Contextos

El funesto coste de la Guerra de Oslo

Por Guy Millière 

Oslo
"Veinticinco años después de Oslo, el balance es más bien lo que en 2003 el historiador Efraim Karsh, al hablar del apretón de manos entre Rabín y Arafat, denominó el comienzo de la 'guerra de Oslo'. En ella, escribió, Israel concedió desde el principio una importante victoria a sus peores enemigos al darles una respetabilidad que no merecen, colocándose por tanto en una posición perdedora de la que nunca se recuperó del todo. En un exhaustivo estudio publicado en 2016, reafirmó su análisis y dijo que el apretón de manos de 1993 y el documento suscrito entonces fueron 'el más tremendo error estratégico de la historia de Israel'""En febrero de 2017, el embajador estadounidense John Bolton, ahora consejero de Seguridad Nacional del presidente Trump, dijo que no veía ninguna institución viable en el lado palestino y añadió que pensaba que la mejor opción sería una 'solución de tres Estados', por la que Gaza se uniría a Egipto y parte de la Margen Occidental se uniría a Jordania. El Gobierno israelí no discrepó"

13 de septiembre de 1993. Isaac Rabín y Yaser Arafat se dan la mano en los jardines de la Casa Blanca. Acaban de firmar el documento que se suponía iba a dar inicio a la paz: el Acuerdo de Oslo. Los engranajes de la máquina se pusieron en marcha.

De la noche a la mañana, Yaser Arafat ya no era el líder de una organización terrorista derrotada. Se había convertido en el presidente de un cuasi Estado. Y su Organización para la Liberación de Palestina (OLP) se había transformado en la “Autoridad Palestina”.

Durante esta paz, los ataques terroristas contra los israelíes se volvieron cada vez más sangrientos y profusos, y pronto empezaron a perpetrarse a un ritmo frenético. Algunos fueron dirigidos deliberadamente contra niños y jóvenes, como la masacre de la discoteca Dolphinarium y el atentado suicida en la pizzería Sbarro. Arafat no condenó ninguno de ellos.

En septiembre de 2000, la Autoridad Palestina lanzó una guerra de guerrillas a gran escala que duró cuatro años y mató a más de mil israelíes.

Enseguida se hizo evidente que Arafat no iba a renunciar a ser un asesino múltiple. Su sucesor, Mahmud Abás, no ha sido mejor. Los asesinatos de judíos no cesaron. Israel decidió finalmente construir una barrera de seguridad. Los líderes palestinos siguieron planteando demandas que ningún país podría satisfacer sin suicidarse. Entre ellas estaba la de la retirada a las indefendibles líneas de armisticio de 1949 y permitir la entrada en Israel a millones de personas comprometidas con la aniquilación de los judíos:

Si bien es cierto que Hamás es una experta en conseguir que se mate a palestinos inocentes, con sus dichos y sus hechos ha dejado muy claro que prefiere matar judíos. Las siguientes palabras, que hielan la sangre, son de su carta fundacional: “El Movimiento de Resistencia Islámica aspira a cumplir la promesa de Alá, no importa cuánto tiempo lleve. El Profeta, Alá lo bendiga y le conceda la salvación, ha dicho: ‘El día del juicio no llegará hasta que los musulmanes combatan a los judíos (matando a los judíos), cuando los judíos se escondan bajo las piedras y los árboles. Las piedras y los árboles dirán: ‘Oh, musulmanes, oh, Abdulá, hay un judío detrás de mí, venid a matarlo’”.

Esto es una llamada directa y abierta al genocidio, inserta en uno de los documentos más exhaustivamente antisemitas que puedan leerse desde la publicación de los ‘Protocolos de los Sabios de Sion’. Parece que no hay mucha gente que sepa que el documento fundacional de Hamás es genocida.

A todo esto, se exhortó constantemente a Israel para que negociara e hiciera cada vez más concesiones.

Y las hizo. En 2005, Israel evacuó por la fuerza y de manera incondicional hasta el último judío de toda Gaza, medida que condujo a que Hamás se hiciera rápidamente con el control de la Franja. Además, ofreció, en un plan propuesto por el primer ministro Ehud Olmert en 2008, abandonar la mitad oriental de Jerusalén y retirarse casi por completo de la Margen Occidental y el valle del Jordán, lo que condujo a la ruptura de las negociaciones por parte de los palestinos. Aun así, en la arena internacional se siguió culpando a Israel.

Aunque la Autoridad Palestina nunca ocultó que seguía siendo la misma OLP genocida, no dejó de obtener reconocimiento: numerosos países de África, Asia y América Latina, incluso la Santa Sede, reconocen un “Estado palestino” que simplemente no existe. Palestina logró un asiento en la Unesco, y se le otorgó la condición de observador permanente en Naciones Unidas.

A pesar de que una gran parte se utilizaron para recompensar el terrorismo y financiar la incitación al odio contra los judíos, las subvenciones extranjeras que a la Autoridad Palestina no dejaron de aumentar.  

La propaganda palestina ganó terreno en el ámbito internacional, incluso en Israel. Un creciente número de israelíes árabes se han radicalizado; algunos han perpetrado atentados.

Las organizaciones extremistas que se han establecido en Israel pero son financiadas desde el extranjero en nombre de la “paz” han mostrado su verdadera faz, su abierta hostilidad a la existencia de Israel. La reciente aprobación de una ley que define Israel como el Estado-nación del pueblo judío, y que estipula lo que ha sido evidente desde la fundación de Israel en 1948 (la Declaración de Independencia no excluye a nadie y habla del “desarrollo del país en beneficio de todos sus habitantes”; también habla explícitamente del “derecho natural del pueblo judío a ser, como todas las demás naciones, dueño de su destino en su propio Estado soberano”), llevó a algunas de ellas a intentar provocar la ira antiisraelí entre la minoría drusa y a organizar protestas en Tel Aviv.

Veinticinco años después de Oslo, el balance es más bien lo que en 2003 el historiador Efraim Karsh, al hablar del apretón de manos entre Rabín y Arafat, denominó el comienzo de la “guerra de Oslo”. En ella, escribió, Israel concedió desde el principio una importante victoria a sus peores enemigos al darles una respetabilidad que no merecen, colocándose por tanto en una posición perdedora de la que nunca se recuperó del todo. En un exhaustivo estudio publicado en 2016, reafirmó su análisis y dijo que el apretón de manos de 1993 y el documento suscrito entonces fueron “el más tremendo error estratégico de la historia de Israel”.

En enero de 2017, el historiador Daniel Pipes, fundador y presidente del Middle East Forum, explicó en detalle la necesidad urgente de un profundo cambio en la manera de proceder de Israel, antes de que sea demasiado tarde. La población palestina, recalcó, está imbuida de “una obsesión genocida hacia Israel”; e hizo hincapié en que

al contrario de lo que dice el eslogan de Rabín, uno no hace la paz con enemigos muy desagradables, sino con exenemigos muy desagradables. Es decir, enemigos que han sido derrotados. (…)

(…) Como muestran los registros históricos, las guerras no acaban por obra de la buena voluntad, sino de la derrota de una de las partes. El que no gana, pierde. Las guerras suelen acabar cuando los fracasos hacen que una parte se desespere; cuando una parte ha abandonado sus objetivos y acepta la derrota; cuando esa derrota ha agotado la voluntad de luchar de esa parte. En cambio, si los contendientes sigan confiando en alcanzar sus objetivos, la lucha continúa, o puede reanudarse en un futuro.

En 2003, Joel Fishman, investigador del Jerusalem Center of Public Affairs, escribió que, antes de emprender ninguna acción más relativa a la cuestión palestina, el Gobierno israelí debería dejar de tratar a la Autoridad Palestina (AP) como lo que no es y empezar a tratarla como lo que es y nunca ha dejado de ser: una organización terrorista. Los Gobiernos de EEUU e Israel están yendo ahora en esa dirección. El pasado 6 de marzo, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, dijo que Abás debía “dejar de pagar a los terroristas por asesinar judíos”. Esas palabras no sólo equivalían a designar a Abás como líder terrorista; también recordaban a la opinión pública que el dinero incentiva el crimen. Hace unas semanas, el ministro israelí de Defensa, Avigdor Lieberman, señaló que Abás “paga 100 millones de shékels [unos 27 millones de dólares] en salarios a terroristas y asesinos” y añadió “un claro mensaje: basta”.

Los que apoyan a la AP están apoyando el terrorismo. Uno sólo puede llegar a la conclusión de que, al hacerlo, demuestran ser enemigos de Israel. Decir esto de algunos Gobiernos puede ser impopular, pero también se puede decir de algunas organizaciones no gubernamentales (ONG). NGO Monitor se fundó en 2002 para hacer frente a las organizaciones que, se capa de la “defensa de los derechos humanos”, apoyan objetivos a menudo nocivos. En julio de 2016, la Knéset aprobó una ley que exige que las ONG que reciban más de la mitad de sus fondos de manos extranjeras lo indiquen en sus informes financieros y lo expongan en sus comunicaciones publicitarias y a la hora de hacer lobby. ¿Le gustaría que más de la mitad de la financiación para la conformación de las políticas de su país procediesen veladamente de países abiertamente hostiles?

Otra labor urgente es la de exponer, refutar y rechazar las falsificaciones de la historia que propagan la AP y sus defensores. La decisión del Gobierno israelí de retirarse de la Unesco tras una votación en la que se negaba falsamente el vínculo judío con el Monte del Templo de Jerusalén y el Muro Occidental era algo que se tenía que haber hecho hace mucho tiempo. Cuando el primer ministro Netanyahu se refiere a la Margen Occidental, habla de Judea y Samaria, y afirma que Judea se llama así precisamente por la presencia milenaria de los judíos en el lugar, y explica que a la expulsión de los judíos de Judea y Samaria habría que llamarla por su nombre: limpieza étnica.

En una entrevista en marzo de 1977 en el periódico holandés Trouw, el líder de la OLP Zuheir Mohsen declaró:

El pueblo palestino no existe. La creación de un Estado palestino es sólo un medio para continuar nuestra lucha contra el Estado de Israel en pro de nuestra unidad árabe. En realidad, hoy no hay diferencias entre los jordanos, los palestinos, los sirios y los libaneses. Sólo por motivos políticos y tácticos hablamos hoy de la existencia de un pueblo palestino, ya que los intereses nacionales árabes exigen que planteemos un pueblo palestino diferenciado en oposición al sionismo.

Sirva como reconfirmación un vídeo publicado por el impagable Memri: un ministro del Interior de Hamás declara en 2012 que los palestinos son “simplemente saudíes y egipcios”.

Durante ocho años, la Administración Obama adoptó determinadas posiciones para socavar a Israel. Esas políticas culminaron el 23 de diciembre de 2016 con la decisión de no vetar una resolución de la ONU que exigía el retorno de Israel a las “fronteras de 1967”, que en realidad no son fronteras sino líneas de armisticio. Además, se hablaba de “Jerusalén Este” y de la Ciudad Vieja como “territorio palestino ocupado”. En cambio, el presidente Trump ha reconocido a Jerusalén como la capital de Israel y trasladado la embajada de EEUU de Tel Aviv a Jerusalén (14 de mayo), sacando así a la ciudad de la mesa de negociaciones. Guatemala siguió sus pasos y también trasladó su embajada a Jerusalén. Cuando el presidente Trump pidió a los líderes palestinos que dejaran de pagar estipendios a los terroristas encarcelados en Israel y a las familias de los terroristas muertos, los palestinos se negaron, así que él ordenó un recorte más de 200 millones de dólares en las ayudas a la Autoridad Palestina.

Asimismo, la Administración Trump considera injustificable extender el estatus de refugiado a los descendientes de los aproximadamente 500.000 refugiados árabes originales. Según un documento clasificado del Departamento de Estado, ya sólo quedan 30.000 refugiados originales. Así que el presidente cortó toda la financiación pendiente, unos 300 millones de dólares, a la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina (UNRWA), añadiendo que ésta había sido vulnerable a “la apropiación indebida y la corrupción”, y que había agravado el problema en vez de contribuir a resolverlo. El pasado día 9 decidió congelar 25 millones de dólares en la financiación de hospitales palestinos en Jerusalén por negarse a participar en los esfuerzos de paz, y el día 10 decidió cerrar la oficina de la delegación palestina en Washington.

Los regímenes árabes suníes saben que Israel podría ser su mayor aliado contra la amenaza iraní en la región. El príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed ben Salman, dijo en Nueva York en abril que los palestinos tendrán que “aceptar las propuestas de la Administración Trump o callarse”. El 12 de agosto, Walid Sadi, exdiplomático jordano, escribió en el Jordan Times (periódico que depende directamente del Gobierno del reino) que la AP debía “resignarse a una solución imperfecta”. Esas palabras deberían llevar a uno a reflexionar sobre cuál sería, a ojos de la AP, una solución perfecta.

Israel se las tiene que ver siempre con la implacable hostilidad de la Unión Europea, Francia y Alemania, que hoy están entre los más ardientes defensores de la corrompida “causa palestina”. El Gobierno israelí sabe que no puede esperar nada bueno de ellos. En julio de 2016, Mahmud Abás fue ovacionado tras hacer unos comentarios abiertamente antisemitas en el Parlamento Europeo. En julio de 2017 Emmanuel Macron besó a Abás y, totalmente serio, le agradeció su “incansable trabajo en pro de la no violencia”. El pasado abril, el líder de Hamás Ismaíl Haniyeh apareció en la portada de una de las principales revistas francesas, Paris Match, que dedicó varias páginas a la hagiografía de un hombre que sólo puede ser descrito como un antisemita asesino. En abril de 2017, durante un viaje diplomático a Israel, el ministro de Exteriores alemán, Sigmar Gabriel, se reunió con organizaciones que difaman a los soldados israelíes llamándolos “criminales de guerra”. Según parece, la Unión Europea, Francia y Alemania no van a dejar de financiar a la AP y a decenas de organizaciones radicales antiisraelíes, y están haciendo todo lo que pueden para salvar el acuerdo nuclear iraní y al régimen de los mulás.

El número de israelíes que piensan que un acuerdo de paz es posible se está reduciendo. El número de israelíes que piensan que no tendrían que hacer más concesiones está creciendo. El número de árabes palestinos que apoyan los ataques terroristas, también.

En un reciente estudio que puntúa a los países en función de sus alianzas, su influencia y su liderazgo, Israel, a pesar de su pequeño tamaño, figuraba en la octava posición.

Hamás, entidad terrorista en reuinas, intenta convertir a la brutalmente gobernada población de Gaza en una horda de fanáticos sedientos de sangre. La AP es una autocracia comida por la corrupción que sobrevive sólo gracias a las enormes ayudas que recibe, en su mayoría del crédulo Occidente; un soborno que no sólo no ha funcionado, sino que, como sucede con la mayoría de las extorsiones, sólo ha dado lugar a más demandas de dinero, sin ningún cambio visible de conducta en los extorsionadores.

Es realmente trágico que los habitantes de Gaza y la Margen Occidental hayan sido tomados como rehenes durante tanto tiempo por los líderes palestinos, que les atiborran de falsas ilusiones, obstaculizan a su progreso y los llevan a la incitación contra Israel.

En febrero de 2017, el embajador estadounidense John Bolton, ahora consejero de Seguridad Nacional del presidente Trump, dijo que no veía ninguna institución viable en el lado palestino y añadió que pensaba que la mejor opción sería una “solución de tres Estados”, por la que Gaza se uniría a Egipto y parte de la Margen Occidental se uniría a Jordania. El Gobierno israelí no discrepó.

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio