Contextos

Canadá y Australia defienden a Israel y a Occidente

Por Tom Wilson 

harper netanyahu
"El viejo odio se ha traducido a un lenguaje más sofisticado para poder ser usado en una sociedad educada. Personas que nunca dirían que odian a los judíos y que los culpan de sus propios fracasos o de los problemas del mundo, declaran en cambio su odio a Israel y culpan al único Estado judío de los problemas de Oriente Medio""Con todos los desafíos que se le presentan a Estados Unidos en el panorama mundial, Obama y Kerry harían bien en prestar atención al ejemplo de Harper y en recordar sus palabras del lunes, cuando dijo que 'o defendemos nuestros valores e intereses aquí, en Israel; defendemos la existencia de un Estado libre, democrático y distintivamente judío, o comenzará el retroceso de nuestros valores y de nuestros intereses en el mundo. Damas y caballeros, del mismo modo que nos negamos a retroceder en nuestros valores, debemos cumplir con el deber de promoverlos'"

Como el presidente Barack Obama parece estar de excedencia como líder del mundo libre, la tarea de ejercer ese liderazgo sigue recayendo en otros. Cada vez más, son líderes de otras democracias angloparlantes quienes asumen ese papel, y en el caso de algunos de ellos, su defensa de los valores occidentales es especialmente enérgica cuando se trata de Israel.

Esto se ha puesto particularmente de manifiesto en las recientes visitas a Israel del primer ministro canadiense, Stephen Harper, y de la ministra de Asuntos Exteriores australiana, Julie Bishop. Ambos no sólo se han encargado de que sus respectivos países hayan adoptado medidas concretas para defender a Israel en la escena internacional, sino que han manifestado su apoyo al defender los valores democráticos y hacer lo que es justo. En resumen, ambos han demostrado poseer un patente sentido de la claridad moralidad cuando otros Gobiernos occidentales no lo han hecho.

El discurso que el primer ministro Harper pronunció el lunes pasado ante la Knéset fue un ejemplo de ello. De forma acertada, Harper habló de los logros de Israel, defendió inequívocamente su derecho a existir como Estado judío y denunció, en términos nada ambiguos, el nuevo antisemitismo disfrazado de antisionismo, o, como lo expresó el premier:

El viejo odio se ha traducido a un lenguaje más sofisticado para poder ser usado en una sociedad educada. Personas que nunca dirían que odian a los judíos y que los culpan de sus propios fracasos o de los problemas del mundo, declaran en cambio su odio a Israel y culpan al único Estado judío de los problemas de Oriente Medio.

Irónicamente, cuando el primer ministro Harper fue a rechazar la acusación de apartheid que se le hace a Israel, dos de los miembros árabes de la Knéset que se encontraban presentes comenzaron a interrumpirle de forma ruidosa, tras lo que se marcharon rápidamente; su mismo puesto en la Knéset, por supuesto, sirve para refutar la acusación en la que, por lo visto, sintieron la urgencia de insistir.

Este sentido del deber de manifestarse en contra de tales mentiras y prejuicios procede, evidentemente, de la visión más amplia del mundo que posee el primer ministro. Harper declaró, sin   andarse con rodeos, que vivimos en un mundo en el que “prolifera el relativismo moral” y que “en el jardín de ese relativismo moral pueden sembrarse fácilmente las semillas de ideas mucho más siniestras”. Porque, como señaló, “a menudo, quienes comienzan por odiar a los judíos (…) la historia nos muestra que acaban odiando a todos los que no son ellos”.

De hecho, el aspecto más importante del discurso de Harper fue la explicación que dio a por qué Canadá defendería a Israel. Comenzó por afirmar, simplemente, que “Canadá apoya a Israel porque es lo correcto”, y prosiguió explicando que “Israel es el  único país de Oriente Medio que lleva mucho tiempo anclado en los ideales de libertad, democracia e imperio de la ley”.

De forma crucial, señaló:

No se trata de meras ideas. Es algo que, a lo largo del tiempo, pese a tenerlo todo en contra, ha demostrado ser el único terreno sobre el que pueden prosperar los derechos humanos y la estabilidad política económica. Estos valores no son exclusivos, no pertenecen a una nación o a un pueblo. Tampoco son un recurso limitado; al contrario, cuanto más se difunden, más fuertes se hacen. Análogamente, cuando están amenazados en algún lugar, lo están en todas partes.

Escuchamos un tono similar cuando habla la ministra australiana de Exteriores, y también, de hecho, cuando actúa. A diferencia con las políticas de su predecesor, Julie Bishop ya se ha asegurado en dos ocasiones de que Australia haya sido uno del puñado de países que, en Naciones Unidas, se ha resistido a votar a favor de mociones en las que se exigía que Israel detuviera toda actividad en los asentamientos. En una entrevista durante su reciente visita a Israel, Bishop declaró que creía que la comunidad internacional debería abstenerse de denominar ilegales a los asentamientos; dijo :“Me gustaría ver qué ley internacional los ha declarado ilegales”, y argumentó lo siguiente:

No creo que prejuzgar la cuestión de los asentamientos sirva de ayuda si se está tratando de lograr una solución negociada. Y es poco probable que considerar la actividad un crimen de guerra genere esa solución pactada.

Asimismo, la ministra de Exteriores Bishop se ha mostrado inquebrantable en su oposición a los boicots, cuidando de que a organizaciones que los promueven no les llegara financiación del Gobierno australiano. Bishop dijo del movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones):

Es antisemita. ¿Señala a Israel, de ente todas las demás naciones, como merecedora de una campaña de boicot, desinversión y sanciones? Hipócrita más allá de lo imaginable.

Bishop destaca como una voz casi solitaria en una serie de estas cuestiones, pero, al serlo, sigue la estela del primer ministro canadiense cuando éste declaró que su país “defenderá lo que es justo y de principios, independientemente de si resulta conveniente o popular”.

Con todos los desafíos que se le presentan a Estados Unidos en el panorama mundial, Obama y Kerry harían bien en prestar atención al ejemplo de Harper y en recordar sus palabras del lunes, cuando dijo que “o defendemos nuestros valores e intereses aquí, en Israel; defendemos la existencia de un Estado libre, democrático y distintivamente judío, o comenzará el retroceso de nuestros valores y de nuestros intereses en el mundo. Damas y caballeros, del mismo modo que nos negamos a retroceder en nuestros valores, debemos cumplir con el deber de promoverlos”.

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