Contextos

Benjamín Netanyahu: seis claves

Por Eli Cohen 

Benjamín Netanyahu, primer ministro de Israel.
"Muchos definirían su vuelta al poder con varias palabras clave: 'Irán', 'Obama', 'Sara', 'vivienda'. Dejando de lado su lucha incansable por evitar que Irán consiga la bomba, sus constantes desencuentros con el presidente norteamericano, el fracaso de las conversaciones de paz de 2012 y 2014, los escándalos mediáticos que han tenido como protagonista a su esposa Sara y el aumento imparable del precio de la vivienda y de la alimentación, Bibi ha consolidado a Israel como la 'Start Up Nation', como una potencia tecnológica incontestable. En este tiempo Israel ha librado dos guerras contra Hamás en Gaza y, sobre todo, se ha postulado como una garantía de seguridad y firmeza en un entorno muy inestable y hostil"

Benjamín Netanyahu sorprendió a los analistas de todo el mundo –salvo a Mark Mellman– ganando las elecciones del pasado 17 de marzo y va camino de convertirse en el primer ministro israelí con más años en el cargo: ya sólo tiene por delante a David ben Gurión, considerado el padre fundador del país. Además, ha ocupado distintas carteras en otros Gobiernos, como la de Economía, desde la que aplicó medidas exitosas para sacar a Israel de la desoladora recesión que provocó la Segunda Intifada. En cuanto a su partido, el Likud, ha conseguido llevarlo desde la casi desaparición en 2006 al primer lugar de las preferencias del electorado.

¿Cómo es el líder político israelí al que todos, seguidores y detractores, llaman Bibi? Probemos a definirlo concentrándonos en seis puntos de su biografía.

1. El legado

No puede comprenderse a Bibi sin su padre, Benzion Netanyahu, el historiador hispanista que fue secretario de Zeev Jabotinsky, y sin su hermano Yonatán (Yoni), que murió comandando la legendaria operación Entebbe, mediante la que el Ejército de Israel rescató a 99 personas secuestradas en el aeropuerto de esa ciudad africana por parte de del Frente Popular para la Liberación de Palestina, en connivencia con el Gobierno ugandés del dictador Idi Amin, en 1976.

Su abuelo fue el legendario rabino polaco y ferviente activista sionista Nathan Mileikowski, descendiente del Gaón de Vilna, una de las mayores autoridades rabínicas de los últimos siglos. La mujer de Mileikowski era descendiente de Rashi, el más importante comentarista de la Biblia y del Talmud. A Bibi le era difícil, pues, no encaminarse a hacer historia. Cuando se convirtió en líder del Likud, en 1993, el periodista Amnón Abramovich vaticinó que sería una “estrella brillante en el cielo de la política israelí” y enfatizó la importancia del legado de lucha de su hermano.

Nació en Tel Aviv, ciudad que no le ha otorgado su confianza, y es el único primer ministro de Israel nacido tras la creación del Estado. Sirvió en la unidad de élite del ejército, Sayeret Matkal, la misma en la que sirvió Yoni, y participó en la Guerra de Yom Kipur, así como en las operaciones Infierno, Regalo e Isótopo –en esta última resultó herido–.

2. Estados Unidos

Después de su carrera militar, en la que alcanzó el rango de capitán, hizo las Américas y estudió arquitectura en el prestigioso MIT. Posteriormente fue fichado como consultor en el Boston Consulting Group, donde trabó amistad con el último candidato republicano a la presidencia, Mitt Romney (o eso dice éste: Bibi ha quitado grados a esa amistad al comentar que seguramente se conocerían de vista).

De su estancia en EEUU se recuerda esta célebre intervención televisiva, en la que con 28 años ya mostraba un gran dominio de la oratoria y del inglés –esto último le ha hecho empatizar fácilmente con el establishment americano, y hasta se ha dicho que tiene “acento republicano”–. De esa intervención se recuerda su visión del conflicto, que sigue manteniendo:

El verdadero núcleo del conflicto es la desafortunada negativa árabe a aceptar el Estado de Israel (…) Durante 20 años [de 1949 a 1967] los árabes tenían tanto Cisjordania como la Franja de Gaza, y si la autodeterminación, como ahora dicen, es el núcleo del conflicto, podrían haber establecido fácilmente un Estado palestino.

En 1978 vuelve a Israel y comienza una imparable carrera política. En 1984 es designado por el primer ministro Simón Peres embajador de Israel ante la ONU. Fue descubierto por el entonces canciller Moshé Arens, que necesitaba a alguien que dominara las maneras americanas para explicar ante el Congreso de ese país la invasión israelí del Líbano (1982); por eso fue designado agregado político en Washington.

En 1993, como ya se ha dicho, se hace con el liderazgo del Likud, y tres años después gana las elecciones y se convierte en el primer ministro más joven de la historia de Israel.

3. Primer mandato

Después de los Acuerdos de Oslo, el laborismo colapsó. El asesinato de Isaac Rabin y los atentados suicidas de Hamás dejaron a su candidato, Simón Peres, con pocas posibilidades. Entre el 25 de febrero y el 4 de marzo, Hamás asesinó a 58 personas en tres ataques suicidas en Jerusalén y Tel Aviv.

Aunque se le tenga como un halcón, Bibi hizo concesiones a los palestinos que la izquierda israelí no se atrevió a poner sobre la mesa. Bajo los acuerdos de Wye Plantation, en 1998, Netanyahu cedió la soberanía del 80% Hebrón a la Autoridad Nacional Palestina, lo que hizo que los sectores más inmovilistas de Israel le acusaran de traidor. Aun así, adaptó el concepto laborista de paz por territorios y lo convirtió en paz por seguridad, y lo convirtió en mantra de la derecha para el proceso de paz.

En su primer mandato dio cumplidas muestras de su determinación. Como ya apuntamos, a Bibi se le puede acusar de muchas cosas, pero no de amilanarse. Ciertamente, antes de sacar de quicio a Obama y a Sarkozy desesperó a Clinton, quien en 1996 llegó a decir de él, después de que le sermoneara:

¿Quién coño se ha creído? ¿Quién es aquí la superpotencia?

Uno de los grandes fiascos de su primer Gobierno fue el asesinato frustrado a Jaled Meshal (1997), hoy líder de Hamás. Según cuenta Gordon Thomas en Mossad: la historia secreta (el espía David Kimche, al que Thomas dedica un capítulo, me dijo que estaba “lleno de mentiras”), y como se supo después, dos agentes del servicio secreto israelí fueron arrestados en Jordania por haber inoculado un veneno en el cuello al terrorista palestino. Clinton tuvo que intervenir para que Israel entregara el antídoto y liberara al jeque Ahmed Yasin, el líder espiritual de Hamás, a cambio de los agentes israelíes.

En ese primer Gobierno tomó medidas para liberalizar la economía israelí, tradicionalmente estatista. Sin embargo, su propio padre, Bentzión, dijo que “no fue muy buen primer ministro”.

4. Con y contra Ariel Sharón

En 1999 Ehud Barak le ganó las elecciones. Barak –y Clinton– tenía la idea de poner fin de una vez por todas al conflicto con los palestinos. Por eso, en el verano del año 2000, en la cumbre de Camp David II, hizo una oferta a Arafat que ningún político israelí se había atrevido a hacer, y que incluía la división de Jerusalén y la satisfacción del 90% de las reivindicaciones territoriales bajo la fórmula de los land swaps (intercambios de tierra). Arafat dijo no y estalló la mayor oleada de ataques suicidas de la historia de Israel: la Segunda Intifada, que asoló el país.

Sharón, como nuevo primer ministro, encargó el arreglo de los asuntos económicos a Netanyahu, que aplicando recetas liberales consiguió reactivar la economía. La buena sintonía entre ambos se acabó cuando Sharón decidió la retirada unilateral de Gaza, que incluía desalojar a los colonos a la fuerza. Bibi dimitió y Sharón, junto a otros históricos del Likud y del Partido Laborista –como Simón Peres–, creó un nueva formación, de centro, denominada Kadima, ahora desaparecida.

Sharón cayó enfermo y no pudo presentarse a las elecciones de 2006. Lo hizo el posteriormente dimitido y condenado por corrupción Ehud Olmert, con el que Kadima sacó 29 escaños; el Likud, solamente 12 –en 2003 había obtenido 38–. Bibi se puso al frente de la histórica formación derechista y consiguió llevarla de nuevo al poder en 2009, cuando arrebató el liderazgo del Gobierno a Kadima, entonces en manos de Tzipi Livni, pese a que ésta obtuvo un escaño más que él (28 a 27).

5. Vuelta al poder 

Muchos definirían su vuelta al poder con varias palabras clave: Irán, Obama, Sara, vivienda. Dejando de lado su lucha incansable por evitar que Irán consiga la bomba, sus constantes desencuentros con el presidente norteamericano, el fracaso de las conversaciones de paz de 2012 y 2014, los escándalos mediáticos que han tenido como protagonista a su esposa Sara –que sólo han sido relevantes en Israel– y el aumento imparable del precio de la vivienda y de la alimentación, Bibi ha consolidado a Israel como la Start Up Nation de que hablaron Dan Senor y Saul Singer en su best seller, como una potencia tecnológica incontestable. En este tiempo Israel ha librado dos guerras contra Hamás en Gaza y, sobre todo, se ha postulado como una garantía de seguridad y firmeza en un entorno muy inestable y hostil.

Como escribió David Margolick en 2012,

para la mayoría de los israelíes Netanyahu es suficientemente bueno, y seguramente mejor que ningún otro.

6. El histórico 17 de marzo

Tras dos coaliciones gubernamentales con demasiados primeros ministros potenciales, el Likud obtuvo un resultado en las últimas elecciones que consolidaron a Bibi como único macho alfa. Muchos periodistas israelíes y extranjeros andan obsesionados con la derechización de la sociedad israelí. En todo caso, esa derechización empezaría con la primera victoria del Likud, con Menahem Beguin, en 1977.

Esa derecha dio voz a cientos de miles de votantes misrajíes y sefardíes (provenientes de los países árabes) que durante años vivieron bajo la élite ashkenazí laborista. Beguin primero y luego Bibi no dejaron de mimar a estos votantes, menos optimistas y más escépticos en lo que a alcanzar una paz justa y duradera se refiere, que el clásico electorado laborista, que se está encasillando demasiado en esa élite de yekes (judíos provenientes de Europa) que vive en los barrios ricos de Tel Aviv. Isaac Herzog es, en este sentido, paradigmático.

Hasta Shlomo Ben Ami, sefardí pero histórico laborista, ha reconocido –mostrando, eso sí, su profunda aversión a Bibi– que los palestinos, Hamás y el entorno inestable y hostil, en ebullición desde la eclosión de la Primavera Árabe, han dado la victoria a Bibi porque la sociedad israelí, al fin y al cabo, prefiere a un gobernante fuerte y fiable ante los desafíos que afronta el país. Adolfo García Ortega dice en el diario español El País: “El triunfo de Bibi es el triunfo de un contexto en el que la valentía o el miedo no deben verse como factores emocionales, sino comprensibles”. Indudablemente, con el Estado Islámico a las puertas, Hezbolá amasando misiles y Hamás preparándose para otro conflicto, el determinante Bibi era mejor para los israelíes que el WASP (White Ashkenazi Supportive for Peace) Herzog.

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En definitiva, Bibi es un político hábil, poco simpático, formado en e influido por los EEUU, al que no le tiembla el pulso ante nadie, ni siquiera ante sus más firmes y poderosos aliados, como Clinton u Obama; que ha cometido grandes errores y obtenido grandes éxitos; con luces y con sombras. Un líder que tiene siempre presente el recuerdo de su hermano, el activismo de su padre y su herencia familiar, que le presiona para escribir páginas en la historia de Israel y del pueblo judío.