Contextos

Asad o el ISIS

Por Husein Abdul Husein 

Bandera de Siria con una mano teñida de rojo estampada.
"Sustituir autocracias por democracias fue la respuesta de Washington al terrorismo tras el 11-S, pero el fracaso norteamericano dejó a Oriente Medio con dos fuerzas rivales: dictadores como Bashar al Asad y grupos terroristas como el ISIS""El modelo del déspota ilustrado, tan popular en los países no occidentales, de momento ha demostrado ser el único viable en la mayoría de países árabes"

Las dictaduras engendran frustración, que a su vez genera terrorismo. Sustituir autocracias por democracias fue la respuesta de Washington al terrorismo tras el 11-S, pero el fracaso norteamericano dejó a Oriente Medio con dos fuerzas rivales: dictadores como Bashar al Asad y grupos terroristas como el ISIS. Ahora el mundo ha de decidir entre ambos en Siria, después de que hayan colaborado para asesinar a tropas estadounidenses y minar la democracia en Irak.

Oriente Medio está en un atolladero. Por motivos socioculturales, Estados como el Líbano, Siria e Irak son incapaces de mantener Gobiernos electos. Incluso sin una guerra civil de por medio, como las de Siria e Irak, el Líbano, que es más estable, está ahogándose en la basura debido a que su vida política está en punto muerto.

Para los libaneses, los iraquíes y ahora los sirios, seleccionar a sus gobernantes siempre ha sido cuestión de elegir el menor de dos males. A menudo los ciudadanos de estos Estados comparan al malo con el feo, en vez de discutir los méritos de aquellos que son aptos para gobernar; éstos suelen ser demasiado débiles para sobrevivir al letal juego político.

A menudo, al ver sus Estados fallidos, los libaneses o iraquíes medios sugieren que un político fuerte se haga con el control, elimine a todos los rivales y dirija el país como un reloj. El modelo del déspota ilustrado, tan popular en los países no occidentales, de momento ha demostrado ser el único viable en la mayoría de los países árabes.

Desde el fracaso norteamericano en Irak y el surgimiento de países sin ley tras la Primavera Árabe, como Libia, el Yemen y Siria, el mundo ha estado buscando figuras que puedan reorganizar esos Estados, aunque ello suponga restaurar a los peores dictadores del planeta.

En Siria, el mundo cree ahora que Asad el Químico es menos salvaje que los cortacabezas del ISIS. Tanto Asad como el EI demuestran poseer capacidades de gobierno, hasta tal punto que el grupo islamista se ofreció a resolver el problema del Líbano con las basuras.

La capacidad de Asad para gobernar ha empequeñecido a sus oponentes, que se han puesto en ridículo. La oposición siria tenía la oportunidad de demostrar cierta capacidad de gobierno dirigiendo los campamentos de refugiados, recaudando fondos y creando redes de ayuda humanitaria. En cambio, la mayoría han aprovechado las donaciones para enriquecerse y hacer viajes de lujo. A menudo aparecen en televisión en calidad de expertos, no de líderes políticos con planes alternativos para dirigir su país.

Es una desgracia que los dos únicos bandos capaces de dirigir Siria tras la guerra sean Asad y el ISIS, lo que demuestra que tener un Estado funcional en Siria, Rusia, Irak o Irán siempre será a expensas de la libertad y la democracia.

También es un desgracia que el Estado de Asad esté concebido de tal forma que se desmoronaría si él no estuviera, al igual que sucedió con el Estado de Sadam Husein, que se vino abajo en abril de 2003. La solución egipcia, que es la que Estados Unidos desearía para Siria, es sustituir a Asad por otro dictador con credenciales y características similares.

Al igual que Asad, el EI está demasiado afianzado en Irak y Siria como para ser expulsado. No es una organización política o paramilitar que pueda ser derrotada, sino una situación que es consecuencia de décadas de opresión local con complicidad internacional.

La brutalidad del ISIS tampoco es ninguna novedad. En el siglo VII, el general bizantino Heraclio consintió que la turba matara a su antecesor, el general usurpador Focas. La multitud paseó el cuerpo mutilado de Focas por las calles de Estambul. En 1958, los iraquíes pasearon los cadáveres mutilados de la derrocada familia real hachemita por las calles de Bagdad.

El mundo necesita concentrar todo el poder suave que pueda para cambiar la violenta cultura de Oriente Medio y hacerlo más capaz de mantener unas instituciones públicas responsables. Al mismo tiempo, la comunidad internacional debería fomentar la formación de un Gobierno sirio en el exilio, con su burocracia y sus fuerzas de seguridad, antes de implantarlo en territorio sirio protegido, fuera del control de Asad y del ISIS.

El modelo de Ginebra I para la transición de Asad a un Gobierno de unidad nacional –un plan que las potencias mundiales discutieron en Viena el pasado viernes– sólo es más de lo mismo. Es algo que ya se intentó en el Líbano y en Irak, y en ambos casos tuvo como resultado unos Estados fallidos.

Norteamérica debería ayudar a democratizar Oriente Medio, del mismo modo en que creó unas vigorosas democracias en la Europa nazi y el Japón fascista.

El presidente Obama prefiere soluciones fragmentarias porque cree que Norteamérica no puede construir el mundo mientras cuida de sí misma. Pero cuando gobernaban grandes presidentes como FDR y Harry Truman, Estados Unidos sabía andar y mascar chicle al mismo tiempo. Roosevelt sacó al país de la peor depresión de su historia al tiempo que sacaba al mundo de sus días más oscuros.

Sin un esfuerzo encabezado por Estados Unidos para transformar Oriente Medio de región medieval en moderna, lo más probable es que el Líbano, Siria, Irak e Irán sigan en guerra, con o sin Asad y el ISIS.

© Versión original (en inglés): NOW
© Versión en español: Revista El Medio