Contextos

El camino a la paz: que gane Israel y pierda Palestina (1)

Por Daniel Pipes 

Oslo
"Es un momento propicio para una nueva aproximación y un replanteamiento básico del problema. Con la exitosa estrategia que Israel acometió durante sus primeros 45 años como base. El fracaso de la diplomacia israelo-palestina desde 1993 aconseja este enfoque alternativo, que hace hincapié en el afán israelí de lograr la victoria""En una espiral creciente de furia palestina, en los cinco años posteriores a Oslo fueron asesinados más israelíes que en los quince que lo precedieron. Proliferaron los discursos demagógicos y los actos violentos; y ahí siguen, implacables, 23 años después"

La diplomacia israelo-palestina se ajusta tristemente a la definición clásica de insensatez: “Hacer lo mismo una y otra vez esperando obtener resultados diferentes”. Se manejan siempre las mismas premisas –tierras por paz y solución dos Estados, con Israel soportando la mayor parte de la carga–, no importa cuántas veces se vengan abajo. Décadas de lo que los insiders llaman “procesamiento de la paz” han dejado las cosas peor de lo que estaban al principio, y sin embargo las grandes potencias insisten, enviando un diplomático tras otro a Jerusalén y a Ramala en la confianza de que la siguiente ronda de negociaciones conduzca al esquivo progreso.

Es un momento propicio para una nueva aproximación y un replanteamiento básico del problema. Con la exitosa estrategia que Israel acometió durante sus primeros 45 años como base. El fracaso de la diplomacia israelo-palestina desde 1993 aconseja este enfoque alternativo, que hace hincapié en el afán israelí de lograr la victoria. Esto, paradójicamente quizá, beneficiaría a los palestinos y reforzaría el apoyo de EEUU.

1. La práctica imposibilidad del acuerdo

Desde la Declaración Balfour de 1917, los palestinos y los israelíes han perseguido objetivos estáticos y opuestos.

En los años previos a la fundación del nuevo Estado, el muftí de Jerusalén, Amín al Huseini, articuló una política de rechazo total, de eliminar prácticamente cualquier vestigio de presencia judía en lo que ahora es territorio israelí. Sigue vigente. Los mapas en árabe, que muestran una Palestina que reemplaza a Israel, simbolizan esta aspiración permanente. El rechazo total está tan arraigado que es lo que impulsa no sólo las políticas palestinas, sino gran parte de la propia vida palestina. Con constancia, energía y perseverancia, los palestinos se han afanado en el rechazo total desmoralizando a los sionistas mediante la violencia política, perjudicando la economía israelí mediante boicots comerciales y debilitando la legitimidad de Israel cosechando apoyos en la arena internacional. Las diferencias entre las facciones palestinas tienden a ser tácticas: ¿hay que hablar con los israelíes para sacarles concesiones, o no? Mahmud Abás representa la primera postura y Jaled Meshal (Hamás) la segunda.

En la parte israelí, casi todo el mundo coincide sobre la necesidad de ganar la aceptación de los palestinos (y otros árabes y musulmanes); las diferencias suelen ser, de nuevo, tácticas. David ben Gurión articuló un enfoque: el de mostrar a los palestinos lo que pueden obtener del sionismo. Vladimir Jabotinsky desarrolló el punto de vista contrario sosteniendo que a los sionistas no les quedaba más opción que quebrar la intratable voluntad de los palestinos. Sus puntos de vista rivales siguen siendo las piedras de toque del debate sobre política exterior en Israel, donde Isaac Herzog es el heredero de Ben Gurión y Benjamín Netanyahu el de Jabotinsky.

Tanto el rechazo total como la aceptación han permanecido básicamente intactos durante un siglo: la Autoridad Palestina, Hamás, el Partido Laborista y Likud son descendientes directos de Huseini, Ben Gurión y Jabotinsky. Los diferentes idearios, objetivos, tácticas, estrategias y actores significan que los detalles han variado, pero los fundamentos siguen en buena medida ahí. Las guerras y los tratados vienen y van, provocando únicamente cambios menores. Los numerosos enfrentamientos han tenido sorprendentemente poco impacto sobre los objetivos últimos, mientras que los acuerdos formales (como los de Oslo de 1993) sólo han incrementado la hostilidad hacia la existencia de Israel y sido, por tanto, contraproducentes.

El rechazo palestino y la aceptación israelí es una cuestión binaria: sí o no, sin puntos intermedios. Esto hace que el acuerdo sea prácticamente imposible, porque precisa que una parte renuncie completamente a su meta. Que los palestinos abandonen su rechazo de cien años al Estado judío o que los sionistas abandonen su búsqueda de 150 años de una patria soberana. Cualquier resultado distinto será un arreglo inestable que sólo servirá como premisa para una futura ronda de conflictos.

El ‘proceso de paz’ que fracasó

La disuasión, es decir, convencer a los palestinos y a los Estados árabes de que acepten la existencia de Israel bajo la amenaza de una dolorosa represalia, está en la base del extraordinario bagaje israelí en el periodo 1948-1993, signado por una gran visión estratégica y una táctica brillante. La disuasión funcionó hasta tal punto que los Estados árabes enemigos de Israel lo miraban de forma muy diferente a finales de ese periodo: en 1948, los ejércitos árabes invasores esperaban estrangular en la cuna al Estado judío recién nacido; pero, llegado 1993, Arafat se sintió obligado a firmar un acuerdo con el primer ministro de Israel.

Ahora bien, la disuasión no remató su misión. Mientras los israelíes construían un país moderno, democrático, próspero y poderoso, el hecho de que los palestinos, los árabes, los musulmanes y (cada vez más) la izquierda siguieran rechazándolo se convirtió para ellos en un motivo de frustración creciente. La impaciente e inquieta población israelí acabó hartándose de las poco atractivas cualidades de la disuasión, que es por naturaleza pasiva, indirecta, dura, lenta, aburrida, humillante, reactiva y onerosa. También es internacionalmente impopular.

Esa impaciencia dio lugar al proceso diplomático que culminó con el apretón de manos que confirmaba la firma de los Acuerdos de Oslo en los jardines de la Casa Blanca, en septiembre de 1993. Durante un breve periodo, el Apretón de Manos (como por entonces se enfatizaba) entre el líder palestino Yaser Arafat y el primer ministro israelí Isaac Rabín sirvió como símbolo de una exitosa mediación que había dado a ambos lo que más querían: dignidad y autonomía para los palestinos y reconocimiento y seguridad para los israelíes. Entre otros muchos honores, Arafat, Rabín y el entonces ministro de Exteriores de Israel, Simón Peres, ganaron el Premio Nobel de la Paz.

Los Acuerdos, sin embargo, decepcionaron rápidamente a ambas partes. De hecho, pese a que los israelíes y los palestinos coinciden en muy pocas cosas, sí están de acuerdo casi unánimemente en que Oslo ha sido un desastre.

Antes de Oslo, cuando los palestinos vivían bajo el control directo de Israel, la aceptación de Israel había ido aumentando entre aquéllos, incluso disminuía la violencia política. Los habitantes de la Margen Occidental y Gaza podían viajar internamente sin controles y acceder a sus puestos de trabajo en Israel. Obtuvieron provecho del imperio de la ley y su economía se multiplicó por cuatro, sin depender de la ayuda extranjera. Se crearon numerosos hospitales y escuelas, al igual que varias universidades.

Yaser Arafat prometió convertir Gaza en “el Singapur de Oriente Medio”, pero su despotismo y su agresividad contra Israel convirtió su feudo en una pesadilla que recordaba más al Congo que al referido enclave asiático. Negándose a renunciar a la revolución permanente y a convertirse en el líder corriente de un Estado recóndito, explotó los Acuerdos de Oslo para infligir a los palestinos la dependencia económica, la tiranía, unas instituciones fallidas, la corrupción, el islamismo y el culto a la muerte.

Los israelíes vieron que Oslo no llevaba al esperado fin del conflicto, sino que avivaba las ambiciones palestinas de eliminar el Estado judío. En una espiral creciente de furia palestina, en los cinco años posteriores a Oslo fueron asesinados más israelíes que en los quince que lo precedieron. Proliferaron los discursos demagógicos y los actos violentos; y ahí siguen, implacables, 23 años después. Además, el empeño deslegitimador palestino tiene un coste internacional para Israel, ya que la izquierda se puso en su contra, engendrando iniciativas antisionistas como la Conferencia Mundial de la ONU contra el Racismo de Durban y el movimiento Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS).

Bajo la perspectiva israelí, siete años de apaciguamiento de Oslo (1993-2000) deshicieron 45 de exitosa disuasión; después, seis años de retiradas unilaterales (2000-2006) enterraron aún más la disuasión. Después de 2006 no ha habido grandes cambios.

© Versión original (en inglés): danielpipes.org
© Versión en español: Revista El Medio