Contextos

Apaciguando a Irán

Por Reuel Marc Gerecht 

Barack Obama y Hasán Ruhaní.
"La presidencia de Obama consiste en apaciguar a los enemigos de Estados Unidos, que, en la cabeza del presidente y de quienes le rodean, han sido históricamente violentados por el imperio americano. En la cosmología de Obama, los clérigos iraníes, los comunistas cubanos y los chovinistas chinos son todos víctimas del abuso y la explotación de Estados Unidos y Occidente. Ningún acuerdo con ellos debería exigir reciprocidad, ya que están en desventaja y Estados Unidos es la superpotencia. La diplomacia, según esta visión, no puede separarse de la expiación de los antiguos pecados. Es una modalidad de trabajo social. La doctrina Obama –'es que no lo conseguiremos'– es una consecuencia inevitable de dicha culpa"

Los presidentes de Estados Unidos siempre se interesan emocional y políticamente por el sufrimiento de los rehenes americanos en el extranjero. En su compasión y paternalismo, Barack Obama es igual que Ronald Reagan, que negoció con Irán la venta de misiles Hawk a cambio de la liberación de americanos retenidos por los libaneses Hezbolá, el vástago secuestrador más eficaz y obediente del régimen clerical. Gracias a la diplomacia del presidente Obama, cinco americanos que languidecían en cárceles iraníes han podido volver a casa. Los inconvenientes, sin embargo, deberían resultar evidentes, ya que esos americanos inocentes fueron intercambiados por siete iraníes e iraníes-americanos que habían sido condenados por pasar tecnología ilegal –en algunos casos, tecnología nuclear de doble uso– a Teherán. (La Administración también acordó retirar a otros 14 de la lista de buscados por la Interpol). El último acuerdo refleja un problema mayor de la diplomacia del presidente respecto a los regímenes conflictivos. Durante la mayor parte de su mandato, Obama ha llevado a cabo una práctica que podríamos definir así: “Eso no lo vamos a conseguir”.

Este enfoque ha sido especialmente debilitante en el caso de la República Islámica. El pregonado acuerdo nuclear de la Administración con Irán, al fin y al cabo, levanta las sanciones mientras que acepta una gran capacidad de enriquecimiento que con el tiempo no hará sino crecer. El Plan Integral de Acción Conjunta se ha distinguido por ser el acuerdo sobre control de armas más deficiente en la historia de Estados Unidos, ya que, a diferencia de sus predecesores, se compromete a acabar con las restricciones en un plazo de 15 años. Históricamente, el objetivo de los acuerdos de control de armas ha sido imponer límites significativos y permanentes a las aspiraciones nucleares de la otra parte. Cuando los críticos con la Administración pidieron unas condiciones más restrictivas, el presidente y sus defensores encogieron los hombros y dijeron: “Es que eso no lo conseguiremos”, accediendo preventivamente a las demandas de los iraníes por temor a que los mulás se diesen media vuelta.

El trueque de rehenes por criminales es el último ejemplo de un patrón que resulta demasiado familiar. La Casa Blanca había pedido anteriormente la liberación inmediata (es decir, incondicional) de todos los prisioneros americanos. Fue el presidente de Irán, Hasan Ruhaní, quien insinuó la posibilidad de intercambiar a los americanos por iraníes e iraníes-americanos retenidos en Estados Unidos. Es útil recordar que Ruhaní fue el hombre clave del régimen clerical en el escándalo Irán-Contra y el intercambio de misiles por rehenes y, según las memorias del expresidente Alí Akbar Hashemi-Rafsanyani, siempre estuvo ansioso por exigir más a cambio de la liberación de los rehenes americanos.

La República Islámica se ha ceñido pacientemente a sus líneas rojas durante la presidencia de Ruhaní. Se negó a aceptar que la retención de americanos fuese una clamorosa violación de las leyes internacionales y de las prácticas persas (prerrevolucionarias). Por supuesto, la Administración volvió a doblegarse. En lugar de mantenerse fiel a su exigencia de que fuesen liberados todos los rehenes y dejar claro que las sanciones no se suavizarían hasta entonces, el presidente Obama pidió clemencia para los iraníes e iraníes-americanos que habían violado la ley estadounidense. La respuesta que se dio a los críticos que pidieron mejores condiciones fue: “Es que no lo conseguiremos”.

La doctrina permisiva y pasiva de Obama ha encontrado aplicación en todas partes, y más notablemente en Cuba. Estados Unidos normalizó las relaciones con la Isla sin exigir ningún cambio fundamental en el tratamiento de la dictadura cubana hacia sus ciudadanos. Al presentar su triunfo diplomático, la Administración denigró la duradera política de Estados Unidos de no revisar sus relaciones con Cuba hasta que el régimen de Castro no iniciara reformas importantes. Estados Unidos ha impuesto sanciones a Cuba durante décadas no a pesar de que Cuba oprimiera a su pueblo, actuara como sustituto de la potencia soviética durante la Guerra Fría e hiciera tanto por desestabilizar América Latina, sino por todo ello.

La Administración Obama no exigió nada a Cuba por la simple y llana razón de que probablemente La Habana habría rechazado sus demandas, y por lo tanto acabado con la esperanza de Obama de una nueva era diplomática.

Buena parte de los comentaristas celebran el intercambio y el acuerdo nuclear como una señal de que los llamados pragmáticos iraníes estaban superando a sus detractores más duros. Todos los Gobiernos sufren de faccionalismo, incluido el de Estados Unidos. La República Islámica es el único régimen que ha convertido su política faccional en una excusa para su mala conducta internacional. Cada vez que el régimen clerical lleva a cabo prácticas inaceptables –por ejemplo, humillar públicamente a los marineros de Estados Unidos que capturó en el mar–, una cascada de comentaristas americanos, por no hablar de los funcionarios de la Casa Blanca, culpan al sector duro de querer perjudicar al presidente Ruhaní. Se desaconsejan siempre las acciones americanas enérgicas porque eso haría “sufrir” a los moderados en Teherán; la contención americana, por otra parte, refuerza la posición interna de los moderados, presumiblemente porque el sector duro no se verá ofendido por la agresión americana y será más receptivo a la sensatez de los moderados.

La Administración Obama nunca ha planteado, en realidad, un relato de moderados vs línea dura ni, para el caso, lo han hecho los partidarios del presidente en los medios y la Academia, donde algunos saben persa y podrían presentar un caso histórico para argumentar, por ejemplo, que Hasan Ruhaní es un moderado que ya no ve a Estados Unidos como el principal y definitorio enemigo de la república islámica. Por qué la política exterior americana debería estar sujeta al éxito de los actores más débiles del régimen iraní, y no con los que tienen las pistolas, ni se pregunta ni se explica. Es una ironía subestimada de la presidencia de Obama que los moderados en su mandato sean los mismos –exactamente los mismos– que los de la época del Irán-Contra de Reagan.

La Administración Obama y los defensores en el Congreso del intercambio de rehenes y el acuerdo nuclear deberían tener en cuenta las recientes y graves descalificaciones que ha hecho el Consejo de Guardianes de Irán de los candidatos parlamentarios moderados para las próximas elecciones. Podrían tener en cuenta que su política de colaboración ha producido dentro de Irán lo contrario de lo que pretendían. Cuanto más expresan Obama y otros líderes occidentales sus esperanzas de que el acuerdo nuclear pueda ser el comienzo de una mejor relación entre la República Islámica y Occidente, más retroceden Jamenei y su Guardia Revolucionaria en sus compromisos y más reprimen a quienes quieren en Irán unos vínculos más estrechos con Occidente, o solo quieren más comercio e inversiones occidentales para construir la potencia islámica iraní (la facción de Ruhaní).

Ya se ha pasado el tiempo de que el clerical sea tratado como cualquier otro régimen: cuando viola las convenciones internacionales, debe ser responsabilizado como una nación-Estado. Irán es un país, y el régimen clerical tiene un líder indiscutido. La República Islámica no es una serie de facciones y milicias beligerantes al modo de una república bananera. La política exterior americana sería más contundente y eficaz si Washington hiciera saber a Teherán que los americanos ya no van a caer más en la dinámica de poli bueno, poli malo. Eso no significa que no haya verdaderas diferencias entre los miembros de la élite dirigente revolucionaria, y mas aun entre la élite dirigente y la clase media educada; Estados Unidos, como Gobierno, no debería hacer de la psicología y la psiquiatría su política exterior. Pero eso podría limitar las conversaciones entre el secretario de Estado, John Kerry, y el ministro iraní de Exteriores, Mohamed Javad Zarif, que tiene un gran olfato para saber cuándo utilizar la munición de los-moderados-frente-a-la-línea-dura contra los occidentales.

En esencia, la presidencia de Obama consiste en apaciguar a los enemigos de Estados Unidos, que, en la cabeza del presidente y de quienes le rodean, han sido históricamente violentados por el imperio americano. En la cosmología de Obama, los clérigos iraníes, los comunistas cubanos y los chovinistas chinos son todos víctimas del abuso y la explotación de Estados Unidos y Occidente. Ningún acuerdo con ellos debería exigir reciprocidad, ya que están en desventaja y Estados Unidos es la superpotencia. La diplomacia, según esta visión, no puede separarse de la expiación de los antiguos pecados. Es una modalidad de trabajo social. La doctrina Obama –“es que no lo conseguiremos”– es una consecuencia inevitable de dicha culpa.

Los fracasos de la segunda guerra de Irak han convulsionado al Partido Republicano y han dado margen de maniobra al aislacionismo. Han resultado ser como mínimo igual de perturbadores y transformadores en la izquierda. La razón de ser de la política exterior de Obama parece ser el nuevo patrón en el Partido Demócrata. Para los que miran desde el extranjero a Estados Unidos para dar algo de fuerza a sus virtudes, para aquellos que admiran a los bien armados progresistas internacionalistas, y saben lo esenciales que han sido para la política exterior americana bipartita desde la II Guerra Mundial, este desarrollo de los acontecimientos es deprimente. Para Jameini, la Guardia Revolucionaria y las grandes potencias económicas imperialistas que hay tras Ruhaní es, sin embargo, una buena noticia en todos los aspectos.

Este artículo ha sido escrito en colaboración con Ray Takey

© Versión original (en inglés): The Weekly Standard
© Versión en español: Revista El Medio