Contextos

De Munich a Zero Dark Thirty

Por Eli Cohen 

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"Spielberg no sólo quiere contarnos una historia sobre cómo andar por la delgada línea que separa el bien y el mal. Conforme avanza la película, lo que hace el director de 'La lista de Schindler' es criticar sin fisuras la política antiterrorista del Gobierno de Israel. Lo hace de un modo paternalista, con moralina, y además con patente de corso""La filmación en tiempo real del asalto a la residencia de Ben Laden en Abottabad por parte de los Navy Seal americanos es inmejorable""La directora no plantea la justificación de la tortura para obtener información en la lucha contra el terrorismo, muestra al espectador cómo ha pasado todo y deja que cada uno saque sus propias conclusiones""¿Hasta dónde debemos llegar para salvar vidas y proteger el sistema de libertades ciudadanas y garantías jurídicas que tanto nos ha costado? ¿Es posible luchar contra nuestros enemigos sin saltarnos las reglas que nosotros mismos establecimos?"

Munich y Zero Dark Thirty poseen rasgos comunes que las hacen analizables conjuntamente: ambas están dirigidas por directores oscarizados, ambas están basadas en libros que relatan hechos reales e internacionalmente controvertidos, ambas han estado sujetas a fuertes críticas y, sobre todo, ambas tratan sobre el mismo tema: la lucha contra el terrorismo.

Munich se emitió en los cines en un momento claramente adecuado, a finales de 2005. La Segunda Intifada había terminado y la guerra de Irak entraba en su tercer año, con una posguerra desastrosa y caótica. La película de Spielberg relata la caza al terrorista que llevó a cabo el Mossad tras el asesinato de 11 atletas israelíes en las olimpiadas de Munich de 1972; no obstante, su mensaje era claramente actual.

Desde el punto de vista técnico, Munich es soberbia. Pese a que la maestría formal se presupone en el cine de Spielberg, es de recibo recalcar que la ambientación en los años 70 es extraordinaria. La película recuerda a la atmósfera de Chacal o de Los tres días del Cóndor  y, aunque al final parezca que falta tiempo para terminar y los sucesos se amontonan sin margen de tiempo para el espectador, existe un dominio magistral de la imagen y de la narración. En lo técnico, pues, no hay pegas.

Si entramos ya en materia de debate, Spielberg cae en ciertos estereotipos que justifican parte de las críticas que recibió en su día. Son estereotipos en los que ciertamente suele caer Hollywood: caracterización de los militares como halcones despiadados y humanización de los terroristas -Spielberg declaró que “intentar entender a los terroristas no es justificarlos”. Sin mencionar lo dubitativos en sus decisiones que se muestran los agentes protagonistas, o incluso lo cutre de sus artefactos explosivos. Sin embargo, son apuntes que, vistos ya con cierta perspectiva, no eclipsan los mensajes de la película, puestos en boca de Avner, el protagonista encarnado por Eric Bana.

Los que hemos crecido leyendo novelas de espías sentimos una gran fascinación por los dilemas morales que experimentan este tipo de agentes del gobierno. Abandonar a la familia, desaparecer de todos los registros, vivir solo y atormentado,escapar a diario, dormir con un ojo abierto y con una pistola bajo la almohada, y todo ello por defender la vida de personas que no conocen y por salvaguardar las fronteras de un país al cual aman –no hablamos, en estos casos, de mercenarios. Un héroe por el que nos sentimos seducidos desde el sofá de nuestras casas, y del cual nos sentimos cómplices en su sufrimiento. Ése es el espía arquetípico en la literatura de la Guerra Fría, y ése es el que vemos muy bien estructurado en Munich.

“No podría vivir si me negara a hacerlo, confiesa Avner a su mujer encinta. ¿Quién abandonaría a su esposa embarazada para matar a terroristas dispersos por el mundo? En el seno de estos espías late el amor a una idea que es más fuerte que la de millones de activistas que combaten a diario por una causa.

Pero Spielberg no sólo quiere contarnos una historia sobre cómo andar por la delgada línea que separa el bien y el mal. Conforme avanza la película, lo que hace el director de La lista de Schindler es criticar sin fisuras la política antiterrorista del Gobierno de Israel. Lo hace de un modo paternalista, con moralina, y además con patente de corso –es MOT (member of the tribe) como se llama a los judíos en slang americano. Así, Spielberg no cesa de aleccionar a los suyos en la película:

Es extraño pensar que uno es un asesino.

Los judíos no hacemos el mal porque el enemigo lo haga.

La conciencia siempre anda al acecho durante el metraje, y Spielberg la deja fluir como si de un nuevo debate talmúdico se tratara.

Su supuesto objetivo, rendir a los once israelíes asesinados un homenaje que les negaron en los propios Juegos de Munich de 1972 -los cuales continuaron celebrándose al día siguiente- no parece ser la razón de ser de la película. Munich es un alegato político, y los hechos relatados un marco, una excusa si se quiere, para plantear dicho alegato.

Sin embargo, las dudas son las que hacen grande a Munich. Dudas de individuos libres que se replantean si lo que hacen tiene una justificación moral. Algo que no les sucede a los terroristas palestinos que aparecen en la película, los cuales no aparentan sentir dudas sobre la misión de matar judíos. Al fin y al cabo, ahora como en aquel entonces, Israel es un país de individuos libres, y la causa palestina no contempla esa posibilidad para con los suyos.

Lo que Spielberg viene a decir, básicamente, es que, aunque los israelíes aleguen que la política de matar a terroristas salva vidas, el director cree justamente lo contrario: matarlos crea más y peores terroristas. De hecho, la película acaba con esta discusión, mientras la cámara se aleja y enmarca a las Torres Gemelas. Es una conclusión complicada. Spielberg no justifica el terrorismo, eso está claro, pero intenta explicar desde su punto de vista que una política miope puede agravar el problema en lugar de solucionarlo.

Su solución, en boca de Avner, es:

Deberíamos haberlos detenido, como a Eichmann.

Y el film concluye con una afirmación bastante pesimista:

No habrá paz al final de este camino.

Por otro lado, Zero Dark Thirty (ZDT) muestra otra visión completamente diferente de la lucha contra el terrorismo. De entrada, la Bigelow no parece pertenecer a la élite progresista de Hollywood, de la cual Spielberg es miembro de honor. Como ya demostró con su oscarizada The Hurt Locker, Bigelow hace gala de una visión de la guerra muy distinta a la que vimos, por ejemplo, en la olvidable Avatar -firmada por su ex marido, miembro también de la élite hollywoodiense- en la que los soldados, por definición, tienen sed de hemoglobina e impera la filosofía del buen salvaje. Bigelow indaga en la vida del soldado, en su quehacer diario, en su alma, y simpatiza con él. En este sentido, si leemos en Esquire la larga y muy recomendable entrevista al seal que ejecutó a Ben Laden, nos cuadra perfectamente la imagen mostrada en ZDT con la de dicha entrevista. En nuestro imaginario está el mismo tipo sencillo, comprometido, resolutivo y poco filósofo.

En este caso, la maestría técnica vuelve a ser impecable. La filmación en tiempo real del asalto a la residencia de Ben Laden en Abottabad por parte de los Navy Seal americanos es inmejorable. La cámara al hombro no marea, la visión nocturna no cansa y los cambios constantes de plano y de situación no confunden al espectador. La larga investigación que lleva  a la protagonista a dar con Ben Laden no aburre y la ambientación de todos los escenarios es magnífica. El espectador saborea la arena de los desiertos de Afganistán, respira el olor a orina y falta de oxígeno de las salas de tortura y siente el frío de esas salas subterráneas y oscuras donde la CIA procesa datos.

ZDT es diferente a Munich desde el primer plano, y no sólo porque es menos novelesca. Bigelow no cuestiona que Ben Laden deba ser o no eliminado, casus belli mediante –como apuntó Xavier Seuba, profesor de Derecho Internacional de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, “no fue un acto ilegal, sino un acto de guerra”. Ni siquiera parece que Bigelow quiera dudar de algo. Sólo muestra los hechos de una forma cojonudamente eficaz.  Según los críticos de ZDT y cualquier espectador avispado, la película justifica o parece resaltar la eficacia de la tortura. La cinta se aleja de tomar partido o de criticar: simplemente relata hechos. Y punto.

La directora no plantea la justificación de la tortura para obtener información en la lucha contra el terrorismo, muestra al espectador cómo ha pasado todo y deja que cada uno saque sus propias conclusiones. La tortura no es una ciencia exacta, a veces funciona y otras veces no. Pero, en esta guerra, la violación de derechos humanos, que se hace efectiva en la tortura a los detenidos para obtener información y así salvar vidas, existe, y los Gobiernos la practican. Es un hecho, y lo aborrecemos con la boca pequeña.

En cambio, simpatizamos con la obsesión que tiene Maya, la protagonista –Jessica Chastain está inmensa- por cazar al mal nacido que ordenó el asesinato de 3.000 de los suyos. Aunque la tarea de Maya es larga, la motivación es muy alta: la razón de ir a trabajar es atrapar a un tirano asesino, y no redactar contratos o vender un producto. Muchos cambiaríamos nuestras existencias por mucho menos.

Ambas películas plantean el mismo tema, pero desde distintas perspectivas. En Munich no gusta la respuesta de cazar y eliminar al terrorista; en ZDT no se plantea otra posibilidad. Munich es la conciencia, el individuo con dudas morales; ZDT es la obsesión por la búsqueda de justicia. Munich es el tormento de un espía; ZDT es su silencioso y solitario éxito. Munich es una novela; ZDT es un documental.

Pero tanto Munich como ZDT abordan una cuestión que trae de los pelos a los ciudadanos occidentales. ¿Hasta dónde debemos llegar para salvar vidas y proteger el sistema de libertades ciudadanas y garantías jurídicas que tanto nos ha costado? ¿Es posible luchar contra nuestros enemigos sin saltarnos las reglas que nosotros mismos establecimos?

Avner y Maya son dos agentes del Gobierno que han elegido su trabajo por pura vocación. Uno es un espía ejecutor y la otra una analista de alto nivel. Los dos son héroes desde distintas perspectivas y en distintas épocas. Ambos acaban sus historias llorando, porque ambos están inmersos en sus propios dramas. Como dijo Francis Scott Fitzgerald:

Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia