Contextos

El caso Hill y la normalización del antisemitismo

Por Jonathan S. Tobin 

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"Pese al paso dado por CNN, es imposible negar que la presencia de Hill en otros medios, así como su posición en una universidad importante, normaliza el odio y transmite el mensaje de que el antisemitismo es una actitud aceptable para las elites. Aquellos que no se desliguen de Hill y de quienes comparten sus nocivas creencias pueden ser tachados de hipócritas mentirosos si dicen oponerse al odio"

Puede que nunca se haya tropezado con Marc Lamont Hill al ver la CNN. Hill es profesor de estudios mediáticos y educación urbana en la Universidad de Temple (Filadelfia). Pero el telegénico académico presume de ser “una de las voces intelectuales eminentes de la generación hip-hop” y ha presentado magacines en los canales BET y VH1, y aparecido en una de las numerosas tertulias de centro izquierda en la mucho más importante CNN. Ahí, Hill ha hablado contra el racismo y con frecuencia ha afirmado que los negros son señalados por la policía en las calles de las ciudades americanas.

En una muestra de cómo funciona la ideología interseccionalista, Hill ha estado esta semana en la ONU; pronunció un discurso en la ceremonia conmemorativa de la Resolución 181 –de noviembre de 1947– que llamó a la partición del Mandato Británico para Palestina en dos Estados, uno árabe y el otro judío. No fue una celebración de la creación del Estado de Israel, ni se abogó por una solución de dos Estados. Fue el Día Internacional de la ONU en Solidaridad con el Pueblo Palestino. En este encuentro anual, el renacimiento de la soberanía judía en la patria ancestral de los judíos se lamenta como un crimen que resultó en la nakba –o “desastre”– palestina, y se toma como excusa para un recital de horas de duración de ataques al sionismo y a los judíos.

En la edición de este año, Hill dio un discurso en el que justificó y apoyó la violencia palestina contra Israel y los judíos; comparó la guerra palestina contra la existencia de Israel con la lucha por los derechos civiles en EEUU; llamó a la implementación del derecho de retorno, que permitiría el flujo hacia Israel de millones de descendientes de los refugiados árabes de la guerra de 1948 –y pondría así fin a la existencia del Estado judío– y profirió un resonante respaldo a “una Palestina libre desde el río [Jordán] hasta el mar [Mediterráneo]”, evocador de la retórica de Hamás y otros grupos terroristas que no aceptan otra solución al conflicto que no pase por la erradicación de Israel.

Por si no fuera suficiente, Hill incluso bromeó con que estaba sediento porque llegó a Nueva York procedente de “Palestina” y se había negado a beber “agua israelí” durante el vuelo.

Lo esencial de la diatriba de Hill no es que sea antitética con cualquier noción de paz –salvo la de los cementerios para los judíos israelíes–. Por otro lado, no es precisamente inusual que se expresen ese tipo de sentimientos en la ONU. Lo interesante es si un medio que está cubriendo con todo detalle “el estado del odio en América”, y que informa sobre la creciente ola de antisemitismo en Europa –reportada por una nueva encuesta que da cuenta de lo extendidas que están las creencias judeófobas en el Viejo Continente–, piensa si no hay nada de malo en procurar un altavoz a alguien que promueve el antisemitismo.

Con independencia de si le gusta o no la CNN, lo cierto es que ha hecho lo correcto. En la tarde de este jueves anunció que rompía relaciones con Hill y que éste dejaba de estar en su nómina de comentaristas.

Que se prepare la CNN para las acusaciones de racismo, y los antisemitas de izquierdas y de derechas casi seguro clamarán que este caso prueba que los judíos y los sionistas controlan los medios.

Pero lo que está en juego en esta controversia no es tanto la carrera de una persona como el principio de si el odio a los judíos es el tipo de asunto sobre el que hay que debatir.

Ahora que ha limpiado su casa, y con independencia de si comprende las implicaciones de lo que ha hecho, la CNN ha fijado un patrón que otros habrían de adoptar en lo relacionado con quienes evacuan la misma propaganda que Hill. Esto también vale para los miembros del Congreso que defienden las campañas antisemitas del BDS y se oponen a la existencia de Israel, incluidos los flamantes miembros de la Cámara de Representantes Ilhan Omar y Rashida Tlaib. Y vale también para los académicos y activistas que están en el mismo campo que Hill, como los líderes de la Marcha de las Mujeres que incitan a la resistencia contra el presidente de EEUU, Donald Trump, y que, como Hill, tienen vínculos con el líder de la Nación del Islam, Louis Farrakhan. Ya no es posible pretender que puedes aliarte con antisemitas sin que te manche su odio.

No necesitamos perder el tiempo respondiendo a quienes claman que los que anhelan la destrucción de Israel no están haciendo un alarde de antisemitismo. Basta con decir que si piensas que un solo Estado judío en todo el planeta es demasiado, y estás dispuesto a negar a los judíos lo que no negarías a cualquier otro pueblo –el derecho a vivir en paz y seguridad, y haciendo uso de la autodefensa, en tu propia patria–, estás practicando la discriminación. Y esta tendenciosidad contra los judíos se llama antisemitismo. De hecho, el discurso de Hill demuestra que el antisionismo es indistinguible del odio a los judíos.

Tampoco hemos de tomarnos en serio la hipócrita alegación de Hill de que realmente es partidario de la paz. Un discurso en el que se llama a la aniquilación de Israel vía derecho de retorno y en el que se defiende la violencia palestina y se la compara con los esfuerzos del movimiento pro derechos civiles en EEUU (también se burló de quienes piensan que el movimiento triunfó debido a que abrazó las doctrinas no violentas de Mahatma Gandhi y Martin Luther King) no puede confundirse con una defensa de la paz. Pese a los reclamos en contrario de Hill, hablar del establecimiento de una Palestina que vaya “del río al mar” no es sino apoyar el genocidio, dado que ni la Autoridad Palestina controlada por Fatah ni Hamás creen que los judíos deberían permanecer en el Estado palestino de su futuro pesadillesco.

Por esto es por lo que resulta apropiado que la gente decente demande que a Hill no se le dé la plataforma que procura la CNN a sus expertos.

Aunque los donantes de la Universidad de Temple deberían protestar, no deberían confiar en tener éxito. A Hill se le concedió una plaza de profesor titular, y en el bizarro mundo académico actual este clase de radicales son vistos como estrellas del rock que, lejos de dañarlo, dan lustre al prestigio de un centro. Además, sus puntos de vista no difieren del de muchos de los que dan clases sobre Oriente Medio en los campus norteamericanos.

Pese al paso dado por CNN, es imposible negar que la presencia de Hill en otros medios, así como su posición en una universidad importante, normaliza el odio y transmite el mensaje de que el antisemitismo es una actitud aceptable para las elites. Aquellos que no se desliguen de Hill y de quienes comparten sus nocivas creencias pueden ser tachados de hipócritas mentirosos si dicen oponerse al odio.

© Versión original: JNS
© Versión en español: Revista El Medio