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Alois Brunner, el fantasma de Damasco

Por Carmen Pulín 

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Noviembre de 1985. Un joven Benjamín Netanyahu, representante de Israel ante las Naciones Unidas, se dirige a la Asamblea General para tratar diversos temas. Tras hablar de Sudáfrica durante unos diez minutos, de repente interrumpe su discurso y exhibe una revista ante su sorprendida audiencia. Se trata del número 45 de Bunte, una publicación de carácter popular del grupo editorial Burda, que lleva como plato fuerte una entrevista con Georg Fischer.

¿Quién era ese hombre, y por qué estaba interesado el embajador israelí en exhibir una entrevista suya en las Naciones Unidas?

En realidad, Georg Fischer era el nazi Alois Brunner, responsable de la muerte de más de 128.000 personas y mano derecha de Adolf Eichmann, con quien colaboró estrechamente en el diseño y ejecución de la Solución Final. La revista había conseguido las primeras fotografías suyas tras la Segunda Guerra Mundial, fotografías que demostraban que seguía vivo y residía en Siria, concretamente en Damasco.

Las fotos fueron analizadas años más tarde por expertos antropólogos y comparadas con otras del joven Brunner; el resultado fue concluyente: eran del mismo hombre.

Netanyahu esperaba que, al mostrar el reportaje y las fotografías, Israel podría demandar una resolución de las Naciones Unidas que exigiera la entrega del criminal nazi por parte de las autoridades sirias. Naturalmente, tal cosa no llegó a suceder, pese a que Brunner había sido condenado a muerte in absentia en Francia en 1954 por crímenes de guerra. Según la resolución 3074 (XXVIII), de 3 de diciembre de 1974, de la Asamblea General, “los Estados miembros no concederán asilo a ninguna persona respecto de la cual existan motivos fundados para considerar que ha cometido un crimen contra la paz, un crimen de guerra o un crimen de lesa humanidad”; además, están obligados a cooperar en su identificación, detención y extradición. No se dictó resolución alguna, y Siria simplemente negó siempre que Alois Brunner se encontrara en su territorio.

¿Y Alemania? ¿Acaso Alemania no estaba interesada en detener a un criminal nazi, a uno de los más destacados? Aparentemente, no; se argumentó que una entrevista no era prueba suficiente. Hasta 1988 el Gobierno alemán no formuló de manera oficial pregunta alguna al Gobierno sirio acerca de Fischer/Brunner. Entonces, el viceministro sirio de Exteriores, Yusuf Shakur, se indignó por que se concediera más credibilidad a “publicaciones sionistas” que a “declaraciones oficiales de Gobiernos amigos”. Los alemanes habían preguntado, los sirios habían respondido, se había cubierto el expediente y con eso cesó el interés por el caso Brunner. Ni Alemania, ni Europa ni la ONU volvieron a preocuparse del tema. A nadie parecía importarle si uno de los mayores criminales nazis seguía vivo y, de ser así, cuál era su paradero.

Lo anterior no es del todo cierto; había personas a las que el paradero de Alois Brunner importaba, y mucho: a Simon Wiesenthal y a su organización, dedicada a localizar a criminales nazis por todo el mundo; al matrimonio formado por Serge y Beate Klarsfeld, que a su labor como cazadores de nazis unían un interés personal en el caso (el padre de Serge fue uno de los judíos deportados por Brunner a Auschwitz), y que de hecho lograron que en Francia se procesara a Brunner en una segunda ocasión, en 2001, por su responsabilidad en el traslado de 345 niños a Auschwitz. En el juicio, en el que se leyeron en voz alta los nombres de los críos deportados y asesinados (el menor de ellos tenía dos meses), Brunner fue condenado, de nuevo in absentia, a cadena perpetua. El paradero del nazi también interesaba, naturalmente, a diversos periodistas e investigadores… y a un joven alemán, Christian Springer.

Springer no era ni familiar de alguna víctima de Brunner, ni judío, ni historiador ni periodista; era un actor cómico, especializado en espectáculos de cabaret. Había estudiado lenguas semíticas en la universidad y era un enamorado de los países árabes. Y así, durante sus estudios, fue como descubrió que muchos nazis habían huido tras la guerra a países como Egipto, Irak o Siria. La historia le impresionó y sorprendió, especialmente cuando conoció el caso de Brunner.

La relación entre los criminales nazis y los países árabes tras la Segunda Guerra Mundial no es  un tema muy conocido por el público en general: la mayoría supone que el destino habitual fue Sudamérica: Brasil, Argentina, Uruguay…; países en los que vivían otros miembros del Partido Nacionalsocialista y sus simpatizantes; lugares en los que se sentían protegidos por una comunidad de compatriotas que les comprendía y amparaba, y en los que a menudo contaban con la colaboración de las autoridades locales. Muchos criminales de guerra, de los que se tiene bastante seguridad de que vivieron durante años en esos países, no han podido ser localizados, ni se tiene certeza sobre la fecha de su muerte: Josef Mengele sería uno de los ejemplos más conocidos.

Pero, como explica Springer en su libro Nazi, komm raus! Wie ich dem Massenmörder Alois Brunner in Syrien auf der Spur war (¡Nazi, sal! Cómo seguí las huellas del asesino Alois Brunner en Siria), los nazis y los árabes tenían lazos de amistad ya antes de la guerra ; el gran muftí de Jerusalén, Haj Muhamad Amín al Huseini, y Rasid Alí al Gailani, primer ministro iraquí en tres ocasiones, eran grandes admiradores de Hitler y de su ideología racista y criminal. Fueron aliados del Führer, sus invitados en Berlín durante la Segunda Guerra Mundial, y tras la derrota nazi disfrutaron de un cómodo exilio en Egipto (país que acogió a destacados nazis en la posguerra, como Aribert Haim), Arabia Saudí y Líbano.

La historia de Brunner –o, mejor dicho, los escasos detalles de los que disponía– obsesionaba a Springer. Que un criminal nazi pudiera andar libremente por las calles de Damasco, como un pacífico pensionista disfrutando de su jubilación, respetado y amparado por sus vecinos y por el régimen sirio, resultaba inconcebible; que, además, Fischer reconociera ser Brunner sin ningún tapujo y se mostrara orgulloso de haber hecho lo que hizo (años más tarde le preguntó a un periodista austriaco si acaso no le agradecía “haber limpiado de judíos la hermosa Viena”) le parecía repugnante. ¿Cómo había llegado algo así a ser posible, sin que nadie hiciera nada?

Y así, indignado, intrigado y sin tener muy claro qué iba a hacer una vez allí, Springer comenzó su aventura en Siria. Un primer viaje al que seguirían muchos más, en los que, poco a poco, fue descubriendo “pequeñas teselas” –como las llama en su libro– que colocar en el mosaico del enigma Brunner.

Enigma que sigue vigente hoy en día. A lo largo de los capítulos de Nazi, komm raus! descubrimos que hay más preguntas que respuestas, más suposiciones que certezas, más rumores que pruebas. El mismo autor reconoce que, a lo largo de los años, le han ofrecido datos de todo tipo muchas personas que afirman haber conocido a Brunner o, como le llamaban en Siria, al Dr. Fischer. Algunas de ellas eran meros conocidos superficiales: tenderos, vecinos, turistas… Otras, gente con una mayor relación: amigos e hijos de amigos. Y ni siquiera los datos que estas últimas fuentes le proporcionan parecen encajar en el mosaico que va confeccionando: se contradicen, le llevan a callejones sin salida, resultan ser mentira. Pero, poco a poco, combinando los (pocos) datos fiables con los hechos más o menos contrastados descubiertos por otros investigadores, con más medios y experiencia, consigue elaborar una biografía razonablemente clara del Brunner sirio.

Así, parece demostrado que Alois Brunner, nacido en Austria en 1912, el más estrecho colaborador de Eichmann (“Mi mejor hombre”, le denominaría éste en varias ocasiones), responsable de la detención y traslado a campos de exterminio de más de 128.000 personas en Austria, Grecia, Francia y Eslovaquia, logró escapar del Reich tras la Segunda Guerra Mundial vía Viena y Praga. Allí asume el nombre de Alois Schmaldienst, un pariente suyo, y con esa nueva identidad regresa a Alemania, donde desempeña diversos trabajos, como conductor de camión.

Es en esa época cuando otro destacado nazi de apellido Brunner pero de nombre Anton es condenado a muerte en Austria; de ahí surge el equívoco por el cual muchos dan a Alois por muerto en 1946.

Poco se sabe realmente de la actividad de Brunner durante estos años. A principios de 1954 aparece –ya con el nuevo nombre de Georg Fischer– en El Cairo, junto al Gran Muftí, y de allí se traslada a Siria. En ese mismo año es condenado a muerte por un tribunal francés; no se sabe si esta noticia influye en su decisión de no regresar a Europa.

Se especula con la idea de que, durante los primeros años de la Guerra Fría, Brunner pudiera haber estado a sueldo de la inteligencia estadounidense, de la Organización Gehlen en Alemania y de su sucesor, el  BND (Bundesnachrichtendienst, Servicio de Inteligencia Federal), o incluso de todos ellos. Parece claro que la inteligencia alemana estuvo implicada en el traslado del criminal a Siria, y que le envió dinero allí durante años; pero, por desgracia, nada de ello se puede probar, pues a mediados de los años 90, cuando el interés por Brunner se había renovado, el expediente que de él se conservaba en el BND, más de 580 documentos, fue destruido junto a otros 200 expedientes, sin que se haya aclarado nunca el motivo ni circunstancias de este hecho.

Una vez en Siria, Brunner es acogido por la comunidad alemana. Pronto encuentra un amigo, Franz Rademacher, con el que pone en marcha varios negocios de importación y exportación. Aparentemente, Fischer/Brunner vive en Damasco como un tranquilo hombre de negocios: llega a poner en marcha una empresa dedicada a la fabricación y distribución de pan negro y chucrut, tan añorados por los alemanes residentes en Siria (Christian Springer refiere que varios tenderos sirios recuerdan cómo Brunner les llevaba en persona los botes de chucrut para que ellos los vendieran); sin embargo, esos negocios no son más que una tapadera. Rademacher y Brunner se dedicaban al tráfico de armas; el dinero que Brunner manejaba y que enviaba a su familia en Austria no podía proceder únicamente de la venta de chucrut casero, por lo que pronto despertaría las sospechas de la policía, que le interroga, temiendo que se dedique al tráfico de drogas. Sin embargo, al revelar su verdadera identidad es puesto en libertad.

Parece claro que durante muchos años Brunner colaboró, como asesor en asuntos judíos, con el régimen sirio; según diversos testimonios recogidos en Nazi, komm raus!, el Dr. Fischer asesoró al Ejército sirio sobre armas, equipamiento tecnológico y planes estratégicos durante mucho tiempo. Todo ello ha sido desmentido insistentemente por Damasco, que ha negado incluso que aquél viviera nunca en el país.

Esos años de absoluta paz y libertad para Brunner acabarían bruscamente cuando su amigo y mentor Eichmann sea capturado en Argentina por agentes del Mossad, juzgado en Jerusalén y condenado a muerte. Para su subordinado es una tragedia, y se pone inmediatamente a disposición de los abogados de Eichmann para colaborar en su defensa. Éstos, sabiendo que el testimonio de Brunner, que jamás manifestó arrepentimiento alguno por sus crímenes, podría ser desastroso para su cliente, rechazan su ayuda. Tampoco cuaja el sorprendente plan, que Springer relata en el libro, de secuestrar al presidente del Congreso Mundial Judío, Nahum Goldmann, y canjearlo por Eichmann.

La captura de Eichmann supone un cambio radical en las vidas de los nazis que se han refugiado en el extranjero: se ha demostrado que ya no son inmunes, que no están seguros y que es posible capturarlos. Brunner descubre que también es vulnerable, sobre todo cuando recibe una carta bomba (según diversas teorías, procedente del Mossad o del servicio secreto francés) que le hace perder un ojo. En 1980 otra carta bomba le arrancará varios dedos de una mano.

El Gobierno sirio también se inquieta: si se descubre que el nazi vive en Damasco, le colocará en una delicada situación frente a sus aliados occidentales. Brunner se convierte en una molestia: le ponen una escolta más estricta, cuya custodia el viejo criminal se divierte eludiendo. ¿Son su falta de conciencia, su inhumanidad, su orgullo por los crímenes cometidos los que le hacen ignorar el peligro? ¿Es por eso por lo que no tiene inconveniente en contestar a los periodistas de Bunte en 1985, o al Chicago Tribune en 1987, afirmando que si volviera a vivir haría exactamente lo mismo y que estaba orgulloso de “haber limpiado Europa de judíos”?

Las indiscreciones de Brunner y estos fallos de seguridad inquietan cada vez más al régimen de Hafez al Asad, que decide trasladarlo a un lugar más discreto. Se cree que durante unos siete años estuvo oculto en la zona de Latakia, de donde es originaria la familia Asad, si bien Springer no pudo confirmar estos datos.

Se supone que Brunner regresó a Damasco a finales de los 90. Pocos son los que afirman haberle visto en esos años, pero Springer se niega a creer que esté muerto. Cada vez que vuelve a Siria, alguien le dice que el Dr. Fischer “está muy enfermo y ya no sale”, o bien que ha fallecido. Springer afirma que no sabe de nadie a quien hayan declarado muerto tantas veces. Parece evidente que, para evitar problemas, Asad lo somete a un semiarresto domiciliario, pero no consta su muerte en esas fechas.

El clima a finales de los 90 es muy distinto para Brunner y los criminales nazis como él: ya no existe esa indiferencia hacia ellos por parte de los distintos Gobiernos, temerosos de la reacción de una opinión pública más informada y crítica. No es lo mismo ocultar los expedientes de los antiguos miembros del Partido Nacionalsocialista en los 80 que a finales de los 90 y principios del siglo XXI, con internet, los teléfonos móviles, el acceso a la información desde cualquier parte del mundo y los expedientes de los que disponía la RDA abiertos a los investigadores. Por fin, en 1995 la Fiscalía alemana ofrece una recompensa a quienes ofrezcan información sobre el paradero de Brunner. Pero se ha esperado demasiado; los testimonios que llegan son débiles y contradictorios: se le localiza en Brasil, en Suiza, en Bolivia… pistas que a nada conducen. Cada vez que se intensifica su búsqueda, renace el rumor de que ha muerto. Springer no sabe a quién creer, aunque duda de la muerte del asesino, ya casi centenario

Pero un testimonio parece ser bastante fiable, el del hijo de una amiga de Brunner, Lilo Jamas, secretaria de Von Ribbentrop, casada con un iraquí y residente en Damasco desde el fin de la guerra. Christian Springer se reúne con él, Ahmed Jamas, en 2012, y lo que le cuenta es sorprendente: Brunner está muerto (al parecer, murió en 2001), pero unos pocos años antes le había llamado para que tradujera al árabe y mecanografiara su testamento.

El documento, que Springer consigue finalmente leer, da cumplida cuenta del cinismo y la perversidad del viejo asesino nazi: sostiene que los responsables de la Shoá fueron… los propios judíos, con Weizmann a la cabeza, por haberse negado a aceptar la solución de ser deportados en masa a Madagascar. Tras rechazarse tal posibilidad, los mismos representantes de la comunidad judía de París habrían ido a verle llorando, reconociendo que “Alemania no tendría más remedio que acabar con ellos para que no fueran una carga para el Reich”.

Este testamento se cuenta, posiblemente, entre lo más miserable y repugnante que se pueda leer sobre el exterminio de los judíos europeos. Springer considera que Brunner lo escribió por una serie de motivos; por orgullo, sí, pero también, cree él, por miedo: con su moral retorcida, consideraba que un documento así podría servirle de justificación por lo que había hecho si llegaba a ser capturado, posibilidad que le parecía cada vez más cercana. Así pues, Springer cree que, en sus últimos años, Brunner supo lo que era vivir con miedo, que le ocurriera lo mismo que a Eichmann. Y ese pensamiento, confiesa, le reconforta.

Pese a que, capítulo tras capítulo, tengamos la sensación de que se lo va a encontrar al doblar una esquina o al entrar en un café, Springer jamás llegaría a encontrar a Brunner. Varias veces confiesa haber tenido la impresión de que si avanzaba un paso más daría con él; pero que no lo daba. ¿Por miedo? ¿Por no saber qué hacer a continuación? ¿Qué haría, gritarle “¡Asesino!” y salir corriendo, como un niño travieso? Él no tenía autoridad, ni medios ni respaldo de ningún país u organización: por sí solo no podía detener al criminal, no podía llevarle ante la justicia. Trasluce en las páginas del libro, a veces, un sentimiento de fracaso, de no haber conseguido nada; ni siquiera haber podido demostrar que Alois Brunner está muerto.

El libro es, en cierto modo, una paradoja. ¿Por qué viaja Springer a Siria, por qué busca a Brunner, si sabía desde un principio que, a diferencia de lo sucedido en el caso Eichmann, no podría detenerlo y llevarlo ante un tribunal? A veces, al leerlo, nos llenamos de impaciencia; sí, es muy interesante lo que se nos cuenta sobre los criminales de guerra nazis, sobre su relación con los países árabes; es más que interesante, desolador, ver que el Gobierno alemán no sólo no hizo nada por capturar a Brunner o a muchos de sus camaradas, sino que parece claro que lo impidió o, simplemente, permitió que otros lo impidieran. Demasiados trapos sucios de un pasado no tan lejano, demasiados antiguos nazis no tan desnazificados como parecía situados en puestos de poder dentro de la nueva Alemania. Y resulta interesante también leer las aventuras de Springer en Siria, aunque a veces, como él mismo reconoce, parezca una historia de espías de serie B. Pero ¿nos lleva todo ello a alguna parte?

Literariamente, no es una obra brillante; resulta confusa en demasiadas ocasiones, la narrativa avanza a saltos y muchas veces no sabemos ni de qué año se nos está hablando o de qué datos se disponía por aquellas fechas. Tal vez deberían haberse narrado los acontecimientos en un orden cronológico más estricto, o habría sido mejor dividir el libro en dos partes, una con los hechos conocidos del pasado acerca de Siria, Alemania y los nazis, y otra con las aventuras en Siria. Hay capítulos que sobran por completo, ya que su relación con la historia de Brunner es muy lejana o incluso inexistente y tienen más que ver con la pasión del autor por Siria y con su ONG de ayuda al pueblo sirio y a los refugiados de la actual guerra civil, organización que no habría creado, afirma, de no ser por sus continuos viajes al país árabe y por la relación que entabla con su gente gracias a sus investigaciones para este libro.

Springer no elude estas y otras críticas. Él mismo es consciente de sus limitaciones, de que los datos que ofrece no son, salvo en un par de casos, novedosos ni de especial relevancia (el hallazgo del testamento de Brunner sería la excepción más destacada). Sabe que lo que nos cuenta resulta muchas veces inverosímil y casi de película. Y sabe que esta historia ha cambiado su vida, ha hecho que muchos (incluso algún amigo) le vean como “el pesado de los nazis, siempre con la historia de Brunner”. Entonces, ¿por qué embarcarse en esta aventura, por qué escribir este libro?

El propósito de Christian Springer puede que en un principio fuera la curiosidad, el deseo de aventuras… Pero nadie dedica tanto tiempo (más de veinte años) y esfuerzo a eso, ni se juega la vida por eso. Muchas fueron las veces que estuvo tentado de echarse atrás, confiesa,

… pero ya desde los primeros pasos vuelve la ira. Contra Asad, los nazis, los fiscales y agentes que, evidentemente, ni buscaban ni impartían justicia, sino que mentían, engañaban y dejaban que el problema se fuera pudriendo. ¿Detenerme? ¿Ahora? No.

La verdadera intención de este actor alemán al seguir la pista de Alois Brunner y escribir este libro no ha sido buscar la fama ni la venganza, sino la justicia. Tratar de aportar siquiera una pequeña pieza que pudiera contribuir a revelar la verdad sobre el asesino, a llevarle ante un tribunal. Contribuir a que el recuerdo de las víctimas, su memoria y su dignidad siguieran presentes. Saber quién fue Brunner, quién le ayudó, quién le ocultó, por qué no se pudo seguir su pista o si hubo alguien que lo impidiera.

En este libro el autor cita a menudo a Simon Wiesenthal, con el que mantuvo correspondencia a propósito del caso. Hay dos frases del veterano cazanazis que resumen muy bien su misión y también el propósito de este libro. La primera es una cita de su libro Recht, nicht Rache (Justicia, no venganza):

Lo que yo quiero es revelar lo que fue el horror.

Y la segunda es la respuesta a por qué no volvió a su trabajo de arquitecto tras la Segunda Guerra Mundial, sino que se decidió a buscar y capturar criminales nazis:

Cuando llegue al cielo, me encontraré con las víctimas de la Shoá, y lo primero que me dirán es: “Tú has tenido suerte y has sobrevivido, ¿qué has hecho con tu vida?”. Y yo deseo poder contestarles: “No olvidaros”.

¿Cuántos podrán responder eso mismo?

 

Christian Springer: “Nazi, komm raus!” Wie ich dem Massenmörder Alois Brunner in Syrien auf der Spur war. LangenMüller Verlag, 2012. 270 páginas.