Contextos

Barack Obama, Donald Trump y el islam radical

Por Michael J. Totten 

Barack Obama y Donald Trump.
"Obama está mucho más preocupado de lo necesario, y Trump no lo está lo suficiente. Un comandante en jefe que se muestre agresivo hacia los 1.200 millones de musulmanes que hay en el mundo sería una catástrofe, por un motivo que debería resultar obvio: es imposible ganar guerras contra los musulmanes radicales sin contar con la ayuda de los musulmanes moderados y amigos"

Los estadounidenses llevan debatiendo sobre el islam desde el 11-S. Quizás era inevitable que nuestros candidatos a la presidencia acabaran discutiendo sobre ello.

Ocurrió finalmente hace un par de semanas, cuando Donald Trump vapuleó a Hillary Clinton por negarse a decir las palabras islamismo radical. Clinton respondió diciendo las palabras islamismo radical.

El presidente Barack Obama es un poco más tozudo al respecto. Incluso insiste en que el ISIS, o el ISIL, como lo llaman otros funcionarios del Gobierno, “no es islámico” en absoluto.

Por supuesto que el ISIS es islámico. La primera letra de ISIS significa islámico.

Cualquier persona alfabetizada que conozca el significado de las letras y las palabras tiene que reconocer, como mínimo, que el ISIS afirma ser islámico. Lo que es segurísimo es que no es cristiano, ni judío. Tampoco es budista, hindú o zoroástrico. Ningún ser humano del planeta cree que el ISIS es ateo.

Obama habla como si viviera en una tierra de fantasía. “A menos que esté dispuesto a debatir y hablar sobre la verdadera naturaleza del problema, y llamar al problema del terrorismo islámico por su nombre, jamás va a resolverlo”, dijo Trump.

“¿Qué se consigue, exactamente, utilizando esa etiqueta?”, respondió Obama con enfado. “Referirse a una amenaza con otro nombre no hará que ésta desaparezca (…) Ningún asesor me ha dicho una sola vez: oye, si usamos este término vamos a darle completamente la vuelta al asunto. Si alguien cree de verdad que no sabemos contra quién estamos luchando, si hay alguien ahí fuera que cree que estamos confundidos respecto a quiénes son nuestros enemigos, menuda sorpresa para los miles de terroristas que hemos eliminado del campo de batalla”.

Por supuesto que Obama sabe contra quién estamos luchando y por qué. Lleva más de un año bombardeando al ISIS en Siria e Irak. Lo ha estado haciendo de mala gana, sin duda; pero no está bombardeando a los cristianos, los judíos, los drusos, los yazidíes y los alauitas de Oriente Medio.

Y tiene bastante razón en que no estamos perdiendo porque no esté utilizando la expresión islam radical. Aunque Obama cambiara de opinión y la utilizara a diario durante el resto de su vida, nada cambiaría lo más mínimo en el campo de batalla.

Lo que está haciendo es tomar el relevo del expresidente George W. Bush, que decía constantemente que el islam es una “religión de paz”.

Trump dice que eso es corrección política, y que eso nos está matando, pero se trata de algo más. Es corrección diplomática.

“Hay razones de peso por las que Obama –y el presidente George W. Bush antes que él– no se refieren a los yihadistas en términos explícitamente islámicos”, escribe Eli Lake en Bloomberg. “No es que estén acobardados por la corrección política. Es más bien que la guerra general contra el terrorismo islámico requiere el apoyo tácito, y a veces activo, de muchos musulmanes radicales”.

Lake pone el ejemplo del Despertar de Al Anbar durante la estrategia de contrainsurgencia del general David Petraeus en Irak, cuando todos y cada uno de los líderes tribales del oeste de esa provincia iraquí se alinearon con los soldados y marines estadounidenses contra Al Qaeda. “Esos jeques eran devotos musulmanes”, escribe Lake. “Muchos de ellos pensaban que los apóstatas debían ser castigados por el Estado y que los padres tenían la obligación de concertar matrimonios para sus hijas”.

Tiene razón. He pasado más tiempo del recomendable para mi salud en las ciudades iraquíes de Faluya y Ramadi. Esos lugares vivían dolorosa e incluso brutalmente en el atraso. No todos los musulmanes que viven allí son unos fanáticos, pero no podría definir a casi ninguno como progresista o cosmopolita sin que me temblase el rostro.

Después está Arabia Saudí. Estados Unidos tiene una alianza transaccional con la Casa de Saúd desde los años treinta. Los saudíes han suministrado petróleo al mundo a cambio de seguridad estadounidense. Desde entonces, Washington y Riad han estrechado sus lazos por otros motivos. Compartimos con ellos muchos intereses geopolíticos, en especial en lo referente a Irán.

Los saudíes son más o menos una especie de aliados, y sin embargo presiden y promueven la secta más puritana del islam suní, la wahabí, fundada por Mohamed ben Abd al Wahab en el siglo XVIII. Los saudíes han invertido enormes cantidades de dinero en difundir esta nociva y peligrosa versión del islam por todo el mundo. Es un grave problema, y hace mucho tiempo que los estadounidenses deberían haberles exigido que pararan o que se enfrentaran a las consecuencias, pero los saudíes son, sin embargo, útiles de otras maneras, y lo han sido durante casi cien años. 

De modo que sí: tenemos como aliados tanto a musulmanes fanáticos como a moderados y liberales, y Obama, como Bush antes que él, se resiste a apartarlos. Los presidentes estadounidenses tienen que sopesar las consecuencias diplomáticas de sus palabras. Los periodistas, los intelectuales, los activistas y los historiadores, no.

El inconveniente es que a la gente no le gustan los líderes que parecen ajenos a la realidad. Y Obama le preocupa eso más de lo necesario. Lo único que tiene que hacer es ser honesto y razonable. Solo tiene que aclarar, como hizo el exsecretario de Defensa Donald Rumsfeld cuando estaba bombardeando a los talibanes en Afganistán, que “la guerra contra el terrorismo no es una guerra contra una religión”.

La población de Oriente Medio está entre las menos políticamente correctas del mundo. El propio concepto occidental de corrección política resulta absurdo en Oriente Medio. Son mucho menos sensibles, en el sentido progresista de la palabra, que casi cualquier estadounidense. Y saben, vaya si lo saben, que el ISIS es islámico. No estamos ganando puntos de cara a nuestros aliados del mundo musulmán por negarlo, ni les estamos alejando por reconocerlo.

El Gobierno de Estados Unidos sí alejaría sin duda a nuestros amigos y aliados si hubiese un fanfarrón intolerante y grandilocuente en la Casa Blanca, pero llamar al Estado Islámico “islámico” no se encuentra ni siquiera en el mismo meridiano que la intolerancia o la grandilocuencia.

Digan lo que digan Obama y Trump, los demás tenemos que entender bien una cosa. En un extremo del espectro estadounidense está el concepto de que el islam es una religión de paz, mientras que el otro extremo insiste en que es una religión de guerra y yihad. Ambos extremos tienen razón, y ambos están equivocados. El islam no es una entidad monolítica, o no lo es más que el cristianismo.

La somalí y exmusulmana Ayaan Hirsi Ali explica esto mejor que casi nadie en su último libro: Reformemos el islam, que reseñé el año pasado para Commentary.

Ella divide a los musulmanes en tres grupos, obviando las distinciones teológicas y culturales entre los suníes y los chiíes y entre sectas menores como la wahabí y la sufí. También deja a un lado las diferencias nacionales entre países como Kosovo y Azerbaiyán, donde casi todo el mundo es laico, y ámbitos ultraconservadores como Arabia Saudí, donde casi nadie lo es.

Primero están los que ella llama musulmanes de La Meca, personas tradicionales y sumamente pacíficas, inspiradas por el benigno ejemplo de Mahoma en los albores de la religión, cuando vivía en La Meca e invitaba cortésmente a los demás a que le siguieran. La mayoría de los musulmanes de todo el mundo entra en esta categoría.

Después están los musulmanes de Medina, la minoría habitualmente violenta que sigue el ejemplo de Mahoma cuando vivía en Medina y agredía a todo aquel que se negara a convertirse. Entre los musulmanes de Medina se encuentran los Hermanos Musulmanes, Hamás, Al Qaeda, Hezbolá, el ISIS y los ayatolás de Irán.

Ambos tipos de individuos son genuinamente musulmanes. Los dos pueden citar el Corán para respaldar sus creencias y su conducta. Los dos pueden decir que están siguiendo el ejemplo de Mahoma. 

El tercer grupo que cita Hirsi Ali es el de los disidentes como ella. Algunos son exmusulmanes, mientras que otros son reformistas –incluidos imanes y respetados académicos– que están haciendo todo lo posible por modernizar la religión y desacreditar a los musulmanes de Medina.

Insistir en que los musulmanes de Medina no son musulmanes, además de resultar incorrecto, carece de sentido. Puede ser defendible como ficción diplomática, pero también es innecesario. Los disidentes y los reformistas saben muy bien quiénes son y a qué se oponen. No tendrían que reformar la religión si no necesitara reformarse. También saben perfectamente que el Estado Islámico es islámico. Estas personas son nuestros mejores amigos en el mundo islámico, y no se van a ofender lo más mínimo si Obama o cualquier otro llama “terrorista islamista” a un terrorista islamista. 

Los saudíes no romperían la alianza aunque la Casa Blanca llamara a las cosas por su nombre. Al fin y al cabo, nos necesitan más de lo que les necesitamos. Personas como los jeques de la provincia de Anbar no van a negarse a trabajar con un presidente estadounidense por que éste utilice expresiones como islam radical, siempre y cuando la Casa Blanca deje claro que no está en guerra con toda una religión.

Obama está mucho más preocupado de lo necesario, y Trump no lo está lo suficiente. Un comandante en jefe que se muestre agresivo hacia los 1.200 millones de musulmanes que hay en el mundo sería una catástrofe, por un motivo que debería resultar obvio: es imposible ganar guerras contra los musulmanes radicales sin contar con la ayuda de los musulmanes moderados y amigos.

© Versión original (inglés): World Affairs Journal
© Versión en español: Revista El Medio