Contextos

Afganistán: la guerra más larga no es la peor

Por Michael J. Totten 

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"Decir que la guerra de Afganistán es la más larga de nuestra historia sugiere que es la peor, pero está muy muy lejos de serlo. Incluso es de perfil bajo para los estándares afganos. No estamos viviendo ahí lo que vivieron los rusos en los años 80. En su condenada guerra, murieron cinco veces más rusos allí, y eso que combatieron durante mucho menos tiempo. La mayoría del país se resistió a los rusos, mientras que decenas de miles de afganos están dispuestos a luchar y morir junto a los americanos en la lucha contra el Talibán"

En EEUU casi todo el mundo está harto de la guerra de Afganistán, especialmente las familias que han perdido hijos e hijas, padres y madres, hermanos y hermanas a manos del Talibán y Al Qaeda. Con sus cerca de 16 años, es la guerra más larga que hayamos librado, y el presidente Trump, luego de oponerse a ella durante años, ha ordenado el envío de otros 4.000 hombres.

“Vayámonos de Afganistán”, escribió en Twitter antes de ser elegido presidente. “Los afganos a los que estamos adiestrando están matando a nuestros hombres, y estamos gastando miles de millones ahí. ¡Es ridículo! Reconstruyamos EEUU”.

El presidente Obama dijo prácticamente lo mismo una y otra vez. “Después de más de una década de guerra, ha llegado la hora de centrarse en la reconstrucción nacional aquí, en casa”, proclamó hace ya cinco años.

Trump no es más capaz de sacar a los americanos de la ciénaga afgana que Obama. El marcador dice: Realidad, 2 – Promesas, 0.

El presidente respiró hondo, se ajustó la corbata, metió tripa, se colocó frente a las cámaras y admitió que estaba equivocado. Esto es lo que hace la guerra con la gente, especialmente con los encargados de llevar las riendas de la política exterior. Poner fin a una guerra de manera prematura puede ser tan catastrófico como quedarse atascado en una que jamás debería haberse iniciado.

Si per demos la guerra en Afganistán –y, que nadie se confunda, eso es exactamente lo que pasará si nos vamos antes de que concluya–, el ISIS podría tomar el país perfectamente. Es lo que hace el ISIS. Tomar Estados fallidos. Si Afganistán no sucumbre al ISIS, sin duda lo hará ante algo que se le parezca tanto que no podrías encontrar la diferencia por mucho que escudriñaras. El Talibán no tiene las ambiciones globales del ISIS (al menos por ahora), pero se alió con Osama ben Laden y Al Qaeda mientras estos tramaban y ejecutaban el más espectacular ataque terrorista de la historia, y el ISIS no es más que una rama de Al Qaeda que ha cambiado de nombre.

No hay buen momento para perder una guerra, pero perderla justo cuando el ISIS está en trance de ser destruido en Irak es suficiente para hacer que cualquier presidente o partido político se desvele. Hablar de acabar con una guerra que todo el mundo detesta es una cosa; poner tu firma al pie de la rendición, otra muy distinta.

“Las decisiones son muy distintas cuando estás sentado tras el escritorio del Despacho Oval”, ha dicho Trump. Está condenadamente en lo cierto. Nunca he estado sentado ahí, y –a menos que sea Jimmy Carter, George Bush o Barack Obama–, usted tampoco. Pero tampoco hay que ser un genio para hacerse una idea de lo distintas que deben de verse las cosas cuando, en vez de quejarte desde Twitter, te toca decidir sobre ellas. Así que el presidente ha cambiado de opinión y dejado con un palmo de narices a los consternados progresistas y a los populistas de Breitbart.

A Nadie –a nadie– le gusta la guerra en Afganistán, pero ¿qué tal si le damos al asunto un poco de perspectiva? EEUU ha perdido 2.271 hombres ahí en estos 16 años. En este punto, apenas cuenta como una guerra. En realidad, es más como una suerte de operación policial. Lo crean o no, cada años perdemos más oficiales de policía en las calles de nuestro país que soldados en el frente afgano. Entre 1990 y 2010, han muerto una media de 164 policías al año en EEUU, frente a 141 soldados en Afganistán.

Puede que sea la guerra más larga que hayamos librado, pero también es la menos mortífera. Comparemos con otros conflictos del pasado:

– Guerra de la Revolución Americana: 25.000.
– Primera Guerra Mundial: 116.516.
– Segunda Guerra Mundial: 405.399.
– Guerra de Corea: 36.516.
– Guerra de Vietnam: 58.209.
– Guerra de Irak: 4.497.
– Guerra de Afganistán: 2.271.

La pérdida de 2.271 vidas no es pequeña. Cada una de ellas es una tragedia, y lo es todo para la familia de los caídos, con independencia del número total de bajas. Ahora bien, hemos de comparar esa cifra con el número de gente que podría morir en el futuro si perdemos. El enemigo asesinó a más americanos en EEUU en un sólo día –el 11 de septiembre de 2001– que a lo largo de todo el conflicto subsiguiente.

¿Y qué decir del coste económico? Las guerras son tremendamente caras. EEUU ha gastado ya 1,07 billones de dólares en Afganistán. Una cifra enorme. Y aun así (y ha de saber que habrá un aun así), los ataques del 11-S nos costaron 3,3 billones, una cifra más de tres veces superior.

Decir que la guerra de Afganistán es la más larga de nuestra historia sugiere que es la peor, pero está muy muy lejos de serlo. Incluso es de perfil bajo para los estándares afganos. No estamos viviendo ahí lo que vivieron los rusos en los años 80. En su condenada guerra, murieron cinco veces más rusos allí, y eso que combatieron durante mucho menos tiempo. La mayoría del país se resistió a los rusos, mientras que decenas de miles de afganos están dispuestos a luchar y morir junto a los americanos en la lucha contra el Talibán.

Aun así, nuestra experiencia allí es casi tan desmoralizadora como lo fue para los rusos, porque no tenemos un camino a la victoria. El Afganistán de hoy es como un cubo de Rubik al que algún tramposo cambia las colores para hacerlo irresoluble. Lo mejor que podemos hacer es mantener las posiciones y conseguir logros paulatinos que permitan que, llegado un momento, se alcance una solución, antes que dejar a los afganos que se las apañen solos. Si nos marchamos ahora, no haremos otra cosa que volver, y todos los avances que hayamos conseguido se habrán perdido para entonces. En Afganistán todo el mundo sabría que nos volveríamos a ir cuando nos cansáramos, y nos cansaríamos mucho antes la segunda vez.

Si no hay una opción militar en Corea del Norte, en estos momentos no hay una solución no militar en Afganistán. El precio es elevado, pero el de retirarse lo es mucho más.

© Versión original (en inglés): World Affairs
© Versión en español: Revista El Medio