Revista de Prensa

Asad, vasallo de Putin

 

Bashar al Asad y Vladímir Putin, en Moscú (octubre de 2015).

El Gobierno ruso hizo público esta semana el acuerdo que ha suscrito con el dictador sirio. El documento establece una serie de cláusulas leoninas que, de hecho, otorgan a Putin carta blanca para hacer y deshacer a su antojo.

El personal y el material militar ruso pueden entrar y salir de Siria sin estar sujetos a control de las autoridades sirias, (…). Los sirios no pueden entrar en las bases rusas sin permiso. Rusia declina también cualquier responsabilidad por los daños causados por sus actividades dentro de Siria. Desde que Rusia inició su campaña de bombardeos, a finales del pasado mes de septiembre, las fuerzas de Asad han podido recuperar territorio a los rebeldes y mucha de la ayuda humanitaria al país ha llegado a su fin. Una guerra que ya parecía intratable, ahora lo parece todavía más.

Roger Cohen escribe en The New York Times un artículo muy crítico con la política llevada por Obama en la crisis de Siria. La advertencia sobre las líneas rojas marcadas a Bashar al Asad, que no fueron tomadas en consideración por el dictador sirio, sin que sufriera por ello la menor consecuencia, fue el reconocimiento de que EEUU no iba a actuar con determinación, un hecho que provocó una honda decepción entre los aliados norteamericanos en el Golfo Pérsico. A partir de ahí, la iniciativa ha corrido por cuenta de la Rusia de Putin.

La política de Putin es la política americana, porque EEUU no ha ofrecido ninguna alternativa seria. Como T. S. Eliot escribió después de Munich en 1938, “no pudimos combinar convicción con convicción, no tuvimos ideas con las cuales podríamos habernos enfrentado a las ideas opuestas a nosotros”. Siria ha sido el sangriento cementerio de la convicción americana.

Es demasiado tarde, y también una pura ilusión, esperar un cambio significativo en la política de Obama para Siria. La agonía de Alepo se prolongará. Pero el presidente debería al menos hacer algo con su poder, como sugirió Michael Ignatieff en un informe en la Escuela Kennedy de Harvard, para aumentar la acogida de refugiados sirios hasta los 65.000 de los 10.000 propuestos. Como señala el informe, “si permitimos al miedo dictar la política, los terroristas ganan”.

  • Putin ha ganado ya.

Robert Swift explica en The Jerusalem Post que las dos organizaciones terroristas no difieren en cuanto a sus objetivos finales, a pesar de las discrepancias que han puesto de manifiesto en repetidas ocasiones.

“La estrategia del Estado islámico es, en primer lugar, declarar el califato y después tratar de mantenerlo y expandirlo”, dice el profesor Asaf Moghadam, director de Asuntos Académicos del Instituto Internacional para el Contraterrorismo. Para Al Qaeda, en cambio, el califato era más un “sueño utópico distante” que requería preparación antes de ser alcanzado.

Esa preparación [la supresión de la influencia occidental en Oriente Medio y la expansión de la ideología salafista entre los musulmanes] ocupó la mayoría de los esfuerzos de Al Qaeda. El Estado Islámico se saltó esa preparación y fue directamente hacia el negocio de crear su califato cuando se proclamó Estado en el verano de 2014, después de ocupar parte del suelo iraquí.

El fracaso de la Primavera Árabe en Egipto culminó con el derrocamiento del Gobierno islamista de los Hermanos Musulmanes y el ascenso al poder del general Sisi. Desde 2011 se ha retrocedido en cuestiones importantes como la seguridad (el Sinaí es refugio de numerosos grupos terroristas), la economía y los derechos humanos. Tan sólo en el activismo ciudadano y la situación de los derechos de la mujer puede verse con cierto optimismo, sostiene la BBC. 

Y, de hecho, un reciente estudio del Fondo Carnegie para la Paz Internacional encontró que, a pesar de la represión y la censura, Abdel al Sisi ha enfrentado en promedio cinco veces más protestas que Mubarak entre 2008 y 2010.

Y aunque la directora de su programa en Medio Oriente es menos optimista que Mawy en lo que tiene que ver con la emancipación de la mujer y la desislamización de la sociedad, también apunta un motivo para la esperanza.

“Egipto tiene una población muy joven y ellos no quieren que su vida sea como la de sus padres. Quieren más libertad, mejores oportunidades económicas y un gobierno que responda a sus intereses”, le dice a BBC Mundo.

“Y todavía no se han dado por vencidos”, concluye.