Contextos

Abás, amenaza estratégica para Israel

Por Gershon Hacohen 

Mahmud Abás.
"Mahmud Abás sigue orquestando su campaña diplomática, en la que lleva incurso década y media y que no es menos peligrosa para Israel que la 'lucha armada' de Hamás y la Yihad Islámica en Gaza. Con el incremento de la influencia iraní y el advenimiento de una serie de nuevas amenazas sobre sus fronteras sur y norte, retomar las negociaciones con Abás en el marco pergeñado por Barak y Olmert representaría una amenaza existencial para Israel"

La reciente decisión del fiscal general del Tribunal Internacional de La Haya de investigar a Israel por “crímenes de guerra” contra los palestinos ha sido celebrada por la Autoridad Palestina (AP). Lógico.

Y es que estamos ante la culminación de la estrategia que ha seguido el presidente de la AP, Mahmud Abás, desde que asumió el cargo, a finales de 2004. Bajo su punto de vista, el terror instigado por su predecesor en septiembre de 2000 (eufemísticamente denominado Intifada de Al Aqsa) fue un completo fracaso, pese a las miles de víctimas israelíes que se cobró. Ni llevó el colapso a la sociedad israelí ni puso freno a los asentamientos en la Margen Occidental, y tampoco supuso un avance en la liberación de Palestina; de hecho, dañó a la causa palestina al presentar a los palestinos como enemigos de la paz. 

Abás adoptó un nuevo enfoque: “Dejemos de de militarizar la intifada. Hagamos lo que se nos pide y convenzamos al mundo de que hemos cumplido con nuestras obligaciones”. Aunque algunos vieron aquí un repudio del legado de Arafat y una apuesta por la paz, no fue sino una manera distinta de alcanzar el mismo fin de liberar Palestina (es decir, de erigir un Estado palestino sobre las ruinas de Israel).

El approach de Abás sustituye la lucha armada con una campaña diplomática internacional destinada a forzar a Israel a retirarse a las fronteras de 1967, sin acuerdo de paz y con derecho de retorno, el eufemismo con el que los palestinos hablan de destruir Israel inundándolo con millones de refugiados. Así las cosas, el enfoque de Abás contravenía y contraviene completamente los compromisos adquiridos por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en los Acuerdos de Oslo de la década de los 90.

Asombrosamente, pese a estos 25 años de violaciones sistemáticas palestinas de dichos acuerdos, las miles de víctimas y la conversión de Gaza en un bastión terrorista que perturba incesantemente la vida cotidiana en Israel, los políticos israelíes siguen aferrados al espejismo de que la OLP es un socio para la paz.

Así, el ex primer ministro Ehud Olmert ha sugerido que la próxima campaña electoral se centre en la recuperación de las negociaciones con la AP. “La ausencia de negociaciones”, escribió en Maariv el pasado 20 de diciembre, “es (…) un golpe estratégico al supremo interés existencial de Israel”.

Las ofertas de paz planteadas por Olmert en la conferencia de Annapolis (2007) ya no es que fueran desechadas por Abás, pese a las tremendas concesiones que implicaban, sino que divergían drásticamente de la concepción de la paz que llevó a Isaac Rabin a firmar los Acuerdos de Oslo.

El 5 de octubre de 1995, un mes antes de ser asesinado, Rabin expuso ante la Knéset, en su último discurso parlamentario, los parámetros fundamentales del acuerdo:

– “Una Jerusalén unida (…) como capital de Israel bajo soberanía israelí”.

– “La frontera de seguridad para la defensa de Israel estará localizada en el Valle del Jordán, en el más amplio sentido del concepto”.

– “[La palestina] será una entidad inferior a un Estado, que gestionará con independencia la vida de los palestinos bajo su autoridad”.

Si bien Rabin lo vio como un proceso basado en la reciprocidad, Oslo resultó una pendiente resbaladiza por donde se fueron precipitando todos esos principios. Desde las inauditas concesiones de Ehud Barak en la cumbre de Camp David (julio de 2000), a las que Olmert añadió algunas más, la división de Jerusalén se ha convertido en el punto de partida de las negociaciones, así como la entrega total del Valle del Jordán y el establecimiento de un Estado palestino con plena soberanía. A ello hay que añadir el precedente de la compensación territorial (que contraviene la Resolución 242 de Naciones Unidas) por los bloques de asentamientos (que constituyen el 3-6% de la Margen Occidental y el Valle del Jordán), que implica que se transferirá a los palestinos áreas vitales para Israel.

El liderazgo palestino sabe que tiene un gran poder extorsionador. Cuanto más fervor muestre Israel en separarse de los palestinos, mayor será el precio que puedan extraer estos sin contraprestación. Esa capacidad para la extorsión se ve reforzado porque el discurso israelí ignora sistemáticamente los desarrollos que se han producido sobre el terreno en los últimos 25 años; empezando por el fin de la ocupación israelí tras la ejecución del Acuerdo Interino de octubre de 1995, que puso al 90% de la población palestina de la Margen Occidental (Áreas A y B) bajo control de la AP.

Siguen siendo objeto de disputa Jerusalén Oriental y el Área C. Esta última, donde residen unos pocos palestinos, alberga las comunidades israelíes de la Margen, bases de las Fuerzas de Defensa de Israel, vías de comunicación de gran importancia, posiciones topográficas cruciales y el Valle del Jordán, que Israel necesita para existir y defenderse. No hay conexión alguna entre mantener el control sobre todo ello y anexionarse la población palestina de la Margen.

Mahmud Abás sigue orquestando su campaña diplomática, en la que lleva incurso década y media y que no es menos peligrosa para Israel que la lucha armada de Hamás y la Yihad Islámica en Gaza. Con el incremento de la influencia iraní y el advenimiento de una serie de nuevas amenazas sobre sus fronteras sur y norte, retomar las negociaciones con Abás en el marco pergeñado por Barak y Olmert representaría una amenaza existencial para Israel.

© Versión original (en inglés): BESA Center
© Versión en español: Revista El Medio