Revista de Prensa

Biden o el deshonor: ni olvido ni perdón

Por Mario Noya 

joe-biden
"El afán de Biden por 'triunfar donde otros fracasaron' le llevó a adoptar esa decisión sin encomendarse a Dios, al diablo… o a los propios militares norteamericanos"

“No, Trump no forzó la retirada de Biden”, se titula el artículo que le ha publicado el Wall Street Journal a S. Paul Kapur, miembro del equipo de Planificación Política del Departamento de Estado norteamericano en las postrimerías de la Administración Trump. A juicio de Kapur, el problema no era (tanto) el controvertido acuerdo de Doha, negociado por Washington con el Talibán a principios de 2000, como en la incapacidad o negativa del presidente Biden a forzar a los barbudos a cumplir lo acordado.

“Estados Unidos se comprometió a retirarse de Afganistán (…), pero sólo si el Talibán cumplía sus compromisos. Uno de ellos era participar en un ‘diálogo intra-afgano’ para la consecución de un ‘alto el fuego integral y permanente’ y acordar una ‘hoja de ruta política’ sobre el futuro de Afganistán”, enumera Kapur. “Si el Talibán no honró sus compromisos, EEUU no tenía obligación de retirarse”

En su pieza, el exfuncionario trae a colación unas declaraciones del entonces secretario de Defensa norteamericano, Mark Esper, que en mayo de 2020 afirmó que el de Doha era un “acuerdo basado en una serie de condiciones” y advirtió: 

Si los avances [en las negociaciones entre Kabul y el Talibán] se interrumpen, probablemente nuestro repliegue se interrumpa también.

“Dada la conducta del Talibán, EEUU no estaba obligado a retirarse el 1 de mayo [plazo acordado en Doha], el 31 de agosto [plazo fijado por Biden] ni en ninguna otra fecha”, sostiene Kapur. “La retirada fue una elección. Y el anuncio de la Administración Biden de dicha elección en abril desencadenó la ofensiva talibán para reconquistar Afganistán que produjo la desastrosa retirada estadounidense”.

Para Kapur, el afán de Biden por “triunfar donde otros fracasaron” le llevó a adoptar esa decisión sin encomendarse a Dios, al diablo… o a los propios militares norteamericanos. “Los posteriores intentos de la Administración [Biden] de transferir la culpa a la Administración Trump la llevaron a tergiversar el acuerdo de Doha y a calificar falazmente de inevitable un desastre que no lo era. Esa falsedad exacerbó la crisis”, concluye Kapur.

En parecidos términos exculpatorios se había manifestado antes en las mismas páginas el vicepresidente de Donald Trump, Mike Pence. Con un artículo igualmente contundente desde el mero título, “Biden rompió nuestro acuerdo con el Talibán”, pero mucho más duro:

La desastrosa retirada de Afganistán por parte de la Administración Biden es una humillación en materia de política exterior como no ha soportado nuestro país desde la crisis de los rehenes iraní.

Ha cubierto de oprobio a América en la escena internacional, provocado que los aliados duden de nuestra fiabilidad e incitado a que los enemigos nos pongan a prueba. Peor aún: ha deshonrado la memoria de los heroicos americanos que contribuyeron a llevar ante la Justicia a los terroristas tras el 11-S, así como a todos los que sirvieron en Afganistán en los últimos 20 años.

[…]

Para cuando abandonamos el poder, el Gobierno afgano y el Talibán controlaban sus respectivos territorios, ninguno de los dos estaba llevando a cabo ofensivas a gran escala y EEUU sólo tenía 2.500 soldados en el país –la menor presencia militar desde que empezó la guerra, en 2001.

[…]

Los avances que nuestra Administración hizo hacia la terminación de la guerra fueron posibles porque los líderes del Talibán comprendieron que las consecuencias de la violación del acuerdo serían inmediatas y severas. Luego de que nuestro Ejército eliminara al terrorista iraní Qasem Soleimani [jefe de la Guardia Revolucionaria] y nuestras fuerzas especiales mataran al líder del ISIS, el Talibán no dudaba de que cumpliríamos nuestra promesa.

[…]

Cuando Mr. Biden rompió el acuerdo, los talibanes lanzaron una vasta ofensiva contra el Gobierno afgano y tomaron Kabul. Sabían que con este presidente no había una amenaza creíble de uso de la fuerza [por parte de EEUU]. Le habían visto plegarse ante grupos antisemitas como Hamás, reinstaurar las ayudas millonarias a la Autoridad Palestina y permanecer sentado (…) mientras llovían miles de cohetes sobre la ciudadanía israelí.

La debilidad llama al mal, y la magnitud del mal que se cierne sobre Afganistán lo dice todo sobre la debilidad de Mr. Biden. (…)

[…]

(…) la forma en que Mr. Biden ha ejecutado esta retirada es una desgracia que no se merecen los valerosos hombres y mujeres del Ejército norteamericano cuya sangre aún impregna la tierra afgana.

De “desgracia” hablan también los editores de la National Review en un editorial donde se fustiga a Biden y su equipo por incumplir por enésima vez una promesa y dejar a merced del Talibán a –al menos 200– ciudadanos estadounidenses (“abandonar a norteamericanos marca un nadir en la historia diplomática y militar de la nación”), así como a decenas de miles de colaboradores, y por pergeñar un relato grotesco de la situación: 

Hablan de nuestra influencia sobre los talibanes como si no acabaran de ganar la guerra y de forzarnos a una retirada fulminante e ignominiosa. [El secretario de Estado, Antony] Blinken incide en que los talibanes se han comprometido a impedir que grupos terroristas utilicen Afganistán como base, aun cuando han violado su compromiso de desligarse de Al Qaeda (…) El enviado especial Zalmay Jalilzad tuiteó que “los afganos afrontan un momento de decisión y oportunidad” y que “el futuro de su país está en sus manos”, perversa manera de describir a un pueblo que acaba de quedar bajo la férula de unos despiadados asesinos totalitarios.

“Las cosas no tendrían que haber salido así”, se lamentan en la NR. “Biden podría haber mantenido una presencia de tropas (…) que impidiera al Talibán hacerse con el país (…) o le permitiera una retirada mínimamente competente”. Pero no, ahora ya se indignan, “ha hecho de nuestra salida una calamidad, dañado materialmente nuestra seguridad nacional, precipitado una catástrofe humanitaria y traicionado a nuestros soldados y aliados”. 

Finalmente, la indignación deja paso a la implacable condena: Mr. Dishonor

no sólo nos ha hecho menos seguros sino que nos ha deshonrado, y esto no se puede olvidar ni perdonar.