Contextos

Cosas que tenemos que dejar de oír sobre la 'intifada de los apuñalamientos'

Por Bernard-Henri Lévy 

intifada de los cuchillos
"Todo lo que sabemos de los nuevos terroristas, de sus motivos y del orgullo de sus parientes al convertir 'post mortem' el crimen en martirio y la infamia en sacrificio los acerca mucho más a la imagen del yihadista-robot que ayer acudía a Cachemira y hoy aparece en Siria o Irak""Es inadmisible e inaplicable el cliché del 'ciclo o espiral de violencia', que, al equiparar a los asesinos suicidas y a sus víctimas, siembra la confusión y equivale a un llamamiento a seguir por ese camino""Estamos al borde de una forma de barbarie que debe ser denunciada incondicionalmente si no queremos ver cómo sus métodos son exportados a todas partes"

Resulta doloroso tener que oír la expresión lobos solitarios aplicada al puñado –puede que mañana sean decenas y luego centenares– de asesinos de judíos que reciben los me gusta de miles de amigos, son seguidos por decenas de miles de tuiteros y están conectados a toda una galaxia de sites de internet (como el de Al Aqsa Media Center, con su página dedicada a la tercera intifada de Jerusalén) que están orquestando, al menos en parte, esta danza macabra.

Igual de doloroso es escuchar el estribillo sobre los “jóvenes palestinos que están fuera de todo tipo de control” tras ver la serie de sermones publicada por el Middle East Media Research Institute, en los que predicadores de Gaza instan ante las cámaras a sus seguidores, puñal en ristre, a salir a la calle a herir a cuantos judíos puedan, a causar el mayor daño posible y a derramar el máximo de sangre; y es doblemente doloroso escuchar esa cantinela de labios del propio Mahmud Abás, que hace unas semanas, al inicio de esta trágica serie de acontecimientos, calificaba de “heroico” el asesinato del matrimonio Henkin delante de sus hijos, y acto seguido manifestaba su indignación al ver los “sucios pies” de los judíos “profanando” la mezquita de Al Aqsa y declaraba pura “cada gota de sangre” derramada por “todo mártir” que muera por Jerusalén.

No sólo dolorosa e intolerable, sino inaplicable, es la manida frase sobre la “desesperación política y social” que se emplea para explicar –o disculpar– actos criminales. Todo lo que sabemos de los nuevos terroristas, de sus motivos y del orgullo de sus parientes al convertir post mortem el crimen en martirio y la infamia en sacrificio los acerca, ay, mucho más a la imagen del yihadista-robot que ayer acudía a Cachemira y hoy aparece en Siria o Irak.

Es altamente dudoso que intifada sea el término correcto para referirse a actos que más bien parecen la última entrega de una yihad mundial en la que Israel no es más que una de las fases.

Resulta dudoso que las eruditas disquisiciones sobre la ocupación, la colonización y la intransigencia de Netanyahu expliquen una oleada de violencia en la que uno de los objetivos preferidos son los judíos con tirabuzones; es decir, los más evidentemente judíos, considerados arquetipos por sus asesinos, y que, por cierto, a menudo están enfrentados con el Estado judío, cuando no en abierta secesión del mismo.

Es dudoso que la cuestión misma del Estado, la de los dos Estados y, por tanto, la de una partición negociada del territorio (que, para los moderados de ambos bandos, es la única cuestión válida) tenga nada que ver con una conflagración en la que la política ha dado paso al fanatismo y a vastas teorías de la conspiración; un conflicto en el que alguien decide apuñalar al azar al primero que se cruce con él debido simplemente a vagos rumores sobre un plan secreto para negar el acceso de los musulmanes al tercer lugar más sagrado para su religión.

En otras palabras: resulta dudoso que se esté ayudando a la causa palestina con este giro radical. Por otra parte, es absolutamente cierto que dicha causa lleva todas las de perder con ello, que las mentes más razonables del movimiento serán las que acaben arrolladas por esta oleada y que los últimos defensores del compromiso, así como lo que queda del bando israelí favorable a la paz, pagarán un alto precio por las insensatas condenas de los imanes de Rafah y Jan Yunis.

También es inadmisible e inaplicable el cliché del ciclo o espiral de violencia, que, al equiparar a los asesinos suicidas y a sus víctimas, siembra la confusión y equivale a un llamamiento a seguir por ese camino.

Por eso mismo resultan inadmisibles los retóricos llamamientos a la “contención” y las insinceras peticiones de “no agitar las calles”, que, como sucede con la espiral de violencia, invierten el orden de causalidad sugiriendo que un soldado, policía o civil que actúa en defensa propia ha cometido un delito igual al de quien decide morir tras sembrar todo el terror que pueda.

Sí, resulta extraño lo tibio de las condenas a los apuñalamientos de transeúntes inocentes y a los atropellos en paradas de autobús; condenas que, debo suponer, serían menos apáticas si los hechos hubieran sucedido en las calles de Washington, París o Londres.

Más que extraña, inquietante, resulta la diferencia en el tono entre las ambiguas reacciones a los recientes asesinatos y las nada ambiguas emociones y solidaridades internacionales suscitadas por el fatal ataque con un hacha contra un soldado perpetrado en una calle de Londres el 22 de mayo de 2013; un escenario no muy diferente de los que hoy vemos en Jerusalén o Tel Aviv.

Intolerable, también, es que la mayoría de los grandes medios hayan prestado a las familias israelíes que lloran sus pérdidas tan solo una fracción de la atención dedicada a las familias de los criminales.

Y, por último, resulta intolerable la pseudomitología que está surgiendo en torno a esta historia de los puñales: ¿el arma de los pobres? ¿De verdad? ¿El arma que uno usa porque la tiene a mano y carece de otra? Cuando veo esos cuchillos pienso en el que usaron para ejecutar a Daniel Pearl; pienso en las decapitaciones de Hervé Gourdel, James Foley y David Haines; pienso que está claro que los vídeos del Estado Islámico han conquistado una audiencia, y que estamos al borde de una forma de barbarie que debe ser denunciada incondicionalmente si no queremos ver cómo sus métodos son exportados a todas partes. Y quiero decir a todas.

© Versión original (en inglés): The Algemeiner
© Versión en español: Revista El Medio