Contextos

El creciente militarismo islamista de Erdogan

Por Eric S. Edelman 

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"Los funcionarios estadounidenses que soslayan la retórica antiamericana de Erdogan como si sólo estuviese complaciendo a su base no entienden que demonizar a Estados Unidos es parte integral de la agenda del presidente turco. Sólo la firmeza logrará poner la relación turco-americana en un rumbo más estable a largo plazo. Hay que prestar atención a la situación de la democracia turca y a la descarada promoción que hace Ankara del antiamericanismo si queremos salvar la relación. No podemos seguir posponiendo la hora de la verdad. Si no abordamos estos problemas ahora, también seremos responsables de lo que salga mal"

La imagen de la niña de 6 años llorando delante del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, causó sensación en todo el mundo. Mientras daba un mitin en un congreso de su partido, Erdogan vio a la niña, vestida de militar, gimoteando, la llevó al estrado y le dijo que, si moría como mártir, su ataúd sería cubierto con la bandera turca que la chiquilla llevaba bordada en el uniforme. “¿Estás dispuesta a todo, verdad?”, le preguntó el autócrata islamista. La niña, aterrada, logró pronunciar un “sí”, aunque costaba oírla por los sollozos.   

El nacionalismo está cobrando fuerza en Turquía. Ankara está en guerra con los insurgentes kurdos en el sur del país y, desde enero, al otro lado de la frontera siria. Además, el país lleva en estado de emergencia desde mediados de 2016, cuando un grupo de militares rebeldes intentó dar un golpe de Estado contra el Gobierno de Erdogan, lo que provocó la muerte de unos 200 civiles. Mientras sus enemigos crecen dentro y fuera de Turquía, Erdogan ha hecho todo lo posible por promocionar el militarismo entre el pueblo, llegando a fomentar abiertamente la formación de milicias civiles para defender a su Gobierno y a la nación turca.

Los niños no han sido inmunes a esta campaña. A lo largo del año pasado, el Gobierno turco puso a sus ministros a facilitar la celebración de desfiles militares estudiantiles. Por su parte, el Directorio de Asuntos Religiosos, controlado por el Estado, ha publicado material propagandístico para instruir a los niños sobre las grandezas del martirio. Los estudiantes de todo el país, incluidos los de primaria, han tenido que participar en desfiles militares y recitar poemas ultranacionalistas en las escuelas. Algunos colegios públicos han llegado a sustituir la sirena del recreo por marchas militares otomanas para elevar la “conciencia nacional” entre los alumnos. Un joven de 17 años dijo: “A veces nos emocionamos tanto que marchamos como militares en el recreo”.

Todo esto son derivadas del empeño que tiene Erdogan, desde hace ya una década, en conformar una generación devota y fervorosa de turcos que exalten el martirio y defiendan la “nueva Turquía” que está erigiendo de manera implacable. La estupefaciente petición de Erdogan (2008) de que las turcas engendren entre tres y cinco hijos –petición que respaldó con incentivos económicos en 2015– es una parte esencial de esta estrategia. Mientras en toda Turquía proliferan las escuelas islámicas de formación profesional financiadas por el Estado, Ankara ha cambiado los protocolos de asignación de alumnos para inscribirlos automáticamente –también a los no suníes y a los no musulmanes– en esas instituciones. De forma reveladora, en enero el hijo del presidente, Bilal, dijo a los alumnos de uno de esos centros: “Sois la generación de Erdogan”.

Estas iniciativas, junto a la incesante propaganda de los medios afines al Gobierno, dieron su fruto en julio de 2016, cuando grupos de justicieros atendieron a la llamada televisiva de Erdogan –de la que se hicieron eco las mezquitas– y salieron a las calles de Estambul a oponer resistencia al golpe de Estado. A pesar de que las multitudinarias manifestaciones en defensa de la democracia y contra los golpistas podrían haber sido una señal de la madurez de la sociedad civil, las imágenes de los justicieros maltratando físicamente a los soldados capturados en las calles de Estambul resultaron desoladoras para muchos, y terroríficas para la mitad del electorado que no sigue a Erdogan. Desde entonces, el auge de las milicias civiles pro Erdogan está copando los titulares de los medios opositores y propiciando encendidos debates en el Parlamento. Erdogan, entre tanto, ha decretado la impunidad de todos los que participaron en la resistencia contra el golpe.

Los funcionarios estadounidenses observan los acontecimientos con creciente preocupación. El Gobierno turco ha alentado y patrocinado el antiamericanismo, fuerza que mueve a los justicieros. Ankara culpa a Washington de la intentona –convertida casi en el mito fundacional de la nueva República de Erdogan– y del autogobierno kurdo en el norte de Siria. Los ministros y los medios erdoganistas vilipendian constantemente a los estadounidenses, acusándolos de planear el golpe y presentando la guerra turca contra los milicianos kurdos en Siria como una lucha contra los estadounidenses prokurdos. La mayoría del pueblo turco, según muestran las encuestas, considera ahora que Estados Unidos es la mayor amenaza para la seguridad nacional. Y las llamadas milicias del pueblo parecen dispuestas a enfrentarse, si Erdogan así lo quiere, a cualquier enemigo de “la nación”, tal como proclamó el todopoderoso presidente. Erdogan también ha prometido propinar una “bofetada otomana” a EEUU y “enterrar” a los soldados de las fuerzas especiales estadounidenses que operan en el norte de Siria.

El problema para la relación turco-americana es que no puede sobrevivir si el grueso de la población turca ve a Estados Unidos de una manera tan hostil. Para EEUU, durante mucho tiempo Turquía ha sido importante como ejemplo de sociedad mayoritariamente musulmana que recorre el largo camino hacia la democratización y el cumplimiento de los estándares de respeto a los DDHH y al imperio de la ley que rigen en la Unión Europea y en la OTAN. La retórica de Erdogan parece más bien la que cabría esperar de un Estado patrocinador del terrorismo y no la de un aliado sensato. En realidad, Turquía va camino de ser una dictadura autocrática, militarizada y semiislamista, no una democracia liberal.

Los funcionarios estadounidenses que soslayan la retórica antiamericana de Erdogan como si sólo estuviese complaciendo a su base no entienden que demonizar a Estados Unidos es parte integral de la agenda del presidente turco. Sólo la firmeza logrará poner la relación turco-americana en un rumbo más estable a largo plazo. Hay que prestar atención a la situación de la democracia turca y a la descarada promoción que hace Ankara del antiamericanismo si queremos salvar la relación. No podemos seguir posponiendo la hora de la verdad. Si no abordamos estos problemas ahora, también seremos responsables de lo que salga mal.

© Versión original (en inglés): The Weekly Standard
© Versión en español: Revista El Medio
        

NOTA: este artículo ha sido coescrito por Merve Tahiroglu, de la Foundation for Defense of Democracies.