Contextos

¿De verdad se ha vuelto moderada Arabia Saudí?

Por Michael Rubin 

El rey Abdalá de Arabia Saudí.
"Pese a que ahora se presenta como moderado y responsable, y aunque muchos defensores de Israel preocupados por Irán están reconsiderando el papel saudí en la región, algunos desagradables episodios, como la condena a muerte de un clérigo chií Nimr al Nimr, nos recuerdan lo sectario e ideologizado del reino"

Arabia Saudí lleva siendo aliada de Estados Unidos desde aquel aciago día, hace casi 70 años, en el que el presidente Franklin D. Roosevelt se encontró con el rey Saud a bordo del USS Quincy en el Canal de Suez durante su viaje de regreso de la Conferencia de Yalta. Arabia Saudí era el único país no combatiente en la II Guerra Mundial que participaba en el Programa de Préstamo y Arriendo. Esa relación se fortaleció a lo largo de las décadas siguientes, junto a una asociación cada vez más profunda en cuestiones energéticas. En ocasiones, el Estado saudí ha sido un aliado crucial, como por ejemplo en la operación Tormenta del Desierto. Pero estos casos de colaboración palidecen comparados con el daño que Arabia ha provocado en la región al promover y apoyar las interpretaciones del islam más extremistas y violentas. Dicho sin rodeos: durante las últimas décadas, Arabia Saudí ha sido tan destructiva para la estabilidad regional como la República Islámica de Irán. Sólo en los últimos años, al comenzar a padecer el resultado de su propio apoyo al extremismo en el extranjero, ha empezado a tomarse más en serio el cáncer del radicalismo.

Pero pese a que ahora se presenta como moderado y responsable, y aunque muchos defensores de Israel preocupados por Irán están reconsiderando el papel saudí en la región, algunos desagradables episodios, como la condena a muerte de un clérigo chií Nimr al Nimr, nos recuerdan lo sectario e ideologizado del reino.

En junio, mi colega del American Enterprise Institute Ahmad Madiyar y yo publicamos una breve monografía en la que estudiábamos comunidades regionales chiíes de fuera de Irán. Tomamos nota de las legítimas quejas de muchas de ellas y de sus esfuerzos por mantener su autonomía respecto a la República Islámica. Numerosos chiíes la desprecian, y retratar a todos los miembros de esta rama del islam como quintacolumnistas resulta contraproducente. Hacer la vista gorda a la represión contra los chiíes en países como Arabia Saudí supone caer en el juego de la propaganda iraní y no dejar a estas comunidades más remedio que acudir a Irán en busca de protección.

Arabia Saudí es un país tan intolerante como Turquía o Qatar, al margen de sus recientes intentos de presentar una imagen moderada. Nunca se podrá convertir en un socio moderado y responsable mientras favorezca el sectarismo por encima de la tolerancia y del imperio de la ley. Esperemos que las autoridades saudíes no sean tan miopes como para ejecutar –el término asesinar sería igual de adecuado– al jeque Nimr. Si hacen cumplir la sentencia, Arabia Saudí no se merecerá apoyo alguno cuando tenga que afrontar la consiguiente tormenta.

Es hora de calibrar las relaciones estadounidenses con Arabia Saudí no en función de su dinero y su petróleo, sino de su conducta y su voluntad de reparar el daño que han causado durante el último medio siglo.

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