Contextos

¿Crees en la democracia israelí? ¡Pues no la sabotees!

Por Jonathan S. Tobin 

Bandera de Israel.
"Netanyahu tiene su parte de culpa en los problemas que padece Israel. Pero si hay un verdadero enemigo de la democracia en el Estado judío, no es él. Sino aquellos de entre sus rivales que tratan de que una judicatura descontrolada y Gobiernos extranjeros invaliden el veredicto de los votantes israelíes"

Los críticos de Israel hablan mucho de las amenazas que se ciernen sobre su democracia. Cuando lo hacen, suelen hacerlo en referencia al primer ministro Netanyahu y sus seguidores, generalmente condenados en los medios internacionales como autoritarios en ciernes irrespetuosos del imperio de la ley.

Netanyahu tiene su parte de culpa en los problemas que padece Israel. Pero si hay un verdadero enemigo de la democracia en el Estado judío, no es él. Sino aquellos de entre sus rivales que tratan de que una judicatura descontrolada y Gobiernos extranjeros invaliden el veredicto de los votantes israelíes.

Así ha quedado de manifiesto esta semana cuando detractores izquierdistas de Netanyahu solicitaron a la Corte Suprema de Justicia que invalidara la coalición de gobierno forjada por aquél con su excompetidor Benny Gantz, líder del partido Azul y Blanco. Los demandantes sostienen que la Corte debería intervenir en el proceso y declarar que alguien que tiene causas penales abiertas –es el caso de Netanyahu– habría de ser declarado inelegible para el cargo de primer ministro.

Con independencia de si Netanyahu debería haber dimitido cuando fue imputado –y dejando igualmente al margen su derecho a ser considerado inocente hasta que se demuestre lo contrario–, no hay ley alguna que le forzara a ello. Así que, de acuerdo con la legislación israelí, puede permanecer en el cargo mientras se le somete a juicio; y seguir en él incluso si resultara condenado, hasta que su última apelación le fuera denegada.

Esperemos que no se llegue a ese punto. Sin embargo, como la discusión entre los magistrados y los abogados de las partes reveló en el primer día de debates, no hay fundamento legal para que la Corte declare que la voluntad de la mayoría de la Knéset –la coalición armada por Netanyahu y Gantz tendrá el apoyo de más de 70 de los 120 miembros del Parlamento– tiene que ser no sólo ignorada sino suprimida en nombre de una indefinida noción del buen gobierno que no tiene base legal.

La presidenta de la Corte, Esther Hayut, lo dejó claro cuando urgió a los abogados que demandan que se dicte que Netanyahu no puede ser primer ministro a que le dieran una buena razón para ello:

¡Muéstrennos algo! ¿Una ley? ¿Una sentencia? ¿Un precedente local o internacional? ¡Algo! A fin de cuentas, ¿[nos están pidiendo que sentemos] un precedente global? ¿Lo que quieren es que nos pronunciemos sin la menor base, simplemente en función de sus opiniones personales?

Qué buen resumen de la cuestión. Pero que la Corte se haya siquiera dignado a considerar un caso tan deleznable, en vez de desestimarlo directamente, y que haya israelíes que piensen que pueden actuar así es culpa de los propios magistrados, completamente. Porque eso es precisamente lo que han hecho en otros casos, en los que han intervenido única y exclusivamente al amparo de sus opiniones personales.

He aquí el legado del expresidente de la Corte Aharón Barak, que durante su mandato (1995-2006) se valió de su muy poderosa posición para expandir descomunalmente el alcance de la Corte.

En EEUU hablamos a menudo de las miserias del activismo judicial, y se acusa a jueces tanto progresistas como conservadores de proceder de manera sectaria. Pero aun los peores ejemplos norteamericanos palidecen ante la arrogancia de Barak, que declaró que su Corte podía intervenir en prácticamente cualquier asunto, ignorando incluso que en muchas ocasiones no había leyes cuyo cumplimiento hubiera que garantizar.

El legado de Barak es un asunto de gran importancia que divide sobremanera a los israelíes, de hecho la derecha quiere que se reforme una judicatura esencialmente impune. Los rivales izquierdistas de Netanyahu dicen que el empeño de éste es esencialmente antidemocrático y de naturaleza autoritaria. En cuanto al líder del Likud y sus fieles, se muestran suspicaces para con la Justicia movidos por la idea de que los cargos de corrupción que pesan sobre el primer ministro no tienen fundamento, lo cual no niega el hecho de que sus críticas tienen sustancia. Que la Corte parezca haber comprendido por fin que tiene que haber límites a su poder –como evidencia su reluctancia a intervenir contra Netanyahu pese a su reciente e injustificada decisión sobre cómo debe la Knéset elegir a su presidente– es una prueba de que las críticas han dado en la diana.

Muchos de los que han venido jaleando la disposición de la Corte a usurpar las competencias de la Knéset han igualmente urgido a Gobiernos extranjeros a que deshagan la voluntad del pueblo israelí expresada en las urnas.

Durante décadas, quienes creen que Israel no concede el suficiente acomodo a las ambiciones territoriales palestinas han pedido a EEUU que fuerce al Estado judío a acceder a tales demandas. Numerosos judíos israelíes piensan que es no sólo su derecho sino su deber hacer lobby en Washington para “salvar a Israel de sí mismo” y utilizar a tal fin cualquier elemento de presión, incluso la retención de la ayuda americana, para forzar a Jerusalén a claudicar.

De hecho, son muchos los que confían en que, siguiendo los pasos de su exjefe, el presidente Obama, el ex vicepresidente Joe Biden no sólo agrande la brecha entre ambos países, sino que revierta el apoyo de la Administración Trump a las posiciones israelíes sobre Jerusalén, los Altos del Golán y los asentamientos de la Margen Occidental. Con independencia de lo acertado de esas posiciones, la cuestión aquí es que Trump trata la voluntad de los votantes israelíes con más respeto de lo que lo ha hecho cualquier otro presidente de EEUU.

Los críticos de Netanyahu no están empeñados en reforzar la democracia israelí, sino en ignorarla. Aunque la izquierda israelí se ha visto reducida a una sombra de lo que fue en una Knéset donde en tiempos fue hegemónica, aún confía en que Biden le conceda la victoria que le ha negado el pueblo israelí.

Los norteamericanos que dicen preocuparse por Israel tienen derecho a expresar su parecer sobre las políticas que adopta, pero no para proclamar que están defendiendo la democracia, cuando en realidad lo que están haciendo es invalidarla. Israel tiene muchos problemas, y hay muchas críticas perfectamente legítimas que hacer a su nuevo Gobierno. Pero la única amenaza que pesa sobre su democracia proviene de quienes con gran falsedad dicen estar defendiéndola.

© Versión original (en inglés): JNS
© Versión en español: Revista El Medio