Contextos

Biden veta el gasoducto EastMed y pone en peligro a Europa

Por Burak Bekdil 

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"Mientras Biden se empeñaba en debilitar a tres grandes aliados de EEUU en el Mediterráneo para apaciguar a Erdogan y daba rienda a la fantasía de la 'energía verde' para contentar al Partido Demócrata, Ankara volvía a demostrar que sólo es un aliado de Occidente a tiempo parcial"

Una vez más, los errores estratégicos de juicio del presidente de EEUU, Joe Biden, acarrean costes estratégicos: apaciguando a la Turquía pro Putin, aliada a tiempo parcial en la OTAN, pone en riesgo la seguridad energética de Europa.

En los últimos años, el Mediterráneo oriental se ha convertido en una bomba de mecha corta asentada sobre unos ricos yacimientos de hidrocarburos que Turquía reclama de manera harto cuestionable frente a una alianza que aglutina a Grecia, Chipre e Israel.

En ese tira y afloja, Turquía amenazó con emprender acciones militares si la alianza rival seguía adelante con sus planes de dejarla de lado y transportar 20.000 millones de metros cúbicos anuales de gas natural a Europa mediante un gasoducto submarino. Ankara aduce que se violaría su soberanía sobre el Mediterráneo y propone como alternativa transportarlo por un gasoducto menos costoso que atraviese su territorio.

Otros países de la región, como Egipto, Jordania, el Líbano y los Estados del Golfo, secundaron lo que posteriormente se conoció como el Grupo EastMed, también respaldado por la UE y por EEUU… hasta hace poco.

Y es que recientemente Biden sorprendió a los socios del EastMed retirando abruptamente el respaldo de EEUU al proyecto, con lo que le dio el rejón de muerte, impidiendo así que Europa diversifique su suministro energético y asegurando a Rusia ingresos aún mayores con los que engrasar su maquinaria bélica. La Casa Blanca afirmó que el proyecto, de 7.000 millones de dólares, es antitético con sus “objetivos climáticos”. Por lo visto, Biden confía en que nadie siga utilizando combustibles fósiles en 2025, el año previsto para la conclusión del gasoducto, por mucho que no se vislumbren alternativas en el horizonte (y que rivales de América como Rusia e Irán vayan a seguir con sus suministros). Su Administración también aludió a una supuesta falta de viabilidad económica y comercial, aunque un estudio financiado en 2019 por la UE confirmó que “el Proyecto EastMed es técnicamente factible, económicamente viable y comercialmente competitivo”.

Son pocos los que concuerdan con el razonamiento de Biden.

El analista griego de defensa Teofrasto Andreópulos ha asegurado que la decisión de Biden supone una victoria para Turquía y una derrota para Grecia:

En resumidas cuentas, esto significa que Turquía, que supuestamente se está granjeando la antipatía de los americanos, ha obtenido justo lo que quería: la cancelación del gasoducto.

Más allá de los factores económicos y comerciales, el más importante parámetro en la posición norteamericana, no justificada en documento alguno, apunta a que el gasoducto es una fuente de tensión en el Mediterráneo oriental, ¡lo cual equivale claramente a adoptar la posición de Turquía!

Es decir, que los americanos no quieren el oleoducto porque lo mismo Ankara se enfada.

A nadie debe sorprender que la decisión norteamericana haya reforzado al presidente islamista de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, que jamás ha ocultado sus irredentistas ambiciones neo-otomanas sobre lo que considera el “lago turco”: los mares Egeo y Mediterráneo. El pasado 18 de enero, en un discurso, afirmó: “Sin Turquía, el gas del Mediterráneo no se puede llevar a Europa”.

El cambio de Biden se produce cuando Turquía está probando sus fuerzas en el Egeo y el Mediterráneo. Ignorando las severas limitaciones presupuestarias y una dura crisis económica, el Gobierno turco está dotando a su Armada de tres nuevas fragatas, naves de guerra antisubmarino no tripuladas, submarinos, naves de superficie no tripuladas, un buque para la recopilación de inteligencia, barcos de asalto, un misil antibuque de fabricación local y un muelle para el aterrizaje de helicópteros por valor de 1.200 millones de dólares.

Más importante: el tremendo error de cálculo de Biden se produjo sólo unas semanas antes de que Rusia invadiera Ucrania y proclamara sus diktats sobre la reconfiguración del mapa energético europeo.

El 22 de febrero, poco después de que Rusia reconociera formalmente a dos regiones separatistas del este de Ucrania, Donetsk y Luhansk, Alemania anunció que suspendía el proyecto Nord Stream 2, un gasoducto en el Báltico diseñado para duplicar el flujo de gas ruso suministrado directamente a Alemania y Europa Occidental dejando de lado a Ucrania. El Nord Stream 2, valorado en 11.000 millones de dólares y posiblemente el proyecto energético europeo más divisivo, se concluyó en septiembre, pero no ha entrado en funcionamiento porque aún tiene que recibir la certificación de Alemania y la UE. Así que Alemania suspendió heroicamente un gasoducto que no está operativo.

“¡Bienvenidos al mundo feliz en el que los europeos pronto pagarán 2.000 euros por 1.000 metros cúbicos de gas natural!”, tuiteó Dimitri Medvédev, expresidente y ex primer ministro de Rusia, ahora vicepresidente de su Consejo de Seguridad, que sugería así que los precios se duplicarán como consecuencia de la suspensión del proyecto.

Las alertas sobre las consecuencias de acabar con el EastMed –y, por tanto, de impedir que Europa diversifique su suministro energético– llegaron poco antes de la incursión militar rusa. Desde luego, fue otro claro mensaje que Biden prefirió ignorar. El 24 de enero, el congresista republicano Gus Bilirakis publicó un comunicado de prensa en el que se leía:

Como es una opción energética más limpia que el carbón, el gas natural es un recurso crucial para los Gobiernos que buscan una transición hacia fuentes más verdes. La Unión Europea así lo reconoce y ha declarado el Gasoducto del Mediterráneo Oriental un “proyecto especial”.

“Las acciones de la Administración Biden en esta materia son especialmente cuestionables e hipócritas, a la luz de su tácita aprobación del gasoducto ruso Nord Stream, que no hará sino agravar la dependencia energética europea de un adversario volátil”, declaró el congresista Bilirakis”.

Mientras Biden se empeñaba en debilitar a tres grandes aliados de EEUU en el Mediterráneo para apaciguar a Erdogan y daba rienda a la fantasía de la energía verde –cuando faltan años para que esté lista o sea asequible– para contentar al Partido Demócrata, Ankara volvía a demostrar que sólo es un aliado de Occidente a tiempo parcial.

El 25 de febrero, una vez producida la invasión rusa de Ucrania, Turquía se abstuvo en la votación para suspender la pertenencia de Rusia al Consejo de Europa. “Durante la votación en Estrasburgo, Turquía decidió abstenerse”, informó el ministro turco de Exteriores, Mevlut Cavusoglu. «No queremos interrumpir el diálogo con Rusia”.

Biden debería revertir inmediatamente su decisión y dar luz verde al gasoducto EastMed.

En diciembre de 2019, Biden describió a Erdogan como un autócrata y prometió empoderar a los partidos de la oposición turca mediante procesos democráticos. ¿Fue una broma, o acaso Biden es un secreto admirador de Erdogan?

© Versión original (en inglés): Gatestone Institute
© Versión en español: Revista El Medio