Contextos

Arqueología en Israel

Por Juan Antonio Cabrera Montero 

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"Israel, que está a la vanguardia en numerosos campos técnicos y científicos, es una verdadera potencia arqueológica"

No cabe duda de que el mejor modo de conocer un país es a través de sus gentes, su historia y su cultura. El turismo ayuda poco, debido a los estereotipos que intentan explotar las agencias. Hasta mediados de los años noventa, había tenido, como cualquier persona de raíces judeocristianas, la oportunidad de conocer Israel a través de su historia, su religión, sus tradiciones. Entonces se me ofreció la posibilidad de conocerlo desde dentro, literalmente.

La Universidad Complutense de Madrid había firmado un acuerdo de colaboración con la Universidad Hebrea de Jerusalén para continuar las excavaciones de Hazor (Tel el Quedah), que habían sido iniciadas por Yigael Yadin a mediados de los años cincuenta. En verano, durante seis semanas, un grupo de estudiantes, principalmente del departamento de Filología Hebrea, dirigidos por María Teresa Rubiato, se unía a la campaña arqueológica. El ambiente era muy heterogéneo, en cuanto a origen, preparación e intereses de los participantes, pero la convivencia siempre fue buena y enriquecedora.

La arqueología, conviene recordarlo, no consiste en montarse a caballo, ponerse un sombrero y adentrarse en no sé qué cuevas; tampoco se trata de horadar la tierra para ver si por casualidad encontramos piezas que puedan decorar algún museo. Es una ciencia y, como tal, debe ser planificada y ejecutada de manera seria, pausada y crítica. Israel, que está a la vanguardia en numerosos campos técnicos y científicos, es una verdadera potencia arqueológica. En un territorio relativamente pequeño, 22.145 km2, hay actualmente más de 70 yacimientos arqueológicos. En gran parte de ellos se sigue excavando, y los interesados pueden participar en las campañas que se efectúan cada año, generalmente en verano. Se trata de una oportunidad única para conocer el pasado y el presente de Israel. Su historia y las modernas técnicas de interpretación de los datos arqueológicos. La fatiga cotidiana de trabajar muchas horas bajo el sol se combina con la satisfacción del contacto directo con restos materiales de las culturas –según lugares– cananea, israelita, helenista, romana, islámica y cruzada.

La tierra donde todo comenzó no deja de sorprender y enseñar. De ahí la importancia que en las últimas décadas se ha otorgado a la arqueología en Israel.

A nadie se le escapan los interesantes hallazgos que ofrecen cada año las excavaciones, pero junto a ellos surgen interpretaciones, no siempre científicas, que sirven la polémica en bandeja. La arqueología ha sido utilizada, no siempre convenientemente, con otras finalidades. De este modo, algunos datos han sido interpretados, con demasiada frecuencia, de manera tendenciosa por quienes pretendían dar una veracidad histórica, de la que carece en términos estrictos, a la Escritura –recuérdese el éxito de aquel nefasto libro Y la Biblia tenía razón, de W. Keller–. También, en el ámbito político, no pocas veces se ha intentado establecer una línea directa, inexistente, entre quienes vivieron en aquellas siempre inestables tierras de Oriente Medio y los actuales habitantes de las mismas.

Uno de los aspectos más interesantes de la arqueología del antiguo Israel viene de la posibilidad de conocer de primera mano los lugares y los ambientes que han configurado nuestra civilización, algo que va más allá de la localización de un determinado lugar relacionado con tal o cual acontecimiento histórico. Así, poder reconstruir la cultura cananea, conocer los primeros vestigios históricos del pueblo de Israel o analizar las primeras huellas que dejó el cristianismo en la región donde surgió supone una fuente de enriquecimiento no sólo cultural, también espiritual. Hacerlo en modo crítico, como nos lo permite la arqueología, sin sentimentalismos ni fundamentalismos, es la mayor satisfacción que pueda obtenerse, aun a riesgo de pasar como un descreído o un relativista a los ojos de quienes creen estar en posesión de la verdad, a través, supongo, de algún tipo de revelación arcana.

Aquella experiencia en tierras de la Biblia me permitió no sólo conocer una sucesión de pueblos y culturas, ir colmando poco a poco –nunca se concluye esta tarea– el deseo de saber más y creer mejor; también, descubrir en primera persona, sin intermediarios –a menudo tendenciosos–, cómo es la sociedad israelí actual. Fueron tiempos duros, los atentados estaban a la orden del día, Isaac Rabin fue asesinado, la segunda Intifada se estaba gestando, pero Israel se presentaba como algo más que violencia o conflicto. Aparecía como en realidad es: un país moderno, radicalmente distinto a los que lo rodean, con una juventud preparada y comprometida, una oferta cultural envidiable… Una imagen, pues, bien alejada del conflicto eterno que nos presentan a menudo los medios de comunicación.

Recuerdo que una de las primeras conclusiones que fui elaborando tenía que ver con mi rechazo, que venía de atrás, a llamar a aquella zona Tierra Santa. Como reclamo espiritual y turístico puede funcionar; como realidad, ciertamente, no. Desde aquellas primeras experiencias, a las que siguieron otros viajes con objetivos diferentes, me esforcé en no idealizar, en no traducir, en no interpretar mis ideas preconcebidas con la realidad que se me presentaba a la vista. A ello, sin duda, me ayudó el sano escepticismo que produce la verdadera arqueología.