Contextos

El acuerdo con Irán mina la credibilidad estadounidense

Por Evelyn Gordon 

John Kerry.
"Norteamérica, a espaldas de sus dos mayores aliados en Oriente Medio, fue a negociar un acuerdo con el peor enemigo de éstos, un acuerdo que ambos consideran perjudicial para sus intereses. Así que, ¿cómo no va a temer cualquier aliado de Estados Unidos, con razón, que no le va a hacer lo mismo?""Si el jefe de la diplomacia estadounidense puede mentir de forma categórica sobre el contenido de los acuerdos incluso después de que el texto de los mismos se haya publicado y todos lo hayan podido leer, ¿por qué iba alguien a volver a confiar en la palabra de Estados Unidos?"

Mucho se ha escrito ya sobre la problemática naturaleza del acuerdo provisional firmado el pasado fin de semana por irán y el P5+1. Pero el daño va más allá de que se reduzca el régimen de sanciones sin que se detengan los diversos programas nucleares iraníes (como muy acertadamente dijo Bret Stephens, del Wall Street Journal, “sólo reducirá su ritmo de correr a trotar”). El golpe que supone para la credibilidad estadounidense no es menos grave.

En primer lugar, tenemos lo que podría denominarse el problema de Hamid Karzai. Como informaba el New York Times la semana pasada, el presidente afgano ha “desconcertado y consternado a sus aliados” durante años al acusar a Washington de conspirar a sus espaldas con Pakistán y/o con los talibanes en un intento de imponer a Kabul un acuerdo de paz “en el que los intereses de Afganistán ni siquiera serán secundarios, sino de tercer orden o menos”. Hasta ahora podían ignorarse semejantes desvaríos, considerándolos pura paranoia, pero ahora sabemos que Washington les ha hecho precisamente eso a Israel y a Arabia Saudí: pasó meses negociando en secreto con Irán el actual acuerdo sin ni siquiera informarles de la existencia de las conversaciones. En otras palabras: Norteamérica, a espaldas de sus dos mayores aliados en Oriente Medio, fue a negociar un acuerdo con el peor enemigo de éstos, un acuerdo que ambos consideran perjudicial para sus intereses. Así que, ¿cómo no va a temer cualquier aliado de Estados Unidos, con razón, que no le va a hacer lo mismo?

De hecho, como Seth [Mandel] señalaba el lunes, la decisión ucraniana de última hora de descartar un acuerdo con Europa para el que estuvieron meses negociando y firmar en su lugar uno con Rusia muestra que otros países ya están asimilando la lección: Occidente no es de fiar; confía en él por tu cuenta y riesgo. De acuerdo, ni Ucrania ni Afganistán son vitales para los intereses occidentales, pero, ¿qué pasará si, por ejemplo, Japón y Corea del Sur llegan a la conclusión de que Washington podría venderles a China con esa misma facilidad?

Y luego está el problema de John Kerry. Antes de las conversaciones con Irán de la semana pasada, el secretario de Estado se comprometió a que el acuerdo provisional no reconocería ningún derecho iraní a seguir enriqueciendo uranio. “Desde luego, eso no se va a decidir en un primer paso, se lo puedo asegurar”, dijo. Después de que se firmara el acuerdo, volvió a afirmar que “este primer paso no dice que Irán tenga derecho a enriquecer, independientemente de las interpretaciones que se hagan”.

Pero el acuerdo establece explícitamente que “la solución integral” que las partes tratarán de negociar ahora “incluiría un programa de enriquecimiento definido por ambas partes”. Así que la palabra “derecho” no aparece, pero las consecuencias prácticas son las mismas que si lo hiciera: a pesar de las reiteradas resoluciones vinculantes de Naciones Unidas en las que se exigía que Irán detuviera el enriquecimiento, el P5+1 ya ha accedido a dejarle seguir haciéndolo indefinidamente. Es como si Israel firmara un acuerdo para reubicar a cinco millones de refugiados palestinos en su territorio y después afirmara que no accedió al derecho de retorno porque esas tres palabras no aparecían en el texto. Y si el jefe de la diplomacia estadounidense puede mentir de forma categórica sobre el contenido de los acuerdos incluso después de que el texto de los mismos se haya publicado y todos lo hayan podido leer, ¿por qué iba alguien a volver a confiar en la palabra de Estados Unidos?

A comienzos de este mes, Walter Russell Mead señaló que “en general, las anteriores Administraciones llegaron a la conclusión de que el precio que pedía Irán a cambio de una relación diferente con Estados Unidos era inasumiblemente alto”, porque “para llegar a un acuerdo con los iraníes tendríamos que traicionar a todos nuestros otros aliados regionales” y “dejar plantados de esa forma a antiguos aliados disminuiría la confianza que los aliados de Norteamérica en todo el mundo tienen en nuestro apoyo”.

Ése es el mundo feliz en el que acaba de entrar Norteamérica. Y es probable que pague el precio por ello durante mucho tiempo.

Commentary