Contextos

Cuando caiga Mosul...

Por Max Boot 

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"La única manera de evitar un desenlace calamitoso es a través del proceso político: Abadi y otros líderes chiíes deben cerrar acuerdos con el liderazgo suní para asegurar que su población obtiene su cuota de los beneficios del petróleo y no es sometida a detenciones, hostigamientos y limpieza étnica"

Antes incluso de que el primer ministro iraquí, Haider al Abadi, anunciara la ofensiva oficial, a última hora del domingo, las señales de lo que se avecinaba eran evidentes. Como reportó horas antes Rod Nordland, del New York Times, desde Erbil, en la región kurda:

Mientras las fuerzas iraquíes rodean Mosul para lanzar un ataque inminente, y los habitantes hacen acopio de alimentos y garabatean furtivamente lemas de resistencia en las paredes, los líderes del Estado Islámico en la ciudad están construyendo túneles y manteniéndose fuera del alcance de los drones, y los helicópteros iraquíes arrojan folletos que predicen que el fin del dominio terrorista se acerca.

Mosul sigue bajo el control de entre 3.000 y 4.500 combatientes del ISIS, pero la fuerza de estos comienza a remitir. Se están quedando sin dinero, y están teniendo problemas para conseguir nuevos reclutas. La población se ha vuelto contra ellos y su enfermiza visión restrictiva de la ley de la sharia. Se dice que hay incluso células de resistencia operando en la ciudad.

Entre tanto, en el perímetro, miles de efectivos iraquíes –milicianos chiíes y peshmergas kurdos– se han unido para lanzar un ataque reforzado por 5.000 soldados estadounidenses que están proporcionando no sólo consejos, también fuego de artillería y aéreo. Como es habitual, las Fuerzas Antiterroristas Iraquíes –sus Fuerzas de Operaciones Especiales– estarán en primera línea.

Al contrario de lo que Donald Trump se imagina, es sencillamente imposible mantener en secreto los preparativos de una batalla de esta magnitud. Hay motivos válidos para telegrafiar que se está iniciando una ofensiva: puede desmoralizar al enemigo, provocando que algunos de sus efectivos huyan, puede animar a los luchadores de la resistencia a que se alcen y es un aviso para que los civiles busquen refugio y no se conviertan en víctimas mortales. Pero los planes tácticos se han mantenido en secreto, como debe hacerse: el ISIS no sabía con exactitud cuándo o dónde iba a caer el ataque.

Mosul es un objetivo mucho mayor que las anteriores ciudades ocupadas por el ISIS, como Faluya o Ramadi, pero hay pocas dudas de que tarde o temprano los atacantes lograrán derrotar a los fanáticos de negro que dominan la ciudad desde junio de 2014. Esto lo celebrará como una gran victoria el primer ministro Abadi y el presidente Obama: ambos tienen un considerable incentivo político para declarar “misión cumplida” una vez que el ISIS haya perdido su último reducto iraquí.

Vale la pena recordar el discurso de misión cumplida que el presidente George W. Bush pronunció a bordo del portaaviones Abraham Lincoln el 1 de mayo de 2003, tras el derrocamiento de Sadam Husein, para no olvidar lo prematura que puede ser una declaración así. Lo cierto es que la parte más dura de la lucha no tendrá lugar durante la batalla de Mosul, sino después. Si el Gobierno iraquí no puede forjar una paz duradera que cubra las necesidades básicas de la minoría suní, cabrá esperar el surgimiento de otra organización terrorista –un ISIS 3.0– en el futuro.

No se trata de un riesgo teórico, dado que el propio ISIS es en realidad un Al Qaeda en Irak 2.0. Recordemos que, en 2010, Al Qaeda en Irak había sido cualquier cosa menos derrotada. Pero la Administración Obama retiró las tropas estadounidenses en 2011 y el entonces primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, libre de la vigilancia de EEUU, siguió una agenda sectaria chií. Y hete aquí que a los suníes no les gustó ser victimizados por un régimen respaldado por Irán y dieron la bienvenida a un ISIS que parecía ser el defensor de la comunidad suní.

Aunque Maliki ya no es primer ministro, sigue habiendo riesgo de que la historia se repita, por el poder del que siguen gozando Maliki y otros políticos chiíes en Irak, con la ayuda de Irán. Sulome Anderson, de Foreign Policy, escribió una impresionante crónica de una visita que hizo en septiembre a un pueblo del norte del país que había sido previamente liberado del ISIS. Bashir había sido liberado por los peshmergas kurdos, pero estos entregaron después la ciudad y su población turcomana a las milicias chiíes conocidas como Fuerzas de Movilización Popular (FMP).

Anderson evaluó los resultados:

La presencia de las FMP es inequívoca. La insignia amarilla, verde y negra de la Organización Badr, uno de los grupos más destacados de las FMP, ondea en muchos edificios. Es similar a la bandera de Hezbolá, la poderosa milicia libanesa, y los hombres de la Organización Badr tratan a su organización chií hermana con una mezcla de envidia y orgullo. Como ocurre con Hezbolá, la influencia de Irán en las FMP también está muy marcada en Bashir; hay carteles polvorientos de Ruholá Jomeini y Alí Jamenei  –el anterior y el actual líder supremo de Irán, respectivamente– dispersos por todo el pueblo.

Si ocurre algo de este tipo en Mosul y otras partes del Triángulo Suní, hervirá el descontento entre los suníes y estallará con violencia no demasiado tarde. La única manera de evitar ese calamitoso desenlace es a través del proceso político: Abadi y otros líderes chiíes deben cerrar acuerdos con el liderazgo suní para asegurar que su población obtiene su cuota de los beneficios del petróleo y no es sometida a detenciones, hostigamientos y limpieza étnica.

Es probable que la influencia iraní sea un gran escollo aquí: Teherán quiere por encima de todo un Bagdad obediente como parte de su creciente expansión imperial hasta el Levante. EEUU podría desempeñar un papel útil, como en 2011, contrarrestando la influencia iraní y actuando como intermediario honesto entre las distintas sectas. Pero para ello será necesario que el próximo presidente siga implicado en Irak, militar y diplomáticamente, como no hizo el presidente Obama entre 2011 y 2014.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio