Contextos

Arafat, hombre de Washington

Por Lee Smith 

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"Arafat es el astuto héroe de esta historia, el Ulises árabe que salva o engaña, alternativamente, al gran poder imperial, América, para poder así alcanzar su único objetivo: erigir un Estado palestino en Gaza y la Margen Occidental""No está claro que los israelíes comprendieran totalmente cuán cerca estaba EEUU de Arafat""Lo que Arafat, padre del terrorismo árabe, les ofrecía era una fuerza sobre el terreno, con hombres y armas, que tomaba sus propias decisiones. A diferencia de otras facciones palestinas, no estaba en deuda con Moscú ni era propiedad de Siria, Egipto o cualquier otro Estado árabe""Rabin, que se convertiría en el padre de los Acuerdos de Oslo, 'señalaba que la propuesta de un Estado palestino independiente en la Margen Occidental no tenía la menor posibilidad de éxito'"

De los 1,7 millones de mensajes desclasificados –unos 700 millones de palabras– del Departamento de Estado de los denominados Cables de Kissinger, fechados entre 1973 y 1976, que puso online Wikileaks la semana pasada, uno de ellos registra el viaje a Beirut del senador por Maryland Charles Mac Mathias en abril de 1976 para encontrarse con Yaser Arafat. Al término de esa reunión, un periodista del séquito de Arafat criticó la política regional de Washington y le dijo al senador que, a diferencia de la Unión Soviética, Estados Unidos no tenía una política estratégica para Oriente Medio, “sólo tácticas”.

El cable señala que el senador se quedó muy impresionado por esa observación. Fue, como declaró posteriormente el personal de la embajada en Beirut, “la parte de la entrevista que más destacó y le impresionó”. Pero lo cierto, como muy bien sabían los agentes del servicio exterior, era que Estados Unidos sí tenía una estrategia para Oriente Medio, y, al menos durante esos años, Arafat desempeñó un papel central en ella.

Durante los últimos días  he leído cientos de estos vívidos y bien documentados mensajes –a menudo escritos con el estilo abreviado típico de las notas diplomáticas–, que nos abren una ventana hacia este fascinante periodo de la política estadounidense en Oriente Medio. Una de las que nos narran estos documentos es una historia casi épica sobre Washington y los palestinos, en la que Israel desempeña un papel mucho menor de lo que haría suponer la famosa “relación especial” entre EEUU y el Estado judio. Arafat es el astuto héroe de esta historia, el Ulises árabe que salva o engaña, alternativamente, al gran poder imperial, América, para poder así alcanzar su único objetivo: erigir un Estado palestino en Gaza y la Margen Occidental.

Los diplomáticos estadounidenses sabían que Arafat era un terrorista, responsable no sólo de la muerte de israelíes, sino de diplomáticos americanos como el embajador Cleo Noel, asesinado en Jartum en 1973 por orden de aquél. Pero Washington lo pasó por alto para poder ganar lo que consideraban, correctamente, una partida mucho más importante: la Guerra Fría.

Durante los años de Kissinger, lo que a los estadounidenses más les importaba de Oriente Medio era el Golfo Pérsico, debido a sus vastos recursos energéticos. El Mediterráneo Oriental interesaba sólo en tanto en cuanto era otro escenario donde combatir a los soviéticos. Así las cosas, Kissinger consideraba a los israelíes aliados estratégicos capaces de derribar piezas fundamentales para la potencia comunista, empezando por Egipto, que tras la guerra de 1973 pasó del bando soviético al estadounidense. Pero que Israel fuera un socio apreciado por Estados Unidos no significa que Washington diera la espalda a figuras árabes capaces de servir a unos intereses mayores y desbaratar las ambiciones regionales de Moscú. Los cables muestran que los estadounidenses estaban deseosos de tener a Arafat de su parte.

No está claro que los israelíes comprendieran totalmente cuán cerca estaba EEUU de Arafat y su organización. Por ejemplo, Israel creyó durante mucho tiempo que el jefe de inteligencia del futuro rais, Alí Hasán Salameh, uno de los cerebros del asesinato de once atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Múnich (1972), era agente de la CIA. Lo cierto es que Salameh, denominado el Príncipe Rojo, desempeñaba un papel mucho mayor en la relación entre Estados Unidos y Arafat: era uno de los principales intermediarios entre ambos y un símbolo de la naturaleza de ese vínculo.

Los mensajes muestran que, dos años después de Múnich, el embajador estadounidense George McMurtrie Godley se reunió con Salameh (descrito en los cables como “asesor de seguridad” de Arafat) para negociar el tamaño del séquito que el líder palestino llevaría a la reunión de la Asamblea General de la ONU, y cuántos estarían autorizados a portar armas. Según se relata en el cable, cuando la embajada explicó que ninguno de ellos podría introducir armas en los Estados Unidos, “Salameh simuló horrorizarse y afirmó que ‘Arafat ya ha concebido la idea de que el GE [Gobierno estadounidense] trata de obligarle a que cambie su idea de aparecer en la AGNU [Asamblea General de las Naciones Unidas] retrasando los visados para su equipo y denigrando’ su orgullo y su imagen”. El intermediario palestino señaló al embajador que Fidel Castro “había aparecido con un arma en Nueva York”. Al final, Arafat se salió con la suya y acudió armado a la Asamblea, donde, como se recordará, invitó a su audiencia a que eligiera entre una rama de olivo y la pistola que llevaba al costado.

Los estadounidenses no eran estúpidos ni ingenuos. Cuando Arafat envió a Salameh a que se encontrara con ellos, les estaba diciendo quién era, cuáles eran sus métodos y sus objetivos. Al aceptar reunirse con su representante, básicamente le dieron el visto bueno. El terrorismo, desde su punto de vista, no suponía un obstáculo insalvable; al fin y al cabo, Washington se encontraba inmerso en una lucha a vida o muerte con otra superpotencia nuclear. Comparado con un ataque mutuo con armas atómicas que arrasaran grandes centros de población estadounidenses, soviéticos y europeos, el terrorismo árabe era algo insignificante. Así se pone de manifiesto en el cable que el embajador Godley envió tras la matanza de Maalot, en 1974, en la que miembros del Frente Democrático para la Liberación de Palestina mataron a 25 rehenes israelíes, entre ellos 22 niños:

Las consecuencias que tendrá a largo plazo la tragedia de Maalot para el movimiento fedayín y las relaciones árabe-israelíes resultan incluso más preocupantes que la pérdida de vidas jóvenes y la angustia de la nación israelí.

El diplomático estadounidense podía haber añadido que las implicaciones para los intereses de Washington respecto a los soviéticos, quienes controlaban en gran medida a los fedayines, eran también muy graves. Por eso Godley explicaba en el mismo mensaje que Estados Unidos trataba de “controlar a los elementos extremistas entre los fedayines (…) y canalizar la acción (…) de los miembros más moderados hacia el debate político, en vez de hacia la violencia”. Arafat, desde el punto de vista de los diplomáticos estadounidenses, era uno de esos moderados, pese a que según cualquier criterio racional era un extremista. Para Washington, era moderado simplemente en virtud de que trabajaba para ellos. Lo que Arafat, padre del terrorismo árabe, les ofrecía era una fuerza sobre el terreno, con hombres y armas, que tomaba sus propias decisiones. A diferencia de otras facciones palestinas, no estaba en deuda con Moscú ni era propiedad de Siria, Egipto o cualquier otro Estado árabe. En otras palabras: Arafat se había ofrecido a los estadounidenses y ellos lo habían tomado.

Durante los años de Kissinger, Arafat fue importante para los Estados Unidos por una serie de razones. Como muestran los mensajes, Washington pensaba que podría contribuir a estabilizar el Líbano. Otro cable, en el que Salameh describe el intento de asesinato del rey Husein de Jordania por un grupo palestino rival, muestra que la organización de Arafat podía abrirles una ventana al mundo del terrorismo internacional, ampliamente apoyado y financiado por su rival durante la Guerra Fría, la Unión Soviética. Y, lo que es más importante, Estados Unidos quería poner fin al conflicto árabe-israelí, que, sospechaba, dañaba su prestigio regional y el de sus aliados, que podrían verse obligados a cambiar de bando y pasarse a Moscú.

Kissinger y su Departamento de Estado pensaban que resolviendo el conflicto podrían ganarse la buena voluntad de los árabes y perjudicar a los soviéticos, y para ello su mejor baza era Arafat. Lo que éste quería a cambio, según un cable de 1974, era el apoyo estadounidense “al concepto de ‘Autoridad Nacional’ palestina en la Margen Occidental y Gaza”. Hay que destacar que Arafat acuñó aquí los términos exactos que serían adoptados dos décadas después. Sin embargo, a mediados de los 70 el problema era que dos de los principales aliados de Washington en la región estaban en contra de ese concepto: tanto Israel como Jordania pensaban que la idea de que los palestinos se gobernaran a sí mismos era absurda. Los jordanos, como se explicaba en otro cable, creían que, “a largo plazo, los israelíes preferirían llegar rápidamente a un acuerdo con Jordania antes que permanecer a la espera y dejar el camino libre a Arafat o a alguien como él”.

El Estado hachemita, naturalmente, tenía otro motivo para desear guardarse la carta palestina: estaba luchando con sirios y egipcios por la influencia en la región. Pero su análisis era correcto, los israelíes no querían tener nada que ver con el líder palestino. Otro telegrama de la época describe un encuentro entre el embajador estadounidense en Israel y el ministro israelí de Defensa, Simón Peres, quien “confirmó la negativa de su país a negociar con la OLP o a aceptar un Estado palestino en la Margen Occidental”. “¿Por qué provocar una tragedia sólo por unas buenas relaciones públicas?”, se preguntaba el futuro autor de The New Middle East (El nuevo Oriente Medio).

El entonces ministro de Trabajo, Isaac Rabin, expuso sus objeciones en los términos más enérgicos, registrados en un cable de 1974. Rabin, que se convertiría en el padre de los Acuerdos de Oslo, “señalaba que la propuesta de un Estado palestino independiente en la Margen Occidental, en el contexto de una asociación entre Jordania e Israel, no tenía la menor posibilidad de éxito, debido sobre todo a la hostilidad de los palestinos hacia el Estado judío. No podrían, por consiguiente, ser embaucados para llegar a un acuerdo en el cual se les concedería independencia nominal bajo los auspicios de las fuerzas de seguridad israelíes, y probablemente también de las jordanas”.

Excepto que ése es exactamente el acuerdo que Rabin firmó en 1993, unos 20 años después de que Arafat pariera la idea. Los estadounidenses lo patrocinaron, no sólo como parte del dividendo de paz, sino, como ahora podemos ver, para recompensar a un valioso (si bien no siempre fiable) aliado durante la Guerra Fría. Estados Unidos obtuvo lo que deseaba: la victoria sobre los soviéticos; y también Arafat: su Autoridad Nacional Palestina sobre Gaza y la Margen Occidental. Durante un breve periodo, Israel creyó que también había conseguido lo que quería, una paz duradera con sus vecinos palestinos. Pero no hay prueba alguna, ni en los cables ni en ningún otro lugar, de que eso formara parte alguna vez del sueño de Arafat.

© Tablet. Translated and reprinted with permission.