Contextos

Ciegos respecto a Teherán

Por Michael Young 

Barack Obama y Hasán Ruhaní.
"El Estado Islámico no es, ni mucho menos, una amenaza estratégica para Irán; al contrario: al centrar la atención de Occidente en el problema terrorista, distrae a los Gobiernos occidentales del gran proyecto iraní en Oriente Medio""Irán se ha beneficiado de los errores de la Administración Bush –concretamente de su mala gestión de la posguerra iraquí–, pero, sobre todo, se ha visto favorecido por el desentendimiento de la Administración Obama respecto a Oriente Medio"

En Washington ha abundado el debate partisano respecto a los esfuerzos de la Administración Obama por alcanzar un acuerdo nuclear con Irán. Sin embargo, la semana pasada se planteó una nueva cuestión en artículos y comentarios de prensa: cómo las acciones de milicias chiíes proiraníes en Irak están perjudicando la campaña para derrotar al Estado Islámico.

En una columna para el Washington Post, David Ignatius se hacía eco de este punto de vista, señalando que los suníes iraquíes se mostraban remisos a cooperar con el Gobierno del primer ministro Haidar al Abadi porque éste había permitido que milicias chiíes actuasen en la provincia de Anbar, de mayoría suní.

En esa lectura quedaba implícita la idea de que, como Estados Unidos e Irán tienen un interés común en combatir al Estado Islámico, para las milicias proiraníes no tiene sentido actuar de forma que perjudiquen el propósito de concentrar a los suníes que se oponen al EI en contra del grupo terrorista.

Como reflejo de este ambiente, en diciembre el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, describía los ataques iraníes contra el EI de esta forma: “El efecto neto es positivo”.

El general Martin Dempsey, jefe de la Junta del Estado Mayor, señalaba además:

Mientras el Gobierno iraquí siga comprometido con incluir a los diversos grupos existentes [en Irak], creo que la influencia iraní será positiva.

Al margen de la salvedad de Dempsey respecto a la inclusión, ambas afirmaciones demuestran una limitada comprensión de la estrategia iraní en Oriente Medio, o de cómo ésta sólo hace más probable que surjan y sobrevivan grupos como el Estado Islámico.

Lo cierto es que, en la última década, Irán ha tratado activamente de fragmentar al mundo árabe. Ya en un principio animaron a sus aliados chiíes iraquíes a que implantaran un programa sectario y divisivo, que alienara a los suníes e hiciera imposible reconstruir un Irak unificado bajo un Gobierno nacional central.

En Siria, los iraníes han ayudado a que Bashar al Asad conservara el control de parte del territorio sirio (concretamente, el de Damasco, las zonas costeras y las vías de comunicación entre ambas), mientras que permitían que amplias franjas de territorio de mayoría suní quedaran fuera del control del régimen. Esta partición efectiva de Siria puede ser consecuencia de una interpretación realista de las limitaciones de Asad, pero ya desde un principio el régimen y los iraníes pretendieron también que fuera permanente. Se dedicaron a una limpieza sectaria, expulsando a gran número de suníes de sus zonas.

En el frente palestino el régimen también ha jugado con la división en las filas palestinas, aprovechando las diferencias entre Fatah y Hamás. La habilidad de Teherán para aprovechar las contradicciones del mundo árabe, una política seguida también en el Líbano y en Yemen, hace tiempo que es una característica habitual de la actividad iraní en Oriente Medio.

¿A qué se debe esto? Simple y llanamente, a que un mundo árabe profundamente dividido, fragmentado en entidades sectarias y debilitado es terreno abonado para que Irán imponga su hegemonía regional. En semejante contexto pueden comprenderse mejor los recientes esfuerzos de Teherán por abrir nuevos frentes contra Israel. En la concepción general iraní, el único rival regional serio que tiene es un Israel con armas nucleares.

Turquía también supone un problema potencial, pero los esfuerzos de Recep Tayyip Erdogan por transformar su país en una potencia mesooriental han fracasado. Además, al permitir cierta cooperación turca con el EI, Erdogan ha minado la credibilidad internacional de su país, incluso mientras su empeño por expulsar a Asad se ha vuelto menos prioritario debido a la rápida evolución de la dinámica regional.

Los iraníes están más que dispuestos a permitir que Estados Unidos y países árabes bombardeen al Estado Islámico, pues el grupo supone para ellos un elemento irritante al interferir en líneas de suministro esenciales entre Irak y Siria. Pero el EI no es, ni mucho menos, una amenaza estratégica para Irán; al contrario: al centrar la atención de Occidente en el problema terrorista, distrae a los Gobiernos occidentales del gran proyecto iraní en Oriente Medio.

Resulta irónico que en países como Irak, Yemen y el Líbano, la interacción estadounidense con sus respectivos Gobiernos o fuerzas políticas sea ahora filtrada por Irán o sus aliados locales. Hasta los kurdos de Irak, proamericanos, se cuidan de no interferir con Irán al tomar decisiones. El éxito de los kurdos iraquíes ha sido su capacidad de enfrentar a Washington y Teherán sin dar pasos que pudieran despertar la hostilidad de ninguno de ambos bandos; por ejemplo, avanzando hacia la independencia.

Pero aunque Irán recele de la independencia kurda porque ésta podría darle ideas a sus propios kurdos, ello no se debe a que quiera preservar la unidad de los países árabes, ni mucho menos. Por ejemplo, en la rica provincia petrolífera iraquí de Basora existe un creciente movimiento en pro de la autonomía conforme aumenta el disgusto con Bagdad por tener descuidada a la provincia. El sur es mayoritariamente chií, pero ello no ha evitado que se anhele aumentar el margen de autogobierno respecto al Gobierno central, dominado por los chiíes.

Irán, que tiene gran influencia en la región de Basora, al parecer no ha tratado de coartar esos sentimientos, que no hacen sino favorecer su plan de “divide y controlarás” en la región.

Pero Irán también se está asegurando de que, conforme los Gobiernos van perdiendo el control de amplias zonas debido a la fragmentación de los Estados Árabes, éstos se vuelvan más vulnerables a elementos no estatales, como el Estado Islámico. En otras palabras: la estrategia estadounidense de forjar consensos para reforzar las instituciones de gobierno y evitar que surjan vacíos en la región es justamente la que Irán está debilitando de manera sistemática.

Irán se ha beneficiado de los errores de la Administración Bush –concretamente de su mala gestión de la posguerra iraquí–, pero, sobre todo, se ha visto favorecido por el desentendimiento de la Administración Obama respecto a Oriente Medio. Mientras que la primera creó una oportunidad para que Teherán entrara en Irak e iniciara su manipulación sectaria para sus propios fines, la segunda trazó una autopista para que la República Islámica pudiera perseguir sus ambiciones a largo plazo.

La Administración Obama debería recordarlo cuando defienda que Estados Unidos e Irán obtienen un beneficio común colaborando contra el Estado Islámico. El hecho es que el EI es una consecuencia directa de las políticas iraníes en Irak y Siria; unas políticas que sigue aplicando. Los norteamericanos están sordos, pero no tienen por qué estar mudos y ciegos.

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