Contextos

Bienvenidos al auténtico nuevo Oriente Medio

Por Jonathan S. Tobin 

Simón Peres.
"Pese a que todas sus predicciones resultaron ser absurda y trágicamente erróneas, Peres aún cree en un proceso viciado desde el principio por haber depositado sus esperanzas en un terrorista. De forma absurda, aún culpa al primer ministro Netanyahu y no a Yaser Arafat de que sus sueños se hayan venido abajo""Los hipotéticos escenarios que se plantean basados en la suposición de que Rabin hubiera seguido vivo son tan absurdos como anacrónicos. Oslo ya había empezado a desmoronarse en medio de la vorágine terrorista palestina antes de su asesinato. Por eso las encuestas de la época pronosticaban que sería derrotado por Netanyahu en las siguientes elecciones. Y no hay nada que el difunto premier hubiera podido ofrecer a los palestinos en un acuerdo justo que no ofrecieran posteriormente Ehud Barak o Ehud Olmert"

El vigésimo aniversario del asesinato de Isaac Rabin ha desencadenado en algunos sectores cierta nostalgia por la euforia de la que muchos se contagiaron en Israel y Estados Unidos tras la firma de los Acuerdos de Oslo, en 1993. Por aquel entonces el libro de Simón Peres El nuevo Oriente Medio simbolizó los castillos en el aire que muchos construían con base en las expectativas suscitadas por el proceso de paz. Pese a que todas sus predicciones resultaron ser absurda y trágicamente erróneas, Peres aún cree en un proceso viciado desde el principio por haber depositado sus esperanzas en un terrorista. De forma absurda, aún culpa al primer ministro Netanyahu y no a Yaser Arafat de que sus sueños se hayan venido abajo. Pero aunque la visión de Peres de que la región se convertiría en una especie de Benelux era una idiotez (dígaselo a Hamás y a Hezbolá, y para qué hablar de Arafat y Abás), lo cierto es que en el verdadero Oriente Medio actual hay algunas cosas que benefician a Israel y son tan extraordinarias como en el fantasioso escenario contemplado por Peres. Y, lo que aún es más importante, se consiguieron gracias a que un Gobierno considerado de derechas se mantuvo firme e hizo causa común con los árabes que comparten el temor de Israel a los islamistas.

La semana pasada, en un gesto que sorprendió al mundo árabe, Egipto votó con Israel en Naciones Unidas por primera vez en la historia. Días antes, según diversas informaciones, pilotos de combate jordanos participaron en unas maniobras conjuntas con Israel y Estados Unidos. En sí mismo, ninguno de estos acontecimientos tiene especial relevancia, pero juntos y situados en el contexto de los conflictos en Oriente Medio que no tienen que ver con los palestinos demuestran que, aunque quienes lo critican insisten en su aislamiento, Israel ya no está totalmente rodeado de enemigos, sino que, de hecho, puede considerar a Egipto y a Jordania aliados nominales, aunque no completamente amistosos.

La votación en la ONU tenía que ver con algo relativamente poco importante (la pertenencia a la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Exterior), pero el mero hecho de que se tratara de la primera vez que Egipto votaba a favor de Israel es histórico. Tras una avalancha de críticas procedentes del mundo árabe, el Gobierno egipcio afirmó que no se trataba más que de una decisión estratégica para asegurarse de que también se elegía a algunos países árabes. Pero esa excusa no se sostiene, y no puede negarse el simbolismo existente en toda la cuestión. Tras 67 años de ferviente oposición, mantenida incluso después de que ambos países firmaran un acuerdo de paz en 1979, esa votación muestra lo mucho que ha avanzado el Gobierno egipcio hacia la cooperación con el Estado judío desde que los militares derrocaron a los Hermanos Musulmanes, en 2013. Ahora El Cairo ve acertadamente a Israel como un compañero en la lucha contra los islamistas de los Hermanos y de Hamás y de sus aliados iraníes.

Es lo mismo que piensa el Gobierno jordano. El rey Abdalá y su padre, el rey Husein, siempre han considerado a Israel un aliado encubierto del régimen hachemita en su lucha por la supervivencia frente a los palestinos y otros enemigos musulmanes radicales desde los años 70. La única diferencia es que, con el ISIS activo y con Irán extendiendo su influencia por toda la región (con la aquiescencia tácita de la Administración Obama), la necesidad de una colaboración más estrecha con Israel en cuestiones de seguridad es ahora más importante que nunca.

Lo que esto significa es que, aunque los enemigos de Israel siguen siendo legión y los palestinos siguen aferrados a su cultura de odio y rechazo, dos de los países que representaron la mayor amenaza militar para el Estado israelí en sus primeras décadas de existencia están ahora más o menos aliados con él. De hecho, sus respectivos Gobiernos coinciden con Netanyahu en las principales cuestiones de seguridad, incluida su justificada preocupación por las implicaciones del acuerdo nuclear iraní del presidente Obama.

Aunque celebramos estos acontecimientos, no deberíamos ignorar el hecho de que tanto el antisemitismo como el odio a Israel siguen siendo endémicos en Egipto y Jordania. La creciente marea antisemita, que tiene su origen en el mundo musulmán, aún constituye una seria amenaza para el futuro de Israel y, como señaló Netanyahu acertadamente, obliga a los israelíes a “vivir por la espada” en el futuro inmediato.

¿No habría sido bonito que la visión de Simón Peres se hubiera hecho realidad? Claro que sí. Pero, como señalé recientemente, los hipotéticos escenarios que se plantean basados en la suposición de que Rabin hubiera seguido vivo son tan absurdos como anacrónicos. Oslo ya había empezado a desmoronarse en medio de la vorágine terrorista palestina antes de su asesinato. Por eso las encuestas de la época pronosticaban que sería derrotado por Netanyahu en las siguientes elecciones. Y no hay nada que el difunto premier hubiera podido ofrecer a los palestinos en un acuerdo justo que no ofrecieran posteriormente Ehud Barak o Ehud Olmert. También hay que señalar que Rabin seguía oponiéndose enérgicamente a un Estado palestino independiente y a la división de Jerusalén, y no digamos a una retirada unilateral de los territorios.

Con todo esto quiere decirse que la idea de Peres de que todas las espadas se habrían transformado en arados no tenía en cuenta el hecho de que el nacionalismo palestino está indisolublemente unido a la lucha por la destrucción de Israel, independientemente de dónde se sitúen sus fronteras. Su fracaso no ha tenido nada que ver con Netanyahu y todo con los palestinos.

Pero aunque lamentemos que la realidad sea la que es, la posición en la que actualmente se encuentra Israel es en realidad bastante más sólida que la que dejó Rabin. Además, aunque no todas sus decisiones y declaraciones hayan sido sensatas, Netanyahu se merece buena parte del crédito por la solidez de la economía israelí y por su posición estratégica, basada en la sensata negativa a confiar en la buena voluntad de unos enemigos perversos.

El desastroso acercamiento a Irán del presidente Obama es responsable en parte, y el nuevo Oriente Medio de Netanyahu no es la utopía del libro de Peres. Pero la idea de un Estado judío que puede considerar a Egipto y a Jordania aliados militares tácitos es algo con lo que David ben Gurión sólo habría podido soñar. Y eso es algo que merece celebrarse, y mucho.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio