Contextos

Después de Orlando

Por Max Boot 

Estado Islámico
"La mejor opción para atrapar a los terroristas antes de que ataquen es descubrir sus vínculos con un grupo terrorista. Por eso es de vital importancia que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) prosiga con el tipo de actividades de vigilancia, legales y rigurosamente controladas, que Edward Snowden filtró maliciosamente: nuestra capacidad para recabar información por vía electrónica es una de nuestras líneas de defensa más importantes, junto a la información recogida por medios humanos entre nuestra propia comunidad musulmana""Esta será una guerra larga, y se librará por distintos medios. En muchos aspectos, este conflicto se asemeja a la Guerra Fría: una lucha multigeneracional librada con una pluralidad de instrumentos. Esperemos que tenga el mismo final satisfactorio para nosotros"

El domingo, el mundo entero quedó conmocionado por los terribles sucesos de Orlando: 50 muertos y 53 heridos en el peor ataque terrorista en suelo estadounidense desde 2001. ¿Qué presagia esta atrocidad y qué podemos hacer al respecto?

Es sumamente difícil impedir que un asesino perturbado entre en un bar de copas y abra fuego. De hecho, hemos tenido suerte de que desde el 11-S no haya habido más ataques como este. Tiene sentido imponer un mayor control de armas, especialmente de los fusiles AR-15, empleados en muchos tiroteos con múltiples víctimas. Pero incluso en Noruega y Francia, donde el control de armas es mucho más estricto, los asesinos múltiples pudieron adquirir las armas que quisieron. La dificultad de tener bajo control dichas armas es mucho mayor en EEUU que en Australia, un país mucho más pequeño con muchas menos armas.

La mejor opción para atrapar a los terroristas antes de que ataquen es descubrir sus vínculos con un grupo terrorista. Por eso es de vital importancia que la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) prosiga con el tipo de actividades de vigilancia, legales y rigurosamente controladas, que Edward Snowden filtró maliciosamente: nuestra capacidad para recabar información por vía electrónica es una de nuestras líneas de defensa más importantes, junto a la información recogida por medios humanos entre nuestra propia comunidad musulmana.

Pero ¿y si un asesino no tiene vínculos previos con grupos radicales? ¿Y si esos vínculos pasaron simplemente inadvertidos? ¿Y si los desarrolló justo antes del ataque?

Aún no conocemos toda la historia de Omar Matín, el tirador estadounidense de origen afgano que cometió el atentado, pero, sin duda, el hecho de que fuese capaz de atentar representa un fracaso de los servicios de inteligencia. Al parecer, el FBI lo había investigado varias veces, pero lo dejó pasar, porque no estaba violentamente radicalizado en aquel entonces, o porque los agentes no vieron los indicios. Esos fallos son exasperantes, pero tristemente inevitables: recuérdese el viejo dictado según el cual las fuerzas de seguridad tienen que acertar siempre pero los terroristas sólo tienen que acertar una vez.

Para combatir a los terroristas en casa, tenemos que hacer algo más de lo que han hecho los cuerpos de seguridad y las agencias de inteligencia, tan criticados por los libertarios. Esto incluye vigilar electrónicamente las comunicaciones en varias direcciones e infiltrarse en las comunidades musulmanas, como hacía la División de Inteligencia del Departamento de Policía de Nueva York antes de que se le ordenara cesar en su actividad y desistir.

Por supuesto, contar con la mejor información recabada por medios humanos depende de la cooperación de las comunidades en las que se pretende obtener la información. Por lo tanto, es de crucial importancia que la comunidad musulmana estadounidense y los distintos organismos de seguridad mantengan unas buenas relaciones. Por desgracia, la grosera retórica antimusulmana de Donald Trump y sus llamadas a “prohibir” la entrada a los musulmanes extranjeros (lo que no habría detenido a Matín, nacido en Estados Unidos) se aleja de este objetivo, al enviarles a los musulmanes el mensaje de que no son plenamente estadounidenses. Parte de la razón por la que ha habido menos terrorismo en EEUU que en Europa es que hemos hecho un mejor trabajo de asimilación de nuestros musulmanes. Sería una costosa tragedia que ese logro quedara destruido.

Otra de las exigencias de Trump es que el presidente Obama aluda al “terrorismo islámico radical” en sus discursos, o que alguien dimita inmediatamente. Es un poco absurdo que Obama se niegue a mencionar la filiación religiosa de asesinos como los de San Bernardino y Orlando. Pero tengamos en cuenta que el presidente George W. Bush también era reacio a hacerlo, porque no quería que la guerra de EEUU “contra el terrorismo”, como él la llamaba, se confundiera en el mundo musulmán con una “guerra contra el islam”, que es como grupos como el ISIS y Al Qaeda quieren caracterizar los esfuerzos antiterroristas de Occidente. En el extranjero, al igual que aquí, EEUU tiene que ganarse la cooperación de la inmensa mayoría de los musulmanes moderados si queremos identificar, abordar y eliminar a los terroristas; alejar a los musulmanes comunes con torpes ataques retóricos al islam, como hace Trump, es tan estúpido como contraproducente.

Dicho esto, la reluctancia de Obama a debatir más abiertamente el problema de la violencia yihadista son indicativos de una de las fallas de su presidencia: no ha sentido la urgencia de librar ciertas guerras. No quiere ser un presidente de tiempos de guerra, de modo que jamás ha dedicado los recursos y el empeño suficientes a derrotar a grupos como los talibanes o el ISIS. En el caso del ISIS, los aviones estadounidenses siguen bombardeando de manera inconstante Irak y Siria, mientras que las fuerzas paramilitares apoyadas por EEUU siguen logrando lentos pero constantes progresos sobre el terreno. Pero cuanto más tiempo logre perdurar –y hace dos años que existe como sedicente califato–, más atracción ejercerá el Estado Islámico sobre potenciales terroristas como Matín.

Se ha debatido mucho sobre y se han hecho algunas cosas en la lucha contra la radicalización, principalmente en internet, donde el ISIS ha demostrado su dominio de la propaganda. Sin duda, es una iniciativa que valdría la pena que siguieran varios organismos gubernamentales de EEUU. Pero, en resumidas cuentas, es imposible impedir que los yihadistas difundan su propaganda en internet; la Red es demasiado inmensa y variada como para ser vigilada con eficacia. La única manera de reducir el atractivo del ISIS es destruirlo. Ni siquiera los terroristas quieren morir por una causa perdida, y es llamativo que los reclutamientos del ISIS hayan descendido a la par que sus éxitos militares.

Para derrotar definitivamente al ISIS no sólo hay que arrojar más bombas o enviar más tropas, aunque tengamos que hacer ambas cosas. El otro imperativo, como he escrito muchas veces, es alejar del ISIS a los suníes de Siria e Irak ofreciéndoles un estatus que puedan defender, y que no implique su supeditación a Irán o a sus satélites. Este ha sido el elemento que ha faltado de manera más evidente en la estrategia de Obama contra el ISIS.

Por supuesto, no se debería engañar a nadie haciéndole creer que con la destrucción del Estado Islámico dejarán de producirse atentados como el de Orlando. Se puede derrotar a una organización mediante la fuerza militar, pero una ideología es más difícil de erradicar. El ISIS podría desaparecer mañana, y aun así seguiría habiendo multitud de agitadores islamistas ansiosos por reclutar gente que perpetre ataques terroristas en Occidente.

Lo que más desea Occidente es que se produzca una revolución mental en el mundo musulmán, pero es difícil desencadenarla. EEUU debería hacer todo lo posible, y más de lo que ya está haciendo, para apoyar a los moderados en el mundo musulmán. Al mismo tiempo, debemos mantener la vigilancia en casa, seguir recabando información y seguir atacando, sea directamente o por delegación, allá donde los grupos terroristas logren refugiarse para seguir reclutando, entrenando, operando y difundiendo propaganda. Lamentablemente, hay muchísimos lugares que cumplen esas condiciones, desde las zonas fronterizas de Pakistán y Afganistán a Irán, Irak, Siria, Libia, el Yemen, Somalia, etc.

Es una tarea ingente limpiar todos esos pozos negros, y no se conseguirá invadiendo un país tras otro. Esta será una guerra larga, y se librará por distintos medios. En muchos aspectos, este conflicto se asemeja a la Guerra Fría: una lucha multigeneracional librada con una pluralidad de instrumentos. Esperemos que tenga el mismo final satisfactorio para nosotros.

© Versión original (inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio