Contextos

Catar, Al Yazira y la influencia en el mundo islámico

Por Ricardo Ruiz de la Serna 

Bandera de Qatar.
"Todos los Estados tratan de participar directa o indirectamente en la conversación global a través de cadenas de televisión que promuevan sus agendas y puntos de vista. Sería ingenuo pensar otra cosa. También lo sería creer que, en el fondo, esto es otra cosa que una lucha de poder entre Estados"

La crisis entre el emirato de Catar y varios países islámicos, entre los que destacan Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Egipto, ha tenido como uno de sus puntos más polémicos el papel de Al Yazira. Desde que la cadena comenzase sus emisiones internacionales desde Doha (1996), ha transformado el mundo islámico y extendido la influencia catarí por todo el planeta.

Este soft power televisivo forma parte de los esfuerzos que Catar viene desarrollando desde hace más de veinte años para convertirse en una potencia regional no por la fuerza de las armas, sino por la persuasión, la economía y las relaciones diplomáticas. El referido canal tiene una audiencia de más de 270 millones de personas, dispone de 80 oficinas en todo el mundo y goza de un prestigio incomparable en el panorama árabe. Ha destacado especialmente por su cobertura sobre Osama ben Laden y las actividades de Al Qaeda. Al Yazira presume de una independencia poco frecuente en los países islámicos.

Catar ha invocado precisamente esa independencia frente a las quejas de otros Estados por la cobertura que hace de los mensajes de los líderes de Al Qaeda o su línea editorial crítica con las autocracias del mundo árabe. Por supuesto, en la crítica no incluye a la casa real catarí. Esto no debería sorprendernos –el accionariado sigue controlado por Doha–, pero sí debe llevarnos a una cautela: Al Yazira forma parte del sistema de influencia internacional de Catar. Por lo tanto, tiene una agenda. Esto no significa que sea un instrumento de propaganda como Al Manar, la TV de Hezbolá. Ciertamente, la cadena ha mostrado capacidad para abrir y alimentar debates críticos y necesarios en las sociedades islámicas y, en especial, en el mundo árabe. Podríamos recordar la entrevista a Shimon Peres del año 2008, poco tiempo después de que el entonces viceprimer ministro israelí visitase Doha (2007). En aquella época las relaciones entre Israel y Qatar parecían encauzarse, después del cierre de la oficina comercial de 2000. Pero todo se desbarató en 2009, cuando el emirato cortó toda relación diplomática con Israel en respuesta a la operación Plomo Fundido de las IDF contra la infraestructura de Hamás en la Franja de Gaza.

La posición de la cadena a propósito de Hamás, los Hermanos Musulmanes y las relaciones de Irán con el mundo suní ha reflejado la del propio Gobierno catarí. En su vocación de potencia regional, Doha ha tratado de tener buenas relaciones con todos sus vecinos, cabalgando las contradicciones que esto supone en una zona tan convulsa como el Golfo y, en general, el Oriente Próximo. Así, a lo largo de los años, ha hecho gestos hacia Israel, pero también hacia Hamás e Irán. Ha dado voz a los opositores en Kuwait y tomado partido por algunos de los rebeldes sirios contra Asad. Sus emisiones en árabe han servido de tribuna a los Hermanos Musulmanes. A través del programa Sharia y vida, Yusuf al Qaradawi –uno de los líderes más influyentes de la Hermandad– ha logrado una influencia formidable en todo el mundo islámico. Este ascendiente ya no depende de los Gobiernos nacionales, sino de Doha.

Los regímenes árabes del Oriente Próximo han tratado de ejercer un control férreo sobre los medios de comunicación durante décadas. Al monopolio de las televisiones y las radios se sumaron durante mucho tiempo el control del papel, las presiones sobre los periodistas a través de favores o castigos, el apoyo a personas afines como directores y editores… La cuestión de la libertad de expresión en los países árabes refleja, en realidad, uno de los grandes problemas de las monarquías del Golfo: el estatuto de la oposición y su legitimidad frente al poder. Cuando Al Yazira da voz a los opositores, siembra la inquietud entre sus vecinos.

En medio de la crisis que atraviesa con ellos, Catar ha auspiciado la semana pasada una conferencia internacional sobre la libertad de expresión en colaboración con la International Federation of Journalists (IFJ) y el International Press Institute (IPI) y el apoyo de la oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, la Unión Europea de Radiodifusión y la ONG Human Rights Watch. Hay que reconocer que ha sido una jugada muy hábil. El debate global se centra, así, en el temor a la libertad de expresión más que en su uso en el contexto de una agenda política de Estado.

Todos los Estados tratan de participar directa o indirectamente en la conversación global a través de cadenas de televisión que promuevan sus agendas y puntos de vista. Sería ingenuo pensar otra cosa. También lo sería creer que, en el fondo, esto es otra cosa que una lucha de poder entre Estados.