La Librería

El gran libro de la revolución siria

Por Alex Rowell 

Bandera de Siria con una mano teñida de rojo estampada.
"Ya no es que Asad sea incapaz de unificar el país, según el absurdo eufemismo de los diplomáticos, o que la supuesta 'estabilidad' que traería tendría un precio desagradablemente alto en términos humanitarios. Él, sencillamente, no es la solución; él es la personificación andante del problema, la raíz de todos los males, de la catástrofe. Puede que 'nosotros' hayamos olvidado ya en qué consistía la revolución –o siquiera que haya habido una revolución–, pero los millones de sirios que siguen viviendo día y noche a la caprichosa disposición de la maquinaria homicida de Asad desde luego no lo han olvidado, ni lo harán"

¿De verdad es posible que este mes se cumplan ya tres años del terrible ataque con gas sarín sobre Guta, en el este de Damasco? En Siria, los acontecimientos transcurren a un ritmo tan vertiginoso que la mañana ya se ha olvidado por la noche, y las atrocidades de la semana anterior son ya historia antigua. El novelista británico Martin Amis dice que todos nos convertimos en personas diferentes con el paso de las décadas. En ese caso, sólo somos el 50% de lo que éramos cuando, en marzo de 2011, estallaron manifestaciones en toda Siria, y para muchos de nosotros las percepciones sobre lo ocurrido han sufrido transformaciones igualmente acusadas. 

Ya es malo que olvidemos los detalles, pero peor es que los hechos registrados en el momento se mezclen torpemente con la información (y la desinformación) adquirida después. Ahora sabemos, por poner un ejemplo al azar, que Al Qaeda participó activamente –aunque a escala microscópica– en la insurrección armada ya en los primeros días de agosto de 2011. Incluso los que tienen la absoluta certeza de que Asad es un inhumano criminal de guerra contemplan el estado actual del movimiento rebelde y se preguntan: ¿existió realmente alguna vez un Ejército Libre Sirio moderado? Y, ya que estamos, ¿cuánto tuvo de democrática la revuelta civil inicial? 

Si alguna vez se ha visto sorprendido, aun por un instante, sopesando tales ideas revisionistas, Burning Country: Syrians in Revolution and War le resultará una lectura profundamente embarazosa. Uno abre sus páginas y entra en la primavera de 2011, y de repente todo está ahí otra vez, tal como era: las “masas de miles y miles de personas, hombres y mujeres, adultos y niños”, danzando la dabke al son de los derbakes; y los cristianos de la calle Hamidieh de Homs lanzando cariñosamente arroz a los manifestantes, en su mayoría musulmanes, que pasaban bajo sus balcones cantando “Musulmanes y cristianos, todos queremos la libertad” (en árabe rima) y “Uno, uno, uno: el pueblo sirio es uno”.

De hecho, los autores, Robin Yasin-Kasab y Leila al Shami, recrean la escena con mucha más definición de la que uno pudo obtener en el momento. Entre las numerosas cosas que hacen que éste sea el libro sobre Siria que todos estábamos esperando está el extenso y ecléctico dramatis personae entrevistado y citado en sus páginas. Así, en ellas nos encontramos con raperos marxistas suníes que organizan manifestaciones con anarquistas alauitas en Tartús, con seguidores ateos del Ejército Libre Sirio y con cristianas que se manifiestan en los “barrios musulmanes conservadores” del distrito damasceno de Maidán “ligeras de ropa de cintura para arriba”. Muchas entrevistas se han llevado a cabo dentro de Siria, a donde los autores, sirio-británicos, han viajado varias veces desde 2011. El resultado es el más vívido relato de la revolución sobre el terreno, a través de la mirada y las palabras de sus propios protagonistas, recopiladas en inglés. 

No se trata, ni por asomo, de un paseo sentimental por la ruta de la memoria, o de un lamento nostálgico por una época dorada. Yasin-Kasab y Al Shami, ellos mismos comprometidos revolucionarios, también son analistas de primer nivel, y su intención es hacer un diagnóstico de todo lo que se hizo mal, con un poderío notablemente orwelliano para enfrentarse a realidades incómodas. Cuando yerra la oposición, son implacables. A Ahrar al Sham, la brigada rebelde “más grande” y también “la más extremista” –sin contar al ISIS y a la organización antes conocida como Frente al Nusra–, se le reprochan sus matanzas de civiles alauitas y se la describe como “indudablemente liderada por extremistas yihadistas que están en contra de los objetivos democráticos originales de la revolución”. A Yaish al Islam, actor principal en los suburbios de Damasco controlados por los rebeldes, se le lee la cartilla por su autoritarismo islamista, ejemplificado sobre todo en el “probable secuestro y tal vez asesinato” de la abogada y activista pro derechos humanos Razan Zaituneh (junto a su marido y dos compañeros), una figura con una importancia sin igual entre las bases de la oposición seculares y democráticas, y a la que está dedicado el libro. A la oposición política en el exilio le atizan por no haber llegado mejor a los alauitas, los kurdos y otras minorías en los primeros y cruciales días, cuando eso pudo haber influido notablemente en los acontecimientos. 

No obstante, aquí se hace necesaria cierta perspectiva. El régimen de Bashar al Asad sigue siendo, clamorosamente, sin parangón, el principal responsable del desastre en el que se ha convertido Siria. En su libro Cruelty and Silence, de 1993, el disidente iraquí Kanan Makiya escribió que, sin dejar de desear en cada momento del día la caída del régimen de Sadam, temía que los profundos daños causados a la sociedad iraquí por décadas de totalitarismo baazista tuviesen como secuela una pesadilla de matanzas sectarias. Podría haber escrito perfectamente lo mismo sobre la Siria de Asad. Yasin-Kasab y Al Shami muestran con destreza cómo una gran parte de los errores de la oposición llevan la impronta genética del régimen.

Tomemos el ejemplo del sectarismo religioso. Aunque hoy se suele ver irreflexivamente (y no menos entre los árabes que entre los occidentales) como un rasgo permanente e inextinguible de la sociedad de Oriente Medio desde tiempos inmemoriales, los autores argumentan de manera convincente que se trata sobre todo del hijo bastardo de los regímenes contemporáneos, que carecen completamente de escrúpulos. Siria –escriben– “estaba decidida a seguir una trayectoria secular parecida a la de Europa” en la década de 1960, cuando predominaba la política de centroizquierda y el hiyab (por ejemplo) lo llevaban menos mujeres que nunca.

Todo eso tuvo una muerte rápida con el advenimiento de los Asad, padre e hijos, cuya visión de la gobernanza mezcla la estrategia colonial del divide y vencerás con las tácticas mafiosas del chantaje y la extorsión. No sólo es que colmasen a los alauitas de ayudas socioeconómicas y otros incentivos para comprar sus simpatías. A los suníes, pese a tener prohibido so pena de muerte unirse a los Hermanos Musulmanes, se les permitía convertirse en salafistas –incluso se les animaba a ello–: lo que hiciese falta para convencer tanto a los alauitas como a los Gobiernos occidentales de que los Asad –los sempiternos bomberos pirómanos– eran lo único que se interponía entre ellos y los linchamientos protagonizados por masas fanatizadas.

En su momento más flagrante, esto se tradujo en la preparación de combatientes para que se unieran a Al Qaeda en Irak tras la invasión de 2003, facilitándoles su entrenamiento y transporte hasta la frontera. La colaboración directa del régimen con la organización que acabaría engendrando el ISIS y el Frente al Nusra se mantuvo hasta al menos 2009, según un reportaje de investigación de The Guardian. Como es bien conocido, Asad también excarceló a una legión de violentos presos islamistas en 2011 (en el preciso momento en que estaba deteniendo, torturando y asesinando a laicos no violentos), entre ellos Hasán Abud, de Ahrar al Sham; Zahran Alush, de Yaish al Islam; así como “miembros fundadores del Frente al Nusra [e] importantes figuras del ISIS”.

Más generalmente, la ausencia total de libertad de expresión, sociedad civil, medios independientes, educación apolítica y espacios culturales, que se remonta a cuatro décadas, dejó el ambiente sin el oxígeno necesario para una coexistencia sana. “Lo que Siria necesitaba era un debate nacional sobre miedos y resentimientos históricos, dirigido a lograr una mayor comprensión mutua”, escriben los autores sobre el estado de cosas previo a 2011, a menudo denominado el Reino del Silencio. “En su lugar, la gente hablaba sobre las otras sectas entre murmullos, con resentimiento y secretismo, y sólo con los suyos”. La monopolización baazista de la política tuvo un efecto aún más ruinoso. En una de sus observaciones más perspicaces, Yasin-Kasab y Al Shami señalan: “La eliminación o cooptación de la izquierda eliminó a uno de los competidores naturales de la religión”. (A día de hoy, los ateos aficionados al whisky del Partido Comunista Libanés siguen siendo el único obstáculo que queda en determinados pueblos y ciudades chiíes a la islamización de manos de Hezbolá).

El milagro, a la vista de todo esto, es que la revolución fuera alguna vez tan democrática y pluralista como lo fue, y que tantos sirios estuviesen dispuestos a romper, de manera espontánea y por pura voluntad propia, con una vida entera de condicionamiento. Que ese experimento –llevado a cabo en circunstancias inconmensurablemente peligrosas– no suscitara el apoyo del mundo democrático, sino ambigüedad e incluso hostilidad, es una de las grandes tragedias del siglo XXI. En el último capítulo, los autores escriben con frío menosprecio acerca de todos los segmentos de la llamada comunidad internacional que fallaron a Siria, desde la ONU a los políticos, pasando por expertos del establishment, deshonrosos periodistas occidentales, nacionalistas de extrema derecha y fatuos pseudoantimperialistas de extrema izquierda.

No debería hacer falta, ahora que los líderes mundiales están cada día más cerca de (volver a) tolerar a Asad, que se especificaran al detalle las lecciones. Ya no es que Asad sea incapaz de unificar el país, según el absurdo eufemismo de los diplomáticos, o que la supuesta “estabilidad” que traería tendría un precio desagradablemente alto en términos humanitarios. Él, sencillamente, no es la solución; él es la personificación andante del problema, la raíz de todos los males, de la catástrofe. Es el “demonio conocido”, de acuerdo; y también es un agente, no de estabilidad, sino de cataclismo e inestabilidad. Puede que nosotros hayamos olvidado ya en qué consistía la revolución –o siquiera que haya habido una revolución–, pero los millones de sirios que siguen viviendo día y noche a la caprichosa disposición de la maquinaria homicida de Asad desde luego no lo han olvidado, ni lo harán. Al recordarnos esto, y cómo hemos llegado a donde estamos, Yasin-Kasab y Al Shami iluminan con claridad el necesario camino que queda por delante.

© Versión original (en inglés): NOW
© Versión en español: Revista El Medio

Robin Yasin-Kasab y Leila al Shami, Burning Country: Syrians in Revolution and War, Pluto Press, 2016.