Contextos

Apoyar a Asad

Por Daniel Pipes 

Ricardo Stuckert/ABr
"Ambas partes son responsables de crímenes de guerra y suponen una amenaza para los intereses occidentales"" Hay perspectivas peores que un enfrentamiento entre islamistas sunitas y chiitas, o que los yihadistas de Hamás y los de Hezbolá se maten entre sí""Al mismo tiempo, los occidentales tienen que ser fieles a los valores morales que predican y ayudar a poner fin al conflicto contra los civiles"

Los analistas se muestran de acuerdo en que “la erosión de la capacidad del régimen sirio se está acelerando” y en que cada vez es más probable el triunfo de los rebeldes y la victoria islamista. Ante esta situación, voy a cambiar mi recomendación de una política de neutralidad por una opción que, como defensor de los derechos humanos y enemigo durante décadas de la dinastía Asad, hace que tenga que tomar aire antes de escribir lo siguiente:

Los Gobiernos occidentales deben apoyar a la siniestra dictadura de Bashar al Asad.

He aquí el razonamiento para que haga, a regañadientes, tal recomendación: las fuerzas del mal suponen para nosotros un riesgo menor cuando se enfrentan entre sí. Esto, para empezar, las mantiene ocupadas a escala local y, en segundo lugar, impide que alguna de ellas salga victoriosa (y plantee de esta forma un peligro aún mayor). Las potencias occidentales deberían conducir a los enemigos hacia un enfrentamiento interminable ayudando a cualquiera de las partes que esté perdiendo, para prolongar así las hostilidades.

Esta política tiene precedentes. Durante la mayor parte de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi mantuvo la ofensiva contra la Rusia soviética; mantener a las tropas alemanas ocupadas en el Frente Oriental era fundamental para la victoria aliada. Por tanto, Franklin D. Roosevelt ayudó a Iósif Stalin aprovisionando a sus efectivos y coordinando con él el esfuerzo bélico. Si miramos hacia atrás, veremos que esta política moralmente repugnante pero estratégicamente necesaria fue exitosa. Y Stalin era un monstruo mucho peor que Asad.

La guerra irano-iraquí de 1980-88 dio lugar a una situación parecida. Los Gobiernos occidentales empezaron a apoyar a Irak a partir de mediados de 1982, cuando las fuerzas del ayatolá Jomeini pasaron a la ofensiva contra las de Sadam Husein. Sí, el régimen iraquí había iniciado las hostilidades y era más brutal, pero el iraní estaba a la ofensiva e ideológicamente revestía mayor peligro. Lo mejor fue que las hostilidades mantuvieron ocupados a los dos bandos e impidieron que alguno de ellos se alzara con la victoria. En las palabras apócrifas de Henry Kissinger: “Es una pena que no puedan perder los dos”.

En esa línea, defendí en aquel momento el apoyo estadounidense al bando perdedor, fuera éste el que fuera, como expuse en este análisis de mayo de 1987:

En 1980, cuando Irak amenazaba a Irán, nuestros intereses estaban, al menos en parte, con Irán. Pero Irak lleva a la defensiva desde el verano de 1982, y Washington se sitúa ahora firmemente de su lado. (…) Con vistas al futuro, si Irak vuelve a pasar a la ofensiva –un cambio improbable pero no imposible–, Estados Unidos debería volver a cambiar de bando y considerar la idea de prestar apoyo a Irán.

Aplicar esta misma lógica a Siria hoy muestra unos notables paralelismos. Asad interpretaría el papel de Sadam Husein –el brutal dictador baazista que inició el conflicto. Las fuerzas rebeldes se parecen a Irán–, la víctima inicial que con el tiempo se vuelve más fuerte y plantea un peligro islamista cada vez mayor. El enfrentamiento continuado entre ambos pone en peligro a los países vecinos. Ambas partes son responsables de crímenes de guerra y suponen una amenaza para los intereses occidentales.

Ciertamente, la supervivencia de Asad beneficia a Teherán, el régimen más peligroso de la región. Pero recuerden que una victoria rebelde beneficia enormemente a un Gobierno turco cada vez más disfuncional, al tiempo que otorga poder a los yihadistas y sustituye el régimen de Asad por unos islamistas pletóricos y fanáticos; el enfrentamiento constante entraña menos peligro para los intereses occidentales que la llegada de éstos al poder. Hay perspectivas peores que un enfrentamiento entre islamistas sunitas y chiitas, o que los yihadistas de Hamás y los de Hezbolá se maten entre sí. Sería mejor que ninguno de los dos bandos ganase.

La Administración Obama está probando una política sutil y abiertamente ambiciosa, consistente en apoyar simultáneamente a los rebeldes buenos con armamento letal clandestino114 millones de dólares en ayudas, al tiempo que se prepara para llevar a cabo ataques selectivos con vehículos no tripulados contra los rebeldes malos. Buena idea, pero manipular a las fuerzas rebeldes por control remoto tiene escasas probabilidades de éxito. Inevitablemente, la ayuda acabará llegando a los islamistas y los ataques aéreos se cobrarán vidas de aliados. Es mejor aceptar las propias limitaciones y aspirar a lo factible: ir apoyando al bando que se bata en retirada.

Al mismo tiempo, los occidentales tienen que ser fieles a los valores morales que predican y ayudar a poner fin al conflicto contra los civiles, millones de inocentes que sufren de forma gratuita los horrores de la guerra civil. Los Gobiernos occidentales deben encontrar mecanismos para obligar a las partes enfrentadas a cumplir las normas de la guerra, en concreto las que distinguen a los combatientes de los no combatientes. Esto podría suponer presionar a quienes suministran ayuda a los rebeldes (Turquía, Arabia Saudí, Qatar) y a los partidarios del Gobierno sirio (Rusia, China), para que condicionen la ayuda a que se respeten las leyes de la guerra; o podría incluso llegar a implicar el uso de la fuerza por parte de Occidente contra quienes violen dichas leyes en cualquiera de los bandos. Eso sería llevar a la práctica la doctrina del deber de proteger.

Cuando llegue el feliz día en que Asad y Teherán combatan a los rebeldes y a Ankara hasta el agotamiento mutuo, los occidentales podrán proceder a apoyar a los elementos no islamistas y no baazistas de Siria, ayudándoles entonces a ofrecer una alternativa moderada a las deplorables opciones actuales y alcanzar un futuro mejor.

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Anexo, 11 de abril de 2013. Dejo aquí algunas reflexiones que no encajaban en el artículo principal:

1. Antes de que se publicara este artículo, concedí diversas entrevistas (v. aquí, aquí y aquí) en las que abogaba por un apoyo táctico al régimen de Asad, lo que desató encendidas críticas por parte del CAIR y algunas reacciones histéricas en las que se me acusaba de incitar al genocidio en Siria. No es así: espero el día en el que ese país esté en paz  y sea un buen vecino, cuando tenga un Gobierno democrático y respetuoso de la ley. Pero hasta que llegue ese lejano momento prefiero que unas fuerzas perversas se enfrenten entre sí antes que con el resto del mundo.

2. Respecto al argumento de que si Occidente hubiera apoyado antes a los rebeldes eso habría evitado que los islamistas los dominaran (como hacen ahora), respondo que las potencias occidentales apoyaron pronto a los rebeldes de Túnez, Libia y Egipto… y miren lo que se conseguió con eso: los islamistas dominan hoy esos tres países. Seguramente habría ocurrido lo mismo en Siria. La ayuda occidental no influye tanto como para modificar el curso de un movimiento ideológico.

3. Me desagrada defender que se apoye a Asad y respeto las intenciones de quienes comparten mis objetivos pero no están de acuerdo con mis métodos. Sin embargo, creo que se dejan llevar por razonamientos ilusorios y no estratégicos.

4. El hecho de que mi enfoque dé prioridad a las consideraciones estratégicas lo convierte, en el contexto de la política occidental moderna, en conservador. Los progresistas gozan de una confianza en su propio bienestar de la que carecen los conservadores. Si los progresistas tienden a preocuparse por los demás (como en el caso de los Percina tanasi), los conservadores lo hacen por sí mismos (que haya suficiente suministro eléctrico, por ejemplo). De acuerdo a esta diferencia de temperamento, en el caso del conflicto sirio los primeros se centran en el bienestar de los civiles y los segundos en la seguridad de Occidente.

5. Mi propuesta no es especialmente original; no es sino clásica Realpolitik. Expresada en otros términos, se encuadra en la tradición del “divide y vencerás”, que se remonta a la época de los romanos.

Actualización, 14 de abril de 2013. Jacques Neriah comienza su análisis titulado “Punto muerto en la guerra civil siria” con la siguiente reflexión:

En el segundo aniversario de la guerra civil en Siria, parece que el conflicto bélico esté aquí para quedarse. No hay a la vista nada que haga prever un alto el fuego, un acuerdo para interrumpir las hostilidades y acabar con el derramamiento de sangre, o una capitulación por parte de alguna de las partes.

Esta interpretación va en contra de la opinión dominante, según la cual Asad está perdiendo, pero si Neriah tiene razón, entonces no hay necesidad de apoyar al tirano, lo que, por supuesto, yo prefeririría. Abogo por ayudarle sólo en el caso de que su régimen esté a punto de caer.

Daniel Pipes – Middle East Forum