Contextos

División en la coalición gobernante egipcia

Por Lee Smith 

breadegypt
"Uno de los problemas económicos esenciales de Egipto es que el Gobierno no puede permitirse subvencionar tantos bienes""Si alguien se opone a los populistas demagogos de la plaza, no tiene muchas oportunidades de ganar""La intervención de los militares al derrocar a Morsi ha unido lo que su presidencia había dividido: a los islamistas."

El pasado martes 9, el Gobierno provisional egipcio designó a un nuevo primer ministro, Hazem el Beblaui, un economista que desempeñó brevemente el cargo de ministro de Finanzas en el Gobierno militar provisional tras el derrocamiento de Hosni Mubarak en febrero de 2011. Beblaui es una buena opción, en tanto en cuanto parece comprender que uno de los problemas económicos esenciales de Egipto es que el Gobierno no puede permitirse subvencionar tantos bienes, desde alimentos esenciales, como pan y aceite, hasta petróleo. Así, el nuevo primer ministro afirmó:

Debemos hacer comprender claramente al público que el nivel de subvenciones en Egipto es insostenible y que la situación es crítica. La cancelación de las subvenciones requiere sacrificios por parte del público y por tanto precisa de su aceptación.

Ésta es la clase de lenguaje que puede gustar al FMI, que retuvo un paquete de ayuda de 4.800 millones de dólares para Egipto porque el Gobierno de Mohamed Morsi fue incapaz de llevar a cabo las necesarias medidas de reforma, como reducir drásticamente las subvenciones. Sin embargo, si bien Beblaui ha identificado la cuestión clave, hay que señalar que hizo estos comentarios en una entrevista antes de que Morsi fuera destituido hace dos semanas, y antes de que lo propusieran para primer ministro. Cuando asuma el cargo, es probable que encuentre que la práctica es muy diferente de la teoría.

A muchos egipcios les gustan sus subvenciones y no quieren que las recorten, sin importarles lo crítica que le parezca la situación a alguien como Beblaui, doctorado por la Universidad de Grenoble. Sin subvenciones sería difícil salir adelante con los bajos salarios de los empleos fijos en el sector público que muchos licenciados esperan que el Gobierno les proporcione. Sin subvenciones es prácticamente imposible vivir con los menos de dos dólares al día con los que subsiste el 40% de los egipcios.

Por tanto, los jóvenes revolucionarios del movimiento Tamarod que se encuentran acampados en la plaza Tahrir abogarán a favor de un Egipto altamente subvencionado y en contra de medidas de austeridad. Entre los manifestantes hay muy pocas voces que se alcen para pedir fuertes recortes en los subsidios o liberalización económica, pues el hecho es que este sector de la oposición, al que típicamente se califica de liberal, no cree en la política económica liberal.

El problema de Beblaui es que, desde el punto de vista de los miembros de la Administración egipcia, los activistas de Tahrir ya han derrocado a dos dirigentes egipcios -primero al presidente vitalicio Hosni Mubarak, y después a su primer jefe de Estado libremente elegido. Si alguien se opone a los populistas demagogos de la plaza, no tiene muchas oportunidades de ganar.

Dicho de otro modo, están empezando a aparecer fisuras en la coalición gobernante. Probablemente no vaya a haber ningún enfrentamiento directo por ahora, pues Beblaui se ha labrado un periodo de gracia merced a los miles de millones de dólares en préstamos y donaciones que los países del Golfo (con los 5.000 millones de Arabia Saudí a la cabeza) han prometido a Egipto. Los egipcios podrán disfrutar en paz del resto de su mes del Ramadán, excepto por las nubes de tormenta que se están formando en el horizonte, sobre el Sinaí.

El pasado día 10 se informó de que Hamás había atacado a soldados egipcios en el Sinaí y había matado a tres de ellos, mientras que las fuerzas de seguridad egipcias habían detenido a 150 agentes de la organización. Al parecer, otros grupos islamistas con base en Gaza se están dirigiendo también hacia el Sinaí, donde han atacado algunas bases del Ejército egipcio. Además hay grupos yihadistas radicados en la península, algunos de ellos supuestamente afiliados a Al Qaeda, que tratan de atacar a soldados egipcios. Parece ser que todos estos grupos actúan de acuerdo con los Hermanos Musulmanes en El Cairo, como parte de sus lucha contra unos militares que les han humillado al apartar a Morsi del poder y al haber detenido a sus líderes.

Los Hermanos llamaron a un levantamiento el día 8 tras una manifestación ante el cuartel donde, supuestamente, se encuentra retenido Morsi. El enfrentamiento causó al menos cuarenta muertos entre los activistas defensores del expresidente y cientos de heridos. El Ejército afirma que se estaba defendiendo de un grupo terrorista que atacó a los soldados, y la Hermandad replica que los militares abrieron fuego contra manifestantes desarmados, pero, a fin de cuentas, la sucesión de los acontecimientos o quién empezara es irrelevante. Al derrocar al primer presidente egipcio libremente elegido por cuenta de un sector de la sociedad, el Ejército tomó partido contra la otra parte, los que no querían que Morsi fuera expulsado del palacio presidencial. Y, lo que puede que sea más peligroso para Egipto, la intervención de los militares al derrocar a Morsi ha unido lo que su presidencia había dividido: a los islamistas.

Está claro que los Hermanos Musulmanes comparten la misma concepción del mundo que Hamás o que los yihadistas radicados en el Sinaí. Y, pese a ello, a causa del interés nacional y de su propio interés, su Gobierno se vio obligado a tomar medidas contra ambos. Con Morsi el Ejército no sólo clausuró túneles de contrabando por los que llegaban armas a Hamás y a los grupos del Sinaí (entre ellas, misiles procedentes de Irán para el Movimiento de Resistencia Islámico); también hizo frente común con la Casa Blanca e Israel durante la campaña de otoño de las Fuerzas Armadas israelíes contra Hamás, la Operación Pilar Defensivo. Ahora todo eso ha cambiado, y las diferencias tácticas menores se han olvidado en aras de la unidad en un proyecto mayor: resistir contra el plan americano-sionista para oprimir a los verdaderos musulmanes, que se ha puesto en práctica por sus esbirros a sueldo del Ejército egipcio.

La pregunta inmediata es ¿cómo se presenta el plan de batalla? Los Hermanos Musulmanes tienen pocas esperanzas de derrotar al Ejército en un enfrentamiento directo en las calles de El Cairo y de otras ciudades, pero, junto a sus aliados, pueden desangrar a las Fuerzas Armadas en el Sinaí durante mucho tiempo. Resulta más preocupante aún que puedan tratar de enfangarlas en escaramuzas fronterizas contra Israel. La esperanza que queda es que esta naciente unión islamista se deshaga mientras la coalición gobernante se une en torno a un programa político y económico que vuelva a poner a Egipto en pie. O, al menos, que la alianza islamista se rompa antes de que la gobernante comience a mostrar sus grietas.

The Weekly Standard