Contextos

El compromiso con Afganistán

Por Max Boot 

Afganistan
"Suponiendo que el acuerdo llegue a firmarse y que se ponga en práctica, mejorará las perspectivas de futuro para Afganistán y perjudicará a los talibanes y a sus aliados de Al Qaeda, quienes conspiran para volver al poder."

El éxito de los compromisos militares estadounidenses es, por lo general, directamente proporcional a su longevidad. La Alemania de postguerra, Japón y Corea del Sur resultaron ser grandes éxitos, en buena parte gracias a que hay tropas estadounidenses que siguen estacionadas allí. Kosovo sigue avanzando por el mismo motivo. En cambio, los conflictos prosiguen en lugares como Somalia, Haití, el Líbano e Irak porque las tropas norteamericanas se marcharon. Lo mismo sucedió con la Reconstrucción: fracasó en buena medida porque Washington retiró del Sur a las tropas federales de forma prematura.

Por eso es una buena noticia ver que Estados Unidos y Afganistán superan sus diferencias para alcanzar un acuerdo por el que se mantendrá a las tropas estadounidenses allí después de 2014… si eso es lo que en realidad ha sucedido. Ciertamente, es lo que anunció la Administración Obama el pasado día 23, pero, al día siguiente, el imprevisible Hamid Karzai metió un previsible palo en la rueda al declarar, durante la inauguración de una Loya Jirga en Kabul, que el acuerdo no debería firmarse hasta el año que viene, posiblemente por su sucesor.

Suponiendo que el acuerdo llegue a firmarse y que se ponga en práctica, mejorará las perspectivas de futuro para Afganistán y perjudicará a los talibanes y a sus aliados de Al Qaeda, quienes conspiran para volver al poder. La Administración Obama merece reconocimiento por prolongar lo que ya es un compromiso militar impopular, incluso aunque haya motivos para preocuparse por el tamaño del contingente que el presidente está dispuesto a enviar. No se ha tomado ninguna decisión al respecto, pero hay informaciones que sugieren que Obama está considerando enviar sólo entre 4.000 y 8.000 efectivos para que desempeñen labores de lucha antiterrorista y de asesoramiento, y que ningún asesor se desplegará en el área en que podría ser más efectivo.

Es un misterio de dónde procede esa cifra, ya que los mandos militares han recomendado un mínimo de unos 13.000 efectivos. Por algún motivo, Obama parece creer que una fuerza mucho menor podrá desempeñar la tarea, igual que pensó que una fuerza menor bastaría cuando concedió sólo unos 30.000 efectivos de los 40.000 que solicitó el general Stanley McChrystal en 2009. (Obama también añadió un plazo para desplegarlos, algo a lo que se resistieron los militares y que reduce aún más las posibilidades de éxito de la misión). Diferencias menores como éstas en el tamaño de los contingentes no apaciguarán en modo alguno a la oposición doméstica a la misión, pero pueden afectar a sus posibilidades de éxito sobre el terreno.

Es difícil saber por qué Obama está dispuesto a defender valientemente una presencia prolongada estadounidense en Afganistán pero se niega a enviar un contingente adecuado. Pero, sea cual sea el razonamiento seguido por el presidente, al menos no ha adoptado la opción cero que defienden sus asesores. La decisión de comprometer a Estados Unidos con Afganistán después de 2014 –suponiendo que se mantenga– al menos brinda a ese país devastado por la guerra una oportunidad  de luchar para resistir a los talibanes, los haqanis y otras siniestras figuras.

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