Contextos

Así racionalizan la victoria siria de Putin

Por Noah Rothman 

Vladímir Putin, presidente de Rusia.
"Es justo decir que la aventura siria ha sido un triunfo para Vladímir Putin. Hoy, la posición de Asad no está ni mucho menos clara. Sus fuerzas han empezado a recuperar ciudades y territorios clave de manos de los rebeldes contra Damasco, y están cercando la ciudad de Alepo, tomada por los rebeldes. Moscú ha preservado su régimen cliente en Siria, ahora en gran deuda con el Kremlin. El Kremlin se ha asegurado la última base mediterránea postsoviética de Tartús. Han garantizado que la práctica de utilizar armas químicas contra los civiles, al no haber provocado un cambio de régimen, volverá a tener lugar. Y dejado en evidencia que la intervención rusa no tenía nada que ver con la derrota del ISIS –extravagante idea que han repetido los apologistas más útiles del Kremlin en Occidente sólo para justificar su adhesión al no intervencionismo– sin que haya habido consecuencias"

Para los defensores del proceso diplomático, que para muchos es un fin en sí mismo, las victorias inequívocas son muy contadas. De ahí que algunos de ellos hayan acogido el anuncio por sorpresa del Kremlin sobre la retirada de las fuerzas rusas desplegadas en Siria como un triunfo incontestable.

“Obviamente, esperaremos a ver si Rusia lleva hasta el final su retirada de Siria, pero de ser así, sería una gran reivindicación de la diplomacia“, afirmó Max Fisher, de vox.com. “Siempre hubo indicios de que Putin carecía de estrategia militar y de que, sobre todo, perseguía intereses estrictamente políticos”.

Es una extraña manera de ver la intervención de Vladímir Putin en la guerra civil siria si, como admite el propio Fisher, el anuncio de Moscú supone un auténtico cambio en su política. Presumiblemente, el analista político de vox.com se refiere al alto el fuego negociado a finales de febrero entre la mayoría de las facciones que luchan en Siria, salvo insurgentes terroristas islámicos como el ISIS o el Frente al Nusra, vinculado con Al Qaeda. Habría sido un logro encomiable si hubiese cesado la batalla en Siria, pero lo más que se puede decir es que fue una modesta tregua. De hecho, hay documentados más de 500 incumplimientos del alto el fuego desde que entró en vigor, el 27 de febrero, según los observadores de la Red Siria para los Derechos Humanos. La responsabilidad de muchas de esas vulneraciones del alto el fuego se ha atribuido directamente al régimen de Damasco, al que están apoyando las tropas expedicionarias de Vladímir Putin.

Sin embargo, el punto de vista de Fisher es al parecer compartido por muchos en el Ala Oeste de la Casa Blanca. “Están desbordados. Están sudando sangre”, dijo el presidente a Jeffrey Goldberg, de The Atlantic, en el exhaustivo “The Obama Doctrine”. Goldberg observaba ahí que la postura oficial del Gobierno respecto a Siria no ha sufrido grandes cambios desde que Rusia iniciara sus operaciones militares directas contra los opositores del régimen de Bashar al Asad, en otoño de 2015. “El intento de Rusia e Irán de sostener a Asad y tratar de apaciguar a la población les va a dejar atrapados en un atolladero, y no va a funcionar”, insistió Barack Obama en octubre.

¿Es esto así? Antes de la intervención de Rusia, Occidente estaba empezando a contemplar un mundo sin el dictador genocida de Damasco, aficionado al empleo de armas químicas. “Las autoridades de EEUU están aumentando la presión sobre Asad en cuatro direcciones. Una nueva y poderosa coalición rebelde conocida como Jaish al Fatah, o Ejército de Conquista, respaldado por Turquía, Arabia Saudí y Qatar, tomó la provincia de Idlib a finales del mes pasado”, escribió David Ignatius en The Washington Post en junio. “Si nos basamos en las tendencias actuales, es hora de empezar a pensar en una Siria post Asad“.

En resumen, es justo decir que la aventura siria ha sido un triunfo para Vladímir Putin. Hoy, la posición de Asad no está ni mucho menos clara. Sus fuerzas han empezado a recuperar ciudades y territorios clave de manos de los rebeldes contra Damasco, y están cercando la ciudad de Alepo, tomada por los rebeldes. Moscú ha preservado su régimen cliente en Siria, ahora en gran deuda con el Kremlin. El Kremlin se ha asegurado la última base mediterránea postsoviética de Tartús. Han garantizado que la práctica de utilizar armas químicas contra los civiles, al no haber provocado un cambio de régimen, volverá a tener lugar. Y dejado en evidencia que la intervención rusa no tenía nada que ver con la derrota del ISIS –extravagante idea que han repetido los apologistas más útiles del Kremlin en Occidente sólo para justificar su adhesión al no intervencionismo– sin que haya habido consecuencias.

Lo más peligroso es que el aventurismo de Vladímir Putin en Siria puede haber afianzado la impresión en algunos legisladores del Kremlin de que la Alianza Atlántica es un tigre de papel que no responderá a las provocaciones. La campaña rusa empezó con los ataques a un depósito de armas suministradas por la CIA en Siria, que reveló al mundo la existencia de una operación estadounidense encubierta destinada a armar a los rebeldes contra Asad. En los pocos meses transcurridos desde la intervención de Rusia en Siria, las fuerzas áreas y terrestres rusas han matado a cientos de combatientes alineados con EEUU. Los aviones de combate rusos han tomado como objetivo y acosado sistemáticamente a activos aéreos de EEUU y de la OTAN, e invadido el espacio aéreo de la OTAN hasta el punto de que los turcos derribaron una aeronave rusa. El efecto de esta prueba de parámetros por parte del Kremlin fue que obligó a Estados Unidos a aceptar la legitimidad de la intervención rusa en un escenario bélico en el que la OTAN ya estaba actuando. Que le pregunten a los marinos del USS Ronald Reagan lo útil que fue el acuerdo de supresión de conflictos con Rusia cuando dos bombarderos rusos volaron a 150 metros de su portaaviones sólo nueve días después de su firma.

Al involucrarse -logrando un objetivo razonablemente limitado- y al abandonar (suponiendo, de nuevo, que esas sean las órdenes del Kremlin), Rusia ha demostrado que puede hacer que Occidente acepte su intervención más allá de las antiguas fronteras soviéticas. Más aún: que esas operaciones pueden ser eficaces para asegurar los intereses de Moscú a corto plazo. Es una inversión de alto rendimiento con riesgos relativamente bajos que es muy probable que Putin repita. Si eso es una victoria para la diplomacia, no quiero ni imaginarme una derrota.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio