Contextos

Ahmed Chalabi, el Encantador

Por Max Boot 

Ahmed Chalabi.
"Chalabi, un exbanquero brillante, aunque sin principios, con un doctorado en Matemáticas por la Universidad de Chicago, logró a las mil maravillas convencer a los peces gordos de Washington de que el régimen de Sadam Husein podía ser fácilmente derrocado y sustituido por un Gobierno democrático y prooccidental en el que él desempeñaría uno de los papeles principales""Visto desde fuera, resulta difícil saber por qué Chalabi no logró llegar a ocupar el puesto más alto, pero cabe sospechar que incluso los políticos iraquíes carentes de principios lo consideraban demasiado taimado, alguien que se promocionaba demasiado y en quien en última instancia no confiaba nadie porque había cambiado de bando demasiadas veces"

Nunca fui hechizado por Ahmed Chalabi, pero sólo porque nunca lo conocí en persona. Dudo que hubiera podido resistirme a su encanto e inteligencia más que la mayoría de políticos, legisladores y expertos que conoció en los años 90 y principios de la década de 2000, cuando se dedicaba a hacer campaña en busca de ayuda estadounidense para derrocar a Sadam Huseín.

Chalabi, un exbanquero brillante, aunque sin principios, con un doctorado en Matemáticas por la Universidad de Chicago, logró a las mil maravillas convencer a los peces gordos de Washington de que el régimen de Sadam Huseín podía ser fácilmente derrocado y sustituido por un Gobierno democrático y prooccidental en el que él podría desempeñar un rol importante, cuando no el papel principal. Tuvo especial éxito a la hora de ganarse las simpatías de un círculo denominado por los críticos “los neocons“, término peyorativo para referirse a políticos y pensadores que querían promover los ideales norteamericanos en el mundo. Chalabi los engañaba y les hacía creer que él también era un idealista y no el autopropagandista que era en realidad.

Las afirmaciones de que Chalabi se inventó el programa de armas de destrucción masiva de Sadam son exageradas. Si bien fue él quien guió a algunos de los desertores que vendieron esas tesis a sus patrocinadores ocasionales de la CIA, probablemente era sincero en su creencia de que Sadam poseía las armas en cuestión. Demonios, hasta los propios generales de Sadam lo creían. El mandatario iraquí acabó por engañar demasiado bien a todo el mundo y pagó ese engaño con su vida. Pero aunque Chalabi no se inventara el casus belli de la guerra de Irak, infundió a Washington la confianza en que la etapa post-Sadam sería mucho más sencilla de lo que resultó ser.

De vuelta en Bagdad, Chalabi nunca logró convertirse en primer ministro, como había esperado, pero sus maquinaciones políticas no cesaron. Llegó a la capital iraquí con el patrocinio de Estados Unidos, pero empleó un doble juego al establecer también estrechos vínculos con los iraníes. Era más listo de lo que le convenía: la comunidad de inteligencia estadounidense tenía un excelente conocimiento de la situación, y el resultado fue que en el establishment norteamericano nadie volvió a confiar en él. Su casa fue asaltada por tropas estadounidenses y perdió todo respaldo de Norteamérica.

Lo compensó formando una nada santa alianza con Muqtada al Sader, el feroz predicador chií que, respaldado por Irán, hacía la guerra a las fuerzas norteamericanas y libraba una campaña de limpieza étnica contra los suníes. Se llegó a decir incluso que Chalabi estuvo implicado en las actividades de los escuadrones de la muerte chiíes. Probablemente supuso que, con su inteligencia superior y su sofisticación, podría manipular al inculto y provinciano Sader para que lo llevara a hacerse con el poder.

Chalabi estuvo al frente de la campaña de desbaazificación, que, bajo su celosa dirección, se convirtió en una caza de brujas antisuní. Ello, a su vez, llevó a muchos suníes potencialmente reconciliables a sumarse a la oposición armada al Gobierno. Muchos se unieron a Al Qaeda en Irak, el precursor del ISIS. Conforme Irak se precipitaba en una guerra civil, Chalabi, Sader y sus patrocinadores iraníes fueron unos de los iniciales ganadores, ya que la polarización del país les permitía ampliar su control de la población chií. El éxito del Despertar de Anbar y la remontada estadounidense de 2007-2008 supusieron un revés para los planes iraníes y para Chalabi, pero éste supo adaptarse a la nueva realidad.

Superviviente nato, Chalabi siguió conspirando en busca del poder. Hace bien poco, en 2014, figuraba entre los posibles candidatos para sustituir a Nuri al Maliki como primer ministro, puesto que finalmente recayó en Haidar al Abadi. Con su habitual descaro, Chalabi concedía entrevistas en las que se promocionaba como el mejor líder para reconciliarse con los suníes (pese a haber llevado a cabo una vendetta antisuní) e incluso para hacer limpia con la endémica corrupción, aunque fuera condenado por un tribunal jordano por fraude económico masivo (condena de la que, muy convenientemente, culpó a su enemigo Sadam Husein). Visto desde fuera, resulta difícil saber por qué Chalabi no logró llegar a ocupar el puesto más alto, pero cabe sospechar que incluso los políticos iraquíes carentes de principios lo consideraban demasiado taimado, alguien que se promocionaba demasiado y en quien en última instancia no confiaba nadie porque había cambiado de bando demasiadas veces.

Al final, Chalabi desperdició sus oportunidades. Podría haber sido el Ashraf Ghani iraquí: un tecnócrata prooccidental que llegó a lo más alto. En cambio, se le recordará como una versión más taimada de Muqtada al Sader. Su principal habilidad fue, simplemente, lograr seguir vivo durante tanto tiempo (figurativa y literalmente) en ese nido de víboras que es la política iraquí. Esquivó intentos de asesinato, pero no pudo con un ataque al corazón. RIP.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio