Contextos

Al terrorismo palestino no se le combate con equivalencia moral

Por Jonathan S. Tobin 

Banderas de Palestina e Israel.
"Una vez se hayan presentado las condolencias y los chicos hayan sido enterrados, es probable que esta atrocidad sea enterrada en el agujero global de la memoria, mientras los palestinos y quienes les jalean sostienen que el atentado contra los adolescentes debe considerarse como una reacción comprensible a la ocupación, o como moralmente equivalente al destino de los palestinos que mueren mientras atacan a fuerzas israelíes""Al tratar estos acontecimientos como una excusa para moralizar de forma superficial, en vez de para examinar honestamente una cultura política palestina tóxica que glorifica el terror, los medios occidentales desempeñan un papel en absoluto insignificante en la perpetuación de un conflicto que deploran"

Ahora que han sido hallados los cuerpos de los tres adolescentes israelíes secuestrados, podemos esperar el habitual coro de formularias condenas del terrorismo y de simpatía por las víctimas entonado por muchos dirigentes occidentales. Pero la aparente objetividad de muchas de esas personas queda desmentida por su empeño en considerar los intentos deliberados de atacar a civiles por parte de los palestinos como moralmente equivalentes a la suerte corrida por árabes muertos mientras llevan a cabo actos violentos contra los israelíes.

El descubrimiento de los cuerpos de Eyel Yifrach, Guilad Shaar y Naftalí Frenkel supone un triste fin para el esfuerzo que paralizó a israelíes y a judíos de todo el mundo pero que suscitó relativamente poco interés fuera de la comunidad judía. El grupo terrorista Hamás, del que se sospecha que está tras el crimen, sufrirá las consecuencias de lo que parece ser el asesinato a sangre fría de estos tres jóvenes poco después de su secuestro. Los socios de Hamás en la Autoridad Palestina también serán puestos a prueba, pues los israelíes verán ahora si el voluntarioso discurso del líder de la AP, Mahmud Abás, al condenar el secuestro se corresponde con acciones que disocien a su Gobierno de los terroristas.

Pero una vez se hayan presentado las condolencias y los chicos hayan sido enterrados, es probable que esta atrocidad sea enterrada en el agujero global de la memoria, mientras los palestinos y quienes les jalean sostienen que el atentado contra los adolescentes debe considerarse como una reacción comprensible a la ocupación, o como moralmente equivalente al destino de los palestinos que mueren mientras atacan a fuerzas israelíes. El New York Times brindó un excelente ejemplo de semejante forma de pensar ayer por la mañana, en un artículo publicado sólo horas antes de que se hallaran los cuerpos.

En esa pieza, escrita por la jefa de la corresponsalía en Jerusalén, Jodi Rudoren, el periódico comparaba el dolor experimentado por la madre de Naftalí Frenkel, Rachel, con el de otra madre, Aida Dudín, cuyo hijo, Mohamed, resultó muerto al enfrentarse a soldados israelíes que buscaban a los muchachos.

La pérdida de cualquier vida es una tragedia, y la tristeza de ambas madres es genuina. Pero aparte de esos hechos desnudos no hay fundamento alguno sobre el que comparar ambas familias. En uno de los casos tenemos a un muchacho que se convirtió en objetivo de terroristas por ser judío y vulnerable, y que después fue asesinado. En el otro caso, otro muchacho decide unirse a las filas de quienes tratan de obstaculizar a las fuerzas que intentan encontrar a las víctimas del secuestro y los ataca con piedras, tratando de provocar a los israelíes para que disparen en defensa propia.

Las palabras de ambas madres demuestran también la ausencia de cualquier equivalencia moral. Mientras la de Frenkel expresaba su simpatía por cualquier palestino que hubiera resultado herido, Aida Dudín proclamaba que su hijo era un “mártir” que “murió por su patria”. Dudín, que afirmó que trató de evitar que su hijo se sumara a la violencia, considera también que la presencia judía en el país es una cuestión de “colonialismo”. Como demuestra la campaña en los medios sociales palestinos en la que se burlaban de los chicos secuestrados, hay un claro sentimiento por parte de los árabes de que cualquier judío que sufra en el conflicto se lo ha buscado.

Si reducimos la cuestión al elemento personal de madres e hijos, se puede sostener que los unos no son diferentes de los otros. Pero mientras los palestinos se aferren a la idea de que el país puede ser liberado de los judíos, como sugiere Dudín, nada cambiará. Pese a los clichés sobre el ciclo de violencia en el que están atrapadas ambas partes, los acontecimientos que condujeron a las muertes de Frenkel y de Dudín no fueron involuntarios; implicaban la decisión por parte de los terroristas de Hamás de asesinar a muchachos israelíes, y las decisiones subsiguientes de otros palestinos de lanzarse a las calles para tratar de obstaculizar a los buscadores israelíes o para buscar enfrentamientos con los que reabastecer las filas de los mártires palestinos.

El problema aquí no es un mero malentendido entre ambas partes que pueda resolverse con una yuxtaposición superficial de ambas familias. La muertes de estos dos chicos se derivan de la creencia por parte de los palestinos de que tienen derecho a resistir la presencia judía mediante el terrorismo, así como el deber de atacar a aquellos israelíes que buscaban a los terroristas y a sus víctimas.

Israel estará justificado en adoptar medidas drásticas contra Hamás en los próximos días, sobre todo en vista de la noticia de que, por primera vez desde hace años, el grupo islamista está lanzando desde Gaza misiles contra el sur de Israel en vez de delegar esa tarea en otros grupos palestinos. Pero la cuestión aquí no es tanto la necesidad de llevar a cabo represalias por los secuestros y asesinatos como la de que los palestinos reexaminen sus actos y su sistema de creencias, el cual puso en marcha esta cadena de acontecimientos.

El trágico fin de la búsqueda debería servir también para que quienes –como el New York Times– tratan habitualmente a las víctimas del terrorismo como moralmente equivalentes -en cierto modo- a aquéllos que ayudan y apoyan al terrorismo, reconsideren lo que significa realmente ser imparcial en la forma de considerar el conflicto. Al tratar estos acontecimientos como una excusa para moralizar de forma superficial, en vez de para examinar honestamente una cultura política palestina tóxica que glorifica el terror, los medios occidentales desempeñan un papel en absoluto insignificante en la perpetuación de un conflicto que deploran.

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