Revista de Prensa

Bienvenidos a la era de los tiranos

 

Bashar al Asad y Vladímir Putin, en Moscú (octubre de 2015).

Alepo es la demostración palpable de que los dictadores más sanguinarios pueden salirse con la suya. Lo explica Terry Glavin en esta colaboración para el canadiense Maclean’s.

Los tiranos de pacotilla de todo el mundo han aprendido la lección siria: pueden salirse con la suya. Una comisión de investigación de la ONU puede declararte culpable de emprender una “política estatal de exterminio de la población civil” de tu país, y tú puedes reírte de ella. Y para que todos esos “crímenes” abominables esfumarse en los años oscuros venideros, los demás vamos a tener que decirnos cómodas mentiras acerca de la “intervención occidental”. En torno a estos engaños espantosos y autoexculpatorios se han construido carreras políticas y las reputaciones periodísticas más fulgurantes. (…)

Oh, pero Siria. Es demasiado complicado [nos dicen]. No hay buenos allí, y el “no hay nada que pudiéramos haber hecho” lo andan sustituyendo ahora por “no hay nada que podamos hacer.” El “nosotros” en esa mentira siempre significa “los americanos”.

(…)

Esto no ha ido nunca de qué podría haber hecho EEUU. Ha ido de lo que el presidente Obama no haría; y nunca haría nada que pudiera enfadar a los jomeinistas en Teherán. De haber herido lo bastante sus sentimientos, se habrían desinvolucrado del “legado” de Obama en política exterior sobre reconciliación nuclear. Todo ha sido un fiasco, de principio a fin.

El analista turco Murat Yetkin se abona a la tesis, tan cara a los medios erdoganistas, de que el gulenismo estuvo detrás del magnicidio y apunta a la posibilidad de que el asesino fuera eliminado por otro miembro de su misma organización.

La fuente de alto rango en materia de seguridad, que ha visto el perfil del asesino, dice que creció en un entorno social rodeado de simpatizantes de Fethullah Gülen, el predicador islamista residente en Estados Unidos acusado de planear el intento de golpe del pasado 15 de julio y (…) de ponerse en contacto con yihadistas salafistas en Turquía. Según relata un testigo, al parecer quería ir a combatir a Siria, pero fue rechazado y pidió seguir en las fuerzas policiales (…) Sin embargo, no puede establecerse una firme conexión entre él y los yihadistas, probablemente porque los yihadistas no confiaban en él, pensando que podría ser un agente de la Policía o de los gulenistas.

Las unidades de la Seguridad turca creen con un “95 por ciento” de probabilidad que Altintas [Mevlut Mert Altintas, el policía de 22 años que disparó al embajador ruso] fue reclutado por los gulenistas al poco de ingresar en la Policía y que en algún momento se le pidió que fingiera pertenecer a un grupo islamista diferente para no exponerse él mismo, dado que la limpieza de gulenistas en los aparatos del Estado ya había comenzado a comienzos de 2014, después de las investigaciones por corrupción entre el 17 y el 15 de diciembre de 2013, que fueron interpretadas por Erdogan como una traición y un intento de golpe de Estado.

Las fuerzas de seguridad están asimismo analizando la posibilidad de que el asesino fuera silenciado por un miembro de las fuerzas especiales que ingresó [en el escenario del magnicidio] luego de que el embajador fuera acribillado. “El asesino, que estaría esperando ser puesto a salvo (…) después de ser arrestado, podría haber sido asesinado por otro miembro de la misma organización secreta perteneciente a las fuerzas especiales”.

En torno al asesinato en Ankara del embajador de Rusia en Turquía, el vicerrector de la Universidad de Tel Aviv, Eyal Zisser, extrae ciertas conclusiones que, a su juicio, afectarán al equilibrio de poder en todo Oriente Medio.

En realidad, el asesinato no ha puesto a rusos y turcos al borde de la guerra; por el contrario, ha echado al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, todavía más en brazos del presidente ruso, Vladímir Putin.

(…)

[La presencia] regional de Rusia ha sido facilitada por la cooperación iraní (…) Así, en Siria los rusos están lanzando ataques aéreos y los iraníes combatiendo sobre el terreno. Es fácil suponer que esta asociación entre Moscú y Teherán, que también incluye a Hezbolá, se basa en un acuerdo para dividir Siria y, esencialmente, todo Oriente Medio –Irak, Yemen, Líbano– en esferas de influencia rusa e iraní.

(…) Turquía ha estado en el lado contrario de esta ecuación, tratando con todas sus fuerzas de contrarrestar la creciente influencia regional de Irán y saboteando los esfuerzos de Rusia en Siria. Sin embargo, en Turquía se ha producido un giro en los últimos meses y, en vista de la nueva realidad regional, Erdogan está haciendo todo lo posible por preservar no solo su poder, sino el estatus de Turquía.