ben Yitzjak):

– (…) Israel es un país pequeño y tenemos que protegernos. No podemos permitir que hagan daño a nuestros ciudadanos. No se lo pondremos fácil a quienes quieren herir a nuestra gente.

–Yo no he herido a israelíes, vosotros sí me habéis herido a mí.

Yusef conocía el precio por colaborar con Israel. No obstante, en un primer momento pensó que podría sacar partido de la situación. Su primera idea fue la de hacer de agente doble y traicionar a los israelíes. Pero al salir de prisión acude junto a un amigo a una conferencia bíblica en el mítico hotel YMCA, situado justo enfrente del King David, y decide cambiar de posición. Considera entonces que si ayuda al Shin Bet a impedir ataques terroristas salvará muchas vidas y contribuirá a poner fin a la ola de violencia.

Nace así el Green Prince, nombre en clave que le puso el Shin Bet por su posición familiar y el color de la bandera de Hamás (es además el título del documental realizado sobre el libro). Al principio pone como condición que no maten a ninguno de los que delata, pero posteriormente tiene que lidiar con varios bombardeos efectuados de acuerdo a sus informaciones. Aún así, sigue colaborando con el Shin Bet hasta el año 2007.

Estando en nómina del Shin Bet, Yusef se reunió con los líderes de la Segunda Intifada y también con Arafat, que siempre dijo que no tenía nada que ver con los ataques de Hamás, la Yihad Islámica y el FPLP. Yusef afirma categóricamente: “[Arafat] aseguró al mundo que estaba haciendo todo lo posible para sofocar el levantamiento. Pero durante todo el tiempo tuvo un dedo apretando el gatillo”. Según afirma el hijo de Hamás, Arafat se reunía semanalmente con los líderes de todas las facciones palestinas para coordinar los ataques.

Yusef vuelve a experimentar una catarsis cuando descubre la estrategia mediática de los líderes de Hamás y de los demás movimientos islamistas:

Eran los mismos líderes palestinos que habían llevado (…) a sus hijos como cabras a una matanza y luego se agacharon, se pusieron fuera de alcance, para ver la carnicería desde una cómoda distancia. Eso me enfermó más que el ‘gore’.

Para entonces, y en pleno descubrimiento religioso de la figura de Jesús, Yusef ya estaba convencido de que la liberación de su pueblo no vendría de la mano ni de los grupos terroristas ni de la Autoridad Palestina.

En julio de 2008, el periodista israelí Avi Issacharoff –productor también de la adictiva serie Fauda– conoció a Yusef y publicó un artículo en Haaretz, titulado “El hijo pródigo”, donde contaba cómo aquél se había convertido al cristianismo y escapado a Estados Unidos. Su conversión supuso tal mazazo para el jeque Yusef, asegura Mosab, que los mismos guardias israelíes que le custodiaban en prisión lloraron al ver su reacción. En marzo de 2010, un día antes de que se publicara Son of Hamas, el jeque, y por extensión toda su familia, repudió a Mosab públicamente.

En aquel entonces, la historia de su colaboración con Israel estaba por escribirse, y Yusef no contó nada al respecto a Issacharoff.

Son of Hamas es, en suma, una historia apasionante e impactante que nos muestra que el destino de una persona no está escrito. Alguien que hoy podría estar sentado al lado de los gerifaltes corruptos y terroristas de Hamás advierte en cambio a los palestinos en la ONU: “Dejen de culpar a Israel de todos sus problemas”. Y también nos dice a todos que todavía hay esperanza: si él pudo cambiar, muchos más podrían hacerlo y abrir el camino hacia la paz.