Revista de Prensa

El Estado Islámico busca una guerra mundial

 

Estado Bandera del Estado Islámico de Irak y el Levante

Andrea Tornielli entrevista a Massimo Introvigne, fundador del Centro para el Estudio de las Nuevas Religiones (Censur), que sostiene que el Estado Islámico (EI) busca una guerra abierta con Occidente en tierras musulmanas para poder agrupar bajo a su bandera a todos los islamistas dispuestos a luchar.

–¿Qué significa ‘Dabiq’, el nombre de la revista [del EI]?
–Es el nombre de una ciudad en Siria, donde, de acuerdo con un conocido un dicho atribuido a Mahoma, tendrá lugar el último enfrentamiento entre musulmanes y cristianos al final de los tiempos, con el cual se abrirá el camino a Roma para el islam. Es una ideología apocalíptica. Se comprende entonces por qué el EI no sólo no teme sino que desea una intervención en su territorio de los estadounidenses, los europeos y también los rusos. Por eso están aumentando las provocaciones contra Rusia en Siria.

–¿Por qué el sedicente califa quiere una intervención occidental?
–Los llamados ‘cristianos’ (europeos, estadounidenses y rusos), que se identifican con los cruzados, deben ser llevados a una guerra en territorio islámico y derrotados allí, con lo que esa invasión ‘cristiana’ mostrará al mundo islámico que Al Bagdadi es el verdadero califa, atrayendo así a los musulmanes de todo el mundo a alistarse bajo su bandera. Al leer ‘Dabiq’, vemos que entre los enemigos del EI está la facción de Al Qaeda que lucha contra Asad en Siria [el Frente Al Nusra], así como la Hermandad Musulmana, incluyendo la dirección de Hamás en Palestina y los líderes de la Hermandad que están encarcelados en Egipto. Todos ellos son considerados enemigos debido a que mantienen relaciones con los chiitas y no evitan, al menos en Palestina, la colaboración con cristianos, siempre y cuando sean anti-israelíes. Otro enemigo jurado de EI es el islamismo político turco de Erdogan, quien prometió la libertad y la igualdad de la Unión Europea para las minorías religiosas, lo que explica la furia de Al Bagdadi contra los turcomanos iraquíes en estas últimas semanas.

El diario argentino Clarín ofrece a sus lectores un análisis esquemático de las principales diferencias entre el Estado Islámico y Al Qaeda. El paso de los años y los nuevos equilibrios geoestratégicos en Oriente Medio hacen que el EI opere de forma bien distinta a como lo hizo la organización de Ben Laden, empeñada de manera obsesiva en atacar intereses occidentales y a Occidente mismo con atentados. El nuevo yihadismo se ha hecho con fuentes de financiación y apoyo, y busca consolidad un poder regional recurriendo a las alianzas tácticas que sea menester. Todos estos cambios apuntan a una evolución radical del terrorismo islamista.

[Hay] una disposición a formar coaliciones con una variedad más amplia de socios que en décadas anteriores. En Irak, la actual ofensiva del [EI] sólo fue posible con la participación de hombres antes leales a Sadam Husein. Una alianza como esa habría sido intolerable diez años antes. También hay un conjunto nuevo de relaciones entre los extremistas y los Estados de Oriente Medio. Algunas potencias locales ahora ven a los militantes sunitas como un elemento útil en la guerra regional por delegación, a menudo sectaria, que lleva cuatro años. Ofrecen apoyo pasivo o activo.

De modo que esto no es simplemente una secuela de la era de Al Qaeda. Estamos ante un paisaje totalmente nuevo habitado por militantes que son muy distintos de los de hace unos años.

El Ejército de Naqshbandi (EN), conformado por miembros del partido Baaz del derrocado Sadam Husein, ha estado apoyando al Estado Islámico en sus esfuerzos por conquistar amplios territorios del norte del país. Sin embargo, la brutalidad del EI y su campaña de exterminio de las minorías religiosas ha abierto una brecha entre las dos organizaciones, hasta el punto de que ha habido ya episodios de violencia y persecución de los yihadistas contra los militares baazistas tras la conquista de Mosul.

En este estudio publicado por Foreing Policy se aventura que, si se produjera una ruptura y los baazistas lucharan junto con el Ejército iraquí y las fuerzas internacionales, las posibilidades de erradicar el yihadismo aumentarían notablemente.

El matrimonio parece estar desgastándose, para beneficio de Washington y Bagdad. La creciente división entre los dirigentes del EN y el EI, cuya brutal campaña de terror ha provocado la ira del Ejército estadounidense, apuntan a que podría estar cerca de su final. Si el EN rompiera con el EI y ayudara al Gobierno iraquí y a las fuerzas de EEUU en la lucha contra el terrorismo, se habría recorrido un largo trecho hacia la estabilización del país y quizás a una más amplia reconciliación política, donde los suníes, que una vez dirigieron el país, podrían tener puestos de mayor poder en un Gobierno más inclusivo liderado por chiíes.

Esto supondría una palpable, cuando no dolorosa, ironía para los Estados Unidos, que fueron a la guerra hace once años para deponer al dictador y poner en marcha una campaña de desbaazificación de amplio alcance que expulsó del Gobierno y las Fuerzas Armadas a cientos de miles de experimentados tecnócratas y comandantes militares suníes.

Matti Friedman, antigua corresponsal de Associated Press, desvela la manera tendenciosa en que los medios de comunicación informan acerca de Oriente Medio cuando anda implicado Israel.

Friedman explica cómo se ocultan las informaciones que cuestionan la supuesta bondad de los grupos palestinos, mientras se pone la lupa en cualquier contradicción de la política israelí. La consecuencia es que, como históricamente ha ocurrido con los judíos, el juicio tiene un componente moral prefabricado, en virtud del cual los palestinos y sus dirigentes son las víctimas inocentes, mientras que los ciudadanos israelíes no merecen ser tratados con ecuanimidad porque son los culpables del conflicto.

Comprender lo ocurrido en Gaza este verano significa comprender a Hezbolá en el Líbano, el ascenso del yihadismo suní en Siria e Irak y los largos tentáculos de Irán. Requiere averiguar por qué países como Egipto y Arabia Saudí se ven a sí mismos ahora más próximos a Israel que a Hamás. Por encima de todo, nos exige comprender lo que está claro para casi cualquiera en Oriente Medio: la fuerza ascendente en nuestra parte del mundo no es la democracia o la modernidad. Es más bien un núcleo de poder islámico que asume formas diferentes, y a veces conflictivas, y que está dispuesto a emplear la violencia más extrema en su intento de unir a la región bajo su control y enfrentarse a Occidente. Aquellos que comprendan este hecho serán capaces de mirar y conectar los distintos puntos.

Israel no es una idea, un símbolo del bien o del mal, o una prueba de fuego sobre las opiniones progres en cenas entre amigos. Es un pequeño país en una parte del mundo que asusta y que se está volviendo más aterradora. Debería informarse sobre Israel tan críticamente como sobre cualquier otro lugar, entendiendo su contexto y su debida proporción. Israel no es una de las historias más importantes del mundo, ni siquiera de Oriente Medio. Sea lo que sea que resulte en esta región en la próxima década, tendrá tanto que ver con Israel como la II Guerra Mundial tuvo que ver con España. Israel es una mancha en el mapa, una atracción con una inusual carga emocional.

La mayoría en Occidente prefiere claramente la vieja comodidad de analizar los fallos morales de los judíos, y el familiar sentimiento de superioridad que eso les proporciona, a confrontar una realidad triste y confusa. Pueden convencerse a sí mismos de que todo esto no es más que un problema de los judíos y, de hecho, culpa de los judíos. Pero los periodistas se dedican a propagar estas fantasías a costa de su credibilidad y de la de su profesión.