Contextos

El camino a la paz: que gane Israel y pierda Palestina (2)

Por Daniel Pipes 

Un caza israelí.
"Las guerras no acaban, como demuestran los registros históricos, por obra de la buena voluntad sino de la derrota de una de las partes. El que no gana, pierde. Las guerras suelen acabar cuando los fracasos hacen que una parte se desespere; cuando una parte ha abandonado sus objetivos y acepta la derrota; cuando esa derrota ha agotado la voluntad de luchar de esa parte. En cambio, mientras ambos combatientes sigan esperando alcanzar sus objetivos, la batalla continúa o puede reanudarse en un futuro""Israel sólo tiene una opción para ganar la aceptación palestina: volver a su vieja política de disuasión y castigar a los palestinos cuando agredan"

Oslo demostró la futilidad de las concesiones israelíes a los palestinos, dado que éstos no cumplen con sus obligaciones. Al rubricar la debilidad israelí, Oslo empeoró la situación. Sería más adecuado que lo que se llama convencionalmente proceso de paz se denominase proceso de guerra.

La falsa esperanza de una victoria sutil

¿Por qué salieron tan mal las cosas en lo que parecía un acuerdo tan prometedor?

La responsabilidad moral por el fracaso de Oslo recae exclusivamente en Yaser Arafat, Mahmud Abás y el resto del liderazgo de la Autoridad Palestina. Fingen abandonar el rechazo total al compromiso y aceptar la existencia de Israel, pero en realidad buscan la eliminación de Israel con nuevas y más sofisticadas artes, reemplazando la fuerza con la deslegitimación.

Dicho esto, los israelíes cometieron un grave error al participar en el proceso de Oslo bajo una premisa falsa. Isaac Rabín solía resumir ese error con esta frase: “La paz no la haces con los amigos. La haces con enemigos muy desagradables”. Dicho con otras palabras: él esperaba que la guerra concluyera a base de buena voluntad, conciliación, mediación, flexibilidad, moderación, generosidad y compromiso, todo ello coronado con las preceptivas firmas en unos documentos oficiales. Con este espíritu, su Gobierno y todos los que le sucedieron asumieron un amplio abanico de concesiones, llegando incluso a permitir la creación de una milicia palestina, siempre en la confianza de que los palestinos actuaran con reciprocidad y aceptaran el Estado judío.

Jamás lo hicieron. Al contrario: las concesiones israelíes agravaron la hostilidad palestina. Cada gesto radicalizaba, excitaba y movilizaba más a la clase política palestina. Los esfuerzos israelíes para hacer la paz se interpretaron como señales de desmoralización y debilidad. Las “dolorosas concesiones” redujeron el temor reverencial palestino a Israel, hicieron que el Estado judío pareciera vulnerable e inspiraron sueños irredentistas de aniquilación.

Visto en retrospectiva, no es extraño. Al contrario de lo que dice el eslogan de Rabín, uno no hace la paz con enemigos muy desagradables, sino con exenemigos muy desagradables. Es decir, enemigos que han sido derrotados.

Eso nos lleva al concepto clave de mi aproximación, que es el de la victoria, es decir, la imposición de la voluntad propia sobre el enemigo, obligándolo a renunciar a sus ambiciones. Las guerras no acaban, como demuestran los registros históricos, por obra de la buena voluntad sino de la derrota de una de las partes. El que no gana, pierde. Las guerras suelen acabar cuando los fracasos hacen que una parte se desespere; cuando una parte ha abandonado sus objetivos y acepta la derrota; cuando esa derrota ha agotado la voluntad de luchar de esa parte. En cambio, mientras ambos combatientes sigan esperando alcanzar sus objetivos, la batalla continúa o puede reanudarse en un futuro.  

Pensadores y guerreros de todas las épocas coinciden en la importancia de la victoria como objetivo. Así, Aristóteles escribió: “La victoria es la misión del generalato”; y Dwight D. Eisenhower afirmó: “En la guerra no hay sustituto para la victoria”. Los avances tecnológicos no han alterado esta imperecedera verdad humana.

La Segunda Guerra Mundial, la sino-india, la franco-argelina, la de Vietnam, la que enfrentó a Gran Bretaña con Argentina y la que enfrentó a Afganistán con URSS, la Fría: he aquí algunas de las guerras del siglo XX que terminaron conclusivamente. La derrota puede ser fruto de un varapalo bélico o de una acumulación de presiones económicas y políticas; no es necesario el colapso militar o la devastación económica, menos aún la aniquilación de una población. La única derrota de la historia de EEUU, en Vietnam del Sur en 1975, se produjo no por una hecatombe económica, por falta de munición o por el fracaso en el campo de batalla (el bando estadounidense iba ganando la guerra sobre el terreno), sino porque los estadounidenses perdieron la voluntad de seguir combatiendo.

De hecho, 1945 marca una línea divisoria. Antes, la voluntad de combate la destrozaba una abrumadora superioridad militar del enemigo; desde entonces, han sido infrecuentes los grandes éxitos bélicos. La superioridad sobre el terreno ya no se traduce como antes en la quiebra de la determinación del enemigo. Por usar términos de Clausewitz: el centro de gravedad son ahora la moral y la voluntad, no los tanques y los barcos. Aunque Francia superaba en hombres y armas a su enemigo en Argelia, como EEUU y la URSS a los suyos en Vietnam y Afganistán, todas esas potencias perdieron esas guerras. En cambio, las pérdidas sobre el terreno que experimentaron los Estados árabes en 1948-1982, Corea del Norte en 1950-1953 e Irak en 1991 y 2003 no se tradujeron en capitulación y derrota.

Cuando un bando que va perdiendo mantiene sus objetivos, la posibilidad, incluso la probabilidad, de que se reanuden las hostilidades sigue ahí. Los alemanes persistieron en su objetivo de controlar Europa tras su derrota en la Primera Guerra Mundial y recurrieron a Hitler para intentarlo de nuevo, lo que provocó que los Aliados pugnaran por la victoria absoluta para asegurarse de que no lo intentaran una tercera vez. La Guerra de Corea terminó en 1953, pero el Norte y el Sur han mantenido sus metas, lo que significa que el conflicto se podría reanudar en cualquier momento, como el que sigue pendiente entre la India y Pakistán. Los árabes perdieron cada ronda de enfrentamientos con Israel (1948-1949, 1956, 1967, 1973 y 1982), pero durante mucho tiempo vieron sus derrotas como meramente transitorias y se prepararon para volverlo a intentar.

2. La ardua empresa de la victoria

¿Cómo podría Israel inducir a los palestinos a abandonar su rechazo total al compromiso?

Durante todo este tiempo ha surgido una amplia gama de planes (mutuamente excluyentes) para poner fin al conflicto de manera beneficiosa para Israel. Entre ellos se cuentan los siguientes:

El problema es que ninguno aborda la necesidad de quebrar la voluntad palestina de combatir. Todos gestionan el conflicto sin resolverlo. Todos buscan una victoria sutil con argucias. Al igual que fracasaron las negociaciones de Oslo, también lo harán otras estratagemas que eludan la ardua empresa de la victoria.

Este patrón histórico implica que Israel sólo tiene una opción para ganar la aceptación palestina: volver a su vieja política de disuasión y castigar a los palestinos cuando agredan. La disuasión requiere algo más que unas tácticas duras, a las que han recurrido todos los Gobiernos israelíes; requiere políticas sistémicas que animen a los palestinos a aceptar a Israel y abandonen el rechazo total al compromiso. Requiere una estrategia a largo plazo que promueva un cambio de radical de actitud.

© Versión original (en inglés): danielpipes.org
© Versión en español: Revista El Medio

“El camino a la paz: que gane Israel y pierda Palestina (1)”.