Revista de Prensa

El Estado Islámico ataca a Irán, gran 'aliado en la sombra' de Al Qaeda

 

Estado Islámico

El pasado miércoles unos terroristas atacaron el edificio del Parlamento iraní y la tumba del ayatolá Jomeini en lo que supuso la primera gran operación del Estado Islámico en la República Islámica. En The Daily Beast, Thomas Jocelyn advierte de la importancia de este hecho.

La organización de Osama ben Laden y su derivada, el Estado Islámico, han combatido contra los aliados de Irán en Irak y Siria durante años. Matar chiíes es un deporte sangriento para los yihadistas suníes del EI, y supuestamente el sedicente califato de Abubaker al Bagdadi ha intentado ya antes atacar en el país de los mulás. El Estado Islámico rutinariamente hace agitación contra los iraníes en sus vídeos y declaraciones propagandísticas. Sin embargo, hasta ahora no había golpeado con éxito en el corazón de Teherán.

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En octubre de 2007, Ben Laden escribió una carta al Estado Islámico en Irak [en la que] desaprobaba sus amenazas contra Teherán [y declaraba que] “Irán es nuestra principal arteria de fondos, personal y comunicaciones”. Ben Laden no estaba en contra de atacar a Irán (…) Simplemente pensó que el coste era demasiado alto y que los beneficios que Al Qaeda recibía de esa relación eran significativos. La “principal arteria” a la que se refería Ben Laden fue más tarde objeto de una serie de designaciones terroristas, ofrecimiento de recompensas y otras declaraciones oficiales por los Departamentos del Tesoro y de Estado de EEUU.

Yoaz Hendel carga contra quienes consideran que Israel es culpable del empantanamiento del conflicto palestino-israelí y contra la falta de realismo de muchos análisis del mismo.

Quien afirme hoy que la Guerra de los Seis Días nos ha cambiado está hablando de ilusiones, de un sueño infantil en el que podríamos haber existido dentro de las fronteras del pequeño Israel y alcanzado la paz con todos los que nos rodean. De acuerdo con este sueño, si simplemente hubiéramos ganado y nos hubiéramos retirado, todo se habría solucionado.

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Ojalá las cosas fueran diferentes, pero es imposible, por eso la preocupación con la Guerra de los Seis Días es una excusa. Los partidarios de dicha excusa y de soluciones utópicas están encontrando dificultades para aceptar el hecho de que los Estados árabes se están deteriorando [y siendo presa de] más y más violencia. Es difícil de creer que los musulmanes estén masacrando musulmanes, que la aspiración natural de vivir simplemente en paz no existe cuando se ceba la cultura del refugiado y el odio. Ni una iniciativa local o saudí cambiará esto.

Este año se cumple un siglo del acto político que legitimó las aspiraciones del pueblo judío de tener un Estado propio. Martin Kramer, del Washington Institute, explica en este ensayo que no fue una decisión aislada de un solo país, el Reino Unido, sino un proyecto que contó con un consenso mucho más amplio.

El centenario de la Declaración Balfour es la oportunidad perfecta para deshacerse de la acumulación de distorsiones de todo un siglo. La mayor de ellas es la noción de que la declaración surgió fuera de cualquier marco legítimo, como iniciativa unilateral de una potencia imperial. Eso es radicalmente falso. La Declaración Balfour no fue el acto aislado de una nación. Fue aprobada previamente por las potencias aliadas, cuyo consenso constituía entonces la única fuente de legitimidad internacional. Antes de que Balfour firmara su documento, líderes y hombres de Estado de otras naciones democráticas pusieron su firma en cartas y documentos. La Declaración Balfour anticipó un mundo regulado por un consorcio de grandes potencias; el mismo mundo que, treinta años después, aprobaría una resolución en la ONU legitimando el establecimiento de un Estado judío.

Este centenario es, por tanto, el momento de recordar a los Gobiernos su responsabilidad compartida con la declaración británica para establecer un “hogar nacional” judío en Palestina. Es importante que los embajadores de Israel y sus amigos en Washington, París, Roma y el Vaticano hablen abiertamente del papel histórico y esencial de cada Gobierno en la gestación de la declaración. Lo mismo debe hacerse en todas las capitales que apoyaron la Balfour tras su firma, antes de que se consagrara el mandato. Esto incluiría a Pekín y Tokio.