Contextos

Crónica de una intervención anunciada

Por Rafael L. Bardají 

Netanyahu ovacionado por el Congreso USA
"A pesar del espectacular clima de atención, el primer ministro israelí no lo tenía fácil: primero debía dejar meridianamente claro que el acuerdo con Irán, a punto de cerrarse con la aquiescencia de la administración norteamericana, era un mal acuerdo, pero sin revelar ningún secreto ni denigrar al presidente Obama; en segundo lugar, tenía que ofrecer una alternativa viable a ese mal acuerdo, esto es, convencer de que entre un mal acuerdo y la guerra quedan muchas opciones intermedias; y, por último, dejar bien claro de que Israel no puede renunciar a decidir y actuar si su existencia se pone en peligro, pero sin dar la impresión de estar torpedeando un posible acuerdo diplomático""Los aplausos fueron continuos durante los 45 minutos que duró el discurso. Y creo que Netanyahu dejó bien claro que su motivación no era otra que exponer las consecuencias negativas del acuerdo que se está fraguando"

Corría ayer un chiste, bastante malo por cierto, por los pasillos de la Conferencia Política de AIPAC, el que ha sido durante años el principal lobby judío en Washington. Según el chiste, el primer ministro Netanyahu se estaría pensando cesar a su equipo de comunicación y sustituirlo por los asesores de Obama. Tanta expectativa habría creado la Casa Blanca ante su intervención en el Congreso norteamericano, que nadie de su círculo podía competir con la atención suscitada. Como el propio Netanyahu bromeó ante los 16 mil asistentes de AIPAC : “Nunca antes se había dicho tanto sobre un discurso que todavía no se ha pronunciado”.

Y la verdad es que la invitación del speaker (presidente) de la Cámara de Representantes no podría haber generado más polémica: para unos se trataba de un pulso de los republicanos al presidente estadounidense, empeñado en sacar adelante sus controvertidas políticas sociales incluso tras haber perdido la mayoría en las cámaras; para otros, se trataba de una burda maniobra electoral destinada a ofrecer una ventaja al primer ministro israelí ante unas más que reñidas elecciones generales, dos semanas antes de las mismas; para algunos, era la fría venganza de Netanyahu contra Obama, un presidente que desde bien pronto habría decidido abandonar a Israel en favor de sus enemigos; finalmente, para unos pocos, el acto de presencia en el Congreso no supondría ningún desafío, sino un acto de responsabilidad de quien tiene como tarea suprema garantizar la supervivencia del Estado judío.

Sea como fuere, y a pesar de la ausencia de algunos demócratas, nadie puede negar que el recibimiento de los representantes y senadores norteamericanos a Bibi fue simplemente espectacular: cinco minutos de cerrada ovación, gritos de apoyo y multitud de abrazos para recorrer los 30 metros desde la entrada hasta el estrado del hemiciclo. Seguramente en ninguna de sus dos apariciones anteriores Netanyahu pudo sentir tanto calor y apoyo. Congresistas y senadores llenaban los escaños; en la sección para la prensa reinaba una actividad frenética, y las tribunas de visitantes estaban abarrotadas de líderes de organizaciones judías. Dos invitados especiales a destacar: Eli Wiesel, superviviente del Holocausto en el campo de concentración de Buchenwald y premio Nobel de la paz en 1986 por su vida dedicada al “nunca jamás”, a evitar un nuevo exterminio antisemita; y el presidente español José María Aznar, por su continuada defensa de Israel como parte integral del mundo occidental. Ambos sentados en el privilegiado entorno de la familia del premier israelí.

A pesar del espectacular clima de atención, el primer ministro israelí no lo tenía fácil: primero debía dejar meridianamente claro que el acuerdo con Irán, a punto de cerrarse con la aquiescencia de la administración norteamericana, era un mal acuerdo, pero sin revelar ningún secreto ni denigrar al presidente Obama; en segundo lugar, tenía que ofrecer una alternativa viable a ese mal acuerdo, esto es, convencer de que entre un mal acuerdo y la guerra quedan muchas opciones intermedias; y, por último, dejar bien claro de que Israel no puede renunciar a decidir y actuar si su existencia se pone en peligro, pero sin dar la impresión de estar torpedeando un posible acuerdo diplomático.

Por eso, entre ovación y ovación (en mi vida me he levantado tanto a aplaudir en un discurso), Netanyahu explicó qué considera un mal acuerdo: esencialmente, uno que se centre más en lo producido (x toneladas de uranio enriquecido) y menos en la infraestructura industrial para enriquecer uranio. Igualmente, un mal acuerdo sería todo aquel que permitiera que Irán pudiera producir material fisible para una bomba en menos de un año. Y su problema es que, precisamente, eso es lo que conlleva el acuerdo en los términos en que se está pactando: no desmantelamiento significativo de las centrifugadoras, y libertad para que Irán retome su programa una vez que expiren los 10 años del acuerdo.

A continuación, Netanyahu recordó la naturaleza del régimen de Teherán; sus agresiones contra sus vecinos; el apoyo sistemático al terrorismo, desde Argentina al Líbano, pasando por Washington DC, así como el engaño continuado en sus tácticas diplomáticas.

Tengo que confesar que, hasta ese momento, el discurso se movió sobre terrenos bien conocidos. Lo único novedoso, si acaso, era certificar que lo que se está cocinando con Irán es tan malo como se rumoreaba. No es lo mismo que lo diga el Weekly Standard a que lo diga el máximo dignatario de Israel.

Netanyahu pasó después a defender su alternativa: mantener la presión y las sanciones sobre Irán hasta que su comportamiento sea el de un país normal. Y en su opinión no se puede normalizar nada con un agresor, con un régimen islamista revolucionario y con unos dirigentes que llaman abiertamente a la aniquilación de Israel, incluso a través de sus cuentas de Twitter, como la del líder supremo, @Khamenei_ir .

Finalmente, el primer ministro hizo un llamamiento muy emotivo a la obligación moral del pueblo estadounidense y sus representantes de impedir que se materialice una nueva amenaza existencial contra el pueblo judío. Netanyahu es muy consciente de que el Congreso tiene la llave del régimen de sanciones contra Irán, y de ahí su esfuerzo en defender dichas sanciones mientras Irán no pierda la capacidad de retomar su programa nuclear.

Los aplausos fueron continuos durante los 45 minutos que duró el discurso. Y creo que Netanyahu dejó bien claro que su motivación no era otra que exponer las consecuencias negativas del acuerdo que se está fraguando. Al fin y al cabo, como él mismo dijo, posiblemente no haya otra nación más interesada que Israel en los términos de este acuerdo y en que genere una alternativa satisfactoria que garantice la paz.

Donde estuvo menos claro fue en la parte relativa a lo que nos espera en las próximas semanas: ¿qué pasará si finalmente lo que se firma es el mal acuerdo que ha descrito y que rechaza? Pero eso, aunque no quede muy lejos, todavía está por venir y, ¿quién sabe? Puede que al final sean los propios iraníes quien echen todo por la borda y dejen a Obama en ridículo.

De momento, lo que tocaba era aplaudir y navegar los endiablados pasillos del Congreso estadounidense.