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Claves de las relaciones Venezuela-Irán

Por Emili J. Blasco 

Bandera de Irán.
"El analista Douglas Farah cifró en tres los objetivos de las relaciones Irán-ALBA: uno, crear mecanismos que permitieran a Irán reducir el impacto de las sanciones internacionales; dos, ayudar a las ambiciones nucleares de Irán y facilitar el potencial movimiento de componentes de armas de destrucción masiva, incluyendo tecnología de doble uso; y tres, colocar personal y redes a lo largo de Latinoamérica tanto para ayudar a extender la visión revolucionaria de Irán como para llevar a cabo ataques contra objetivos de Estados Unidos e Israel, particularmente en represalia si hubiera un ataque a sus instalaciones nucleares"

Lo que avant la lettre era un riesgo cierto para Estados Unidos –la aspiración de Irán a una presencia económica fuerte y una influencia política directa en el patio trasero gringo– fue degenerando en chapuza. Dejando aparte las cuestiones estrictas de seguridad, vinculadas especialmente con una Hezbolá potenciada por su mayor acceso al narcotráfico y sobre las que Washington hacía bien en estar atento, los acuerdos de cooperación comercial y productiva entre Irán y sus socios hispanos no llegaban muy lejos. Diríase que esa tampoco era la prioridad de ninguna de las dos partes. El objetivo de Teherán era salir del aislamiento al que le sometían las sanciones, presentándose en alianza política con otras naciones y sorteando las barreras económicas y financieras impuestas por Naciones Unidas. El maridaje con el ALBA permitió a Irán algo de lo primero y desde luego lo segundo. Si algo hay que reconocer a Ahmadineyad y Chávez en su pacto de sangre fue su capacidad para tejer una estructura empresarial y bancaria que facilitó movimientos financieros opacos, destinados a destensar la cuerda sancionadora que apretaba el cuello iraní.

Eso lo ponía por escrito un documento interno elaborado durante el cruce de visitas que ambos mandatarios se hicieron en 2009: Chávez fue en septiembre a Teherán; Ahmadineyad acudió a Caracas en noviembre. Forma parte de una serie de minutas de reuniones entre ambos países que alguien sacó del entorno presidencial y aquí se detallan. «Las sanciones han generado dificultades al Gobierno y a las empresas iraníes para obtener divisas», reconocía el particular documento, por lo que era «imperativo crear mecanismos creativos dentro de las relaciones de cooperación bilateral para mitigar el efecto de las sanciones y optimizar los flujos financieros». Que al final tantos proyectos presentados con bombo y platillo quedaran a medias probablemente no era una grave preocupación para sus máximos promotores, pues la tapadera cumplía sus funciones.

Como expuso Douglas Farah, investigador del Center for Strategic and International Studies, ante la Comisión de Interior de la Cámara de Representantes, era

un error pensar que esos acuerdos económicos fueron pensados alguna vez para ser completados. Más bien, fueron diseñados para permitir a las naciones del ALBA e Irán llevar a cabo transacciones de beneficio mutuo de Estado a Estado, incluyendo tráfico de sustancias ilícitas, adquisición y transporte de importantes recursos minerales y tecnología de doble uso, y el frecuente movimiento de personas.

Farah cifró en tres los objetivos de esas relaciones: uno, crear mecanismos que permitieran a Irán reducir el impacto de las sanciones internacionales; dos, ayudar a las ambiciones nucleares de Irán y facilitar el potencial movimiento de componentes de armas de destrucción masiva, incluyendo tecnología de doble uso; y tres, colocar personal y redes a lo largo de Latinoamérica tanto para ayudar a extender la visión revolucionaria de Irán como para llevar a cabo ataques contra objetivos de Estados Unidos e Israel, particularmente en represalia si hubiera un ataque a sus instalaciones nucleares.

Durante tiempo, una hipotética instalación de misiles de medio o incluso largo alcance en Venezuela atrajo el interés de centrales de inteligencia de países occidentales. En mayo de 2011, el diario alemán Die Welt sugirió la posibilidad, aparentemente a partir de lo que conocía la inteligencia germana, de que se hubieran emprendido ya algunos pasos en esa dirección en la península de Paraguaná. Una visita hecha allí meses antes por ingenieros de la Guardia Revolucionaria iraní había generado las primeras conjeturas. Desde el saliente de Paraguaná, la punta más septentrional de Venezuela, los misiles no podrían alcanzar Florida, pero al menos tendrían capacidad de amenazar el tráfico a través del Canal de Panamá.

Nadie creía que Chávez fuera tan loco de retar de forma tan directa a Washington, haciendo un equivocado cálculo de riesgos. En un contexto de confrontación entre Irán y Estados Unidos, sin embargo, no era absurdo imaginar que tal vez los iraníes hubieran elucubrado, como mero ejercicio teórico, sobre una reedición de la Crisis de los Misiles de 1962, cuando la URSS puso en jaque a su archienemigo implantando capacidad nuclear en Cuba. ¿Y si Irán, en otra guerra fría, utilizaba de nuevo la plataforma del Caribe para disuadir a Estados Unidos de cualquier posible agresión militar a su soberanía? Eso era congruente con la advertencia lanzada públicamente en marzo de 2012 por Masud Jazayeri, general de la Guardia Revolucionaria y subjefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de su país. Jazayeri aseguraba que cualquier ataque estadounidense contra territorio iraní tendría represalias, y no solo en Oriente Medio. «Ningún lugar en Estados Unidos estaría seguro», advirtió.

Afortunadamente, el mundo se ahorró verse arrastrado a otra crisis de misiles. El Gobierno chavista llegó a tratar con el de Irán sobre la posibilidad de desarrollar un sistema de misiles de medio alcance, según confirma Rafael Isea. Como ministro de Finanzas y estrecho colaborador de Chávez en los años en los que se determinó el calibre de las relaciones que se estaban intensificando con Ahmadineyad, Isea conoció de esas conversaciones relativas a misiles, pero asegura que nunca dieron lugar a una negociación creíble.

NOTA: Este texto está tomado del libro de Emili J. Blasco Bumerán Chávez. Los fraudes que llevaron al colapso de Venezuela