Contextos

Cisnes negros, icebergs y Bengasi

Por Clifford D. May 

Ruinas de la legación norteamericana en Bengasi.
"En mayo se cumplieron dos años de la muerte de Osama ben Laden, ordenada por el presidente Obama. Una muy buena cosa. Poco después, sofisticados analistas declaraban que no se trataba sólo una batalla ganada: era el fin de una guerra""Tanto la Administración Obama como previamente la de Bush han evitado muy a menudo aludir a esas ideologías de forma precisa, por ejemplo el yihadismo, el islamismo o el islam político""Un tal capitán E. J. Smith escribía en 1907 sobre la seguridad de los viajes transoceánicos modernos: 'Jamás vi un naufragio, jamás sufrí uno, ni estuve en situación alguna que amenazara con acabar siendo un desastre de cualquier clase'. El 10 de abril de 1912, el capitán Smith tomaba el mando del 'RMS Titanic'"

“A los seres humanos se les da muy bien engañarse a sí mismos”, ha observado el polifacético Nassim Nicholas Taleb. Espero que esté de acuerdo en que los humanos que forman la comunidad de la política exterior no son una excepción.

En mayo se cumplieron dos años de la muerte de Osama ben Laden, ordenada por el presidente Obama. Una muy buena cosa. Poco después, sofisticados analistas declaraban que no se trataba sólo una batalla ganada: era el fin de una guerra.

Si Ben Laden estaba muerto, afirmaban, el rigor mortis también debía afectar a Al Qaeda. Y la ideología supremacista y totalitaria para cuya promoción fue creada ya no podía seguir suponiendo una grave amenaza, por no mencionar la de los los gobernantes de Irán, tan parecida. Y cuando digo “por no mencionar” lo hago en términos literales: tanto la Administración Obama como previamente la de Bush han evitado muy a menudo aludir a esas ideologías de forma precisa, por ejemplo el yihadismo, el islamismo o el islam político. En vez de eso, se ha preferido emplear el eufemismo “extremismo violento”, sobre la base de la peculiar creencia de que cualquier referencia al islam, por muy atenuada que fuera, ofendería y, quizá, radicalizaría a los musulmanes de todo el mundo.

Entre quienes, de forma más destacada, escribieron y pronunciaron conferencias sobre la “derrota” de Al Qaeda se encontraban el teniente coronel retirado Thomas Lynch, un distinguido investigador de la National Defense University, y Peter Bergen, uno de los directores de la New America Foundation, analista de seguridad nacional para la CNN y autor de la primera entrevista televisiva a Osama ben Laden, emitida en 1997.

“Le he dedicado veinte años de mi vida [a este problema]”, declaró Bergen durante un debate en la New America Foundation, copatrocinado por la Fundación para la Defensa de las Democracias (FDD), el think tank que dirijo. “Me siento como un sovietólogo en 1989, y esa es una buena sensación”.

No cuento esto para desacreditar a Bergen, a Lynch y a otras personas inteligentes cuyos audaces análisis resultaron, desgraciadamente, ser erróneos. Lo que quiero poner de manifiesto es que las ideas importan: dadle una brújula rota a un hombre en medio de la jungla y lo más probable es que acabe perdido, si no termina en las fauces de un cocodrilo.

Eso me lleva a Bengasi y al asesinato del embajador J. Christopher Stevens y de otros tres americanos el 11 de septiembre de 2012. Muchos de los comentarios vertidos se han centrado en la descripción del ataque, por parte del Departamento de Estado, como “una respuesta a material incendiario colgado en internet” por alguien que trataba de “denigrar las creencias religiosas de otros”, en alusión a un vídeo realizado en California por un cristiano egipcio en el que se satirizaba al islam de forma patética.

Ahora sabemos lo que ocurrió realmente: sedicentes yihadistas vinculados a Al Qaeda planearon y ejecutaron un ataque en el aniversario de los que Al Qaeda llevó a cabo contra las capitales económica y política de Estados Unidos en 2001. Ahora sabemos que el Departamento de Estado, la CIA y el Ejército estaban mal preparados antes del ataque, que no hicieron nada útil durante el mismo y que más tarde contribuyeron a tergiversar los hechos.

Esto ha dado lugar a que se sospeche que el presidente Obama, que estaba en la recta final de su campaña de reelección, y la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que tomaba posiciones para su propia campaña en 2016, sabían la verdad pero prefirieron no decirla. He aquí una teoría de la conspiración.

Pero ¿no sería posible también que Obama, Clinton y otros altos cargos en realidad adoptaran la tesis de “Al Qaeda está muerta”, propuesta por Lynch, Bergen y otros? El hecho de que esa teoría coincidiera con sus intereses sólo la habría hecho más convincente para ellos. Hay motivos por los que “a los seres humanos se les da muy bien engañarse a sí mismos”.

En su superventas El cisne negro, Taleb trata de explicar “todo lo que sabemos sobre lo que no sabemos”, con especial énfasis en el impacto de lo inesperado (por ejemplo, los cisnes negros). Sospecho que diría que quienes informaron prematuramente de la muerte de Al Qaeda confundieron “ausencia de pruebas” con “pruebas de la ausencia”. Llevábamos varios años sin sufrir un ataque de la magnitud del 11-S. Así las cosas, teorizaron, ni Al Qaeda ni otros yihadistas volverían jamás a ser capaces de llevar a cabo un ataque semejante, y atentados menos letales no deben causar gran preocupación.

Taleb cita a un tal capitán E. J. Smith, que escribía en 1907 sobre la seguridad de los viajes transoceánicos modernos: “Jamás vi un naufragio, jamás sufrí uno, ni estuve en situación alguna que amenazara con acabar siendo un desastre de cualquier clase”. El 10 de abril de 1912, el capitán Smith tomaba el mando del RMS Titanic.

Hay una larga lista de conceptos que conforman –y distorsionan– nuestra manera de pensar, de analizar y de llegar a conclusiones. Taleb explica que quienes se engañan a sí mismos con historias simples que satisfacen el deseo de seguir patrones fácilmente comprensibles se dejan llevar por “la falacia de la narrativa”. “El empirismo ingenuo”, dice, es la “tendencia natural a buscar ejemplos que confirman nuestra historia y nuestra concepción del mundo: casi siempre son fáciles de encontrar”. Muy ligado a esto está el “prejuicio de la confirmación”, el hábito de centrarse en las pruebas que apoyan ideas preconcebidas mientras se ignoran las que las cuestionan. Piensen en la gente que conocen y que sólo presta atención a los medios que refuerzan sus prejuicios, por ejemplo la NPR (National Public Radio) y la MSNBC para los progresistas, Rush Limbaugh y la Fox en horario de máxima audiencia para los conservadores.

La “persistencia de la creencia” es la tendencia a no cambiar de opinión incluso a la luz de pruebas convincentes que la contradicen, mientras que la “defensa de la creencia” consiste en persistir en conclusiones incorrectas para “proteger la autoestima”. Taleb argumenta que mucha gente, quizá la mayoría, “trata a las ideas como posesiones”, y le resulta difícil abandonarlas.

Lo fundamental es lo siguiente: a cualquiera (sobre todo a los expertos) le resulta más difícil de lo que parece predecir el futuro, porque las variables que más influyen en él casi siempre son desconocidas. También sabemos menos del pasado de lo que creemos; y menos aún de las causas y motivaciones que en realidad han conformado el presente.

Todo esto no sirve en modo alguno de excusa para los políticos que no son capaces de elaborar planes para una serie de contingencias, sean éstas icebergs en el Atlántico Norte o yihadistas que atentan en Libia en el aniversario del 11 de septiembre de 2001.

Foundation for Defense of Democracies