La Librería

Cartas de un israelí desafiantemente optimista a sus vecinos palestinos

Por Clifford D. May 

Banderas de Palestina e Israel.
"El propósito de Yosi Klein Halevi es iniciar una nueva conversación basada en la premisa de que hay verdad en las dos partes, de que los israelíes y los palestinos no tienen por qué ser enemigos mortales; de que pueden encontrar una manera de compartir pacíficamente la minúscula y ancestral tierra empapada en sangre donde hunden sus raíces"

Durante años, los partidarios del proceso de paz inteligentes y bienintencionados se han esforzado por encontrar una solución al conflicto palestino-israelí. En balde.    

Los comentaristas obsesionados con ser percibidos como ecuánimes culpan a los líderes palestinos y a los israelíes por igual. Pero hay abundantes pruebas de que la mayoría de los israelíes anhelan la paz y rechazarían a cualquier gobernante que se interpusiera en lo que vieran como un acuerdo definitivo. Los palestinos no tienen esa libertad. La última vez que los palestinos votaron a un presidente fue en 2005, y esas elecciones no fueron precisamente libres y limpias.

Yaser Arafat, padre de la nación palestina, se veía a sí mismo como un revolucionario y un conquistador. Nunca consideró en serio poner fin a la guerra contra el Estado judío. Su sucesor, el refinado Mahmud Abás, parecía ser un pacificador; pero, con 82 años ya, ha dejado meridianamente claro que prefiere pasar a la historia como un líder inquebrantable de la “resistencia”.

Y después está Hamás, la organización terrorista que gobierna Gaza. Su compromiso con el exterminio de Israel es innegociable.

A pesar de todo, Yosi Klein Halevi, israelí de origen estadounidense, mantiene un desafiante optimismo. Su nuevo libro, Letters to My Palestinian Neighbor (“Cartas a mi vecino palestino”), no se dirige a la clase dirigente palestina, sino a los que viven “en algún lugar de la colina de al lado, frente a mi porche”.

Su propósito es iniciar una nueva conversación basada en la premisa de que hay verdad en las dos partes, de que los israelíes y los palestinos no tienen por qué ser enemigos mortales; de que pueden encontrar una manera de compartir pacíficamente la minúscula y ancestral tierra empapada en sangre donde hunden sus raíces.

Las diez cartas que conforman este libro (se ha publicado una traducción al árabe que se puede descargar gratuitamente) están parcialmente inspiradas por la experiencia de Halevi como codirector –junto al imán Abdulá Antepli, de la Universidad de Duke– de la Muslim Leadership Initiative, “un programa educativo que imparte conocimientos sobre el judaísmo e Israel a jóvenes líderes musulmanes estadounidenses”, informa el propio Halevi en el texto. “Hasta ahora, la MLI ha llevado a más de cien participantes al campus en Jerusalén del Shalom Hartman Institute”, donde Halevi es profesor.

“Uno de los principales obstáculos para la paz es la incapacidad de escuchar la otra versión de la historia”, concluye Halevi. Esa incapacidad no aflige a Halevi. Para un libro anterior, peregrinó a comunidades palestinas. “Al final de mi viaje de un año, llegué a amar el islam”, escribe. “Apreciaba su coraje, especialmente ante la muerte. Los occidentales suelen intentar eludir el encuentro con la propia mortalidad. No así los musulmanes”.

A los palestinos, sus lectores pretendidos, les dice: “Espero que me escuchéis cuando os digo que no tengo intención de negar vuestras quejas o vuestro dolor”. Está dispuesto, incluso deseoso de ver el conflicto a través de los ojos de los palestinos, de afrontar “las injusticias cometidas por mi bando contra el vuestro”, de reconocer la narrativa palestina de “invasión, ocupación y expulsión”. Lidia con todo eso al tiempo que ve “mi presencia aquí como parte del retorno de un pueblo indígena y desarraigado, y el Estado judío renacido como un acto de justicia histórica, de repatriación”.

Halevi quiere que sus vecinos palestinos sepan que sus aspiraciones a la autodeterminación y a disponer de un Estado propio gozan del apoyo de la mayoría de los israelíes. Pero los israelíes demandan algo a cambio: que los palestinos dejen de librar una “guerra contra la existencia y la legitimidad de Israel”. Y les recuerda que “la peor oleada de terrorismo de nuestra historia se produjo después de que Israel hiciera lo que se consideraba una oferta creíble –dos ofertas, en realidad– de poner fin a la ocupación”.

La oferta hecha en Camp David en julio de 2000 habría conducido a un Estado palestino “en la Margen Occidental y en Gaza, con su capital en los barrios palestinos de Jerusalén Este”. Seis meses después, el presidente Clinton presentó su propio plan de paz, subiendo la oferta del 91% al 95% de la Margen Occidental, con “una carretera que atravesara el territorio israelí y conectara la Margen con Gaza”. Los israelíes dijeron que sí. Los líderes palestinos dijeron que no. “Ese fue un momento devastador para muchos israelíes que creían en la posibilidad de resolver el conflicto”, escribe Halevi.

Las cartas de Halevi interesarán a los palestinos que sueñan con el día en que a sus hijos no se les enseñe a odiar ni se les prepare para convertirse en terroristas suicidas o sahids (mártires). No tengo duda de que hay muchos palestinos así. Pero también hay palestinos para los cuales el problema no es la inexistencia del Estado palestino. Su problema es la existencia del Estado judío. Les parece intolerable que una tierra que fue conquistada por guerreros musulmanes hoy sea gobernada por infieles. Consideran que su deber religioso es combatir y destruir dicha entidad. Si eso les cuesta la vida y la de sus hijos, que así sea. Me temo que esto también es una expresión de “coraje”.

Por supuesto, me estoy refiriendo a Hamás, pero también a Hezbolá, a los gobernantes de Irán y a todos los que llamaremos –como ellos mismos suelen llamarse– yihadistas o islamistas.

En los próximos días, se espera que el equipo de Trump dé a conocer un nuevo plan para resolver el conflicto palestino-israelí. Los líderes palestinos ya han dicho que lo rechazarán.

Tal vez los palestinos menos empoderados, tras leer las cartas de Halevi, se alcen valientemente y digan que es hora de que la paz, y no la victoria, sea el objetivo; que las negociaciones que conducen al acuerdo y la convivencia no son, según su interpretación de las escrituras islámicas, haram (prohibidas).

Creer que eso es lo que va a pasar requiere algo más que esperanza, más incluso que fe. Requiere un optimismo desafiante.

Yossi Klein Halevi, Letters to My Palestinian Neighbor, Harper Collins, 2018.

© Versión original (en inglés): Foundation for Defense of Democracies (FDD)
© Versión en español: Revista El Medio