Contextos

¿A quién le importa si Asad dio la orden?

Por Michael Rubin 

Bashar-Al-Assad
"Durante demasiado tiempo, los responsables políticos norteamericanos han buscado razones para exculpar a los dictadores, más que para hacerlos responder por sus actos. Es un comportamiento que Irán y sus aliados conocen bien, y del que saben aprovecharse""Vamos a dejarnos del mito, cuidadosamente construido, de Asad, el cirujano ocular de educación occidental. No es más que una cosa: un asesino"

La Administración Obama parece estar convencida de que fue el régimen sirio, y no la oposición, quien llevó a cabo el ataque con armas químicas contra Guta Este. Los fundamentos de dicha conclusión parecen ser comunicaciones interceptadas, el método empleado para llevar a cabo el ataque y el comportamiento del Gobierno sirio tras los hechos.

Sin embargo, el presidente Bashar al Asad niega el ataque, y la inteligencia alemana sugiere que el propio presidente no lo ordenó. Si eso fuera cierto, ¿exculpa a Asad y debería inmunizarle frente a las represalias?

La respuesta a esto es: no, en absoluto. Demasiado a menudo, regímenes corruptos tratan de mantener una “negación creíble” cuando se violan derechos humanos. Pretenden atacar sus objetivos y luego lanzar suficiente humo como para evitar que se les haga responsables.

Tomemos a Irán, por ejemplo. En 1982, el ayatolá Ruholá Jomeini trasladó la Oficina de Movimientos de Liberación -la antecesora de la Fuerza Quds- de Teherán a la casa del Gran Ayatolá Husein Alí Montazerí. Si el grupo operaba desde un domicilio privado, entonces el Gobierno iraní podría encogerse de hombros cada vez que patrocinara un ataque terrorista, y afirmar que el propio Ejecutivo no era responsable.

En 1989, Occidente debatió la culpabilidad iraní de los asesinatos de Abdulrramán Gasemlu, un disidente kurdo-iraní, y de toda su delegación, en el centro de Viena. La Policía austriaca dejó marchar al comando asesino, y los autores, posteriormente, fueron ascendidos en Teherán y en la Fuerza Quds por un trabajo bien hecho.

Altos cargos iraníes organizaron también los asesinatos en el Café Mykonos de Berlín, en 1992, y el atentado contra la embajada israelí de Buenos Aires ese mismo año. Dos años más tarde vendría el atentado contra la AMIA, y dos después de éste el de las Torres Khobar. En cada uno de los casos, los iraníes trataron de mostrar esa “negación creíble”. Lo mismo puede decirse respecto a si los dirigentes iraníes dieron o no una orden directa a Hezbolá en 2006 para que éste lanzara su guerra contra Israel. No importa si los terroristas de la organización libanesa están entrenados por Irán (en algunos casos en la propia República Islámica), emplean armas iraníes y -como puede ver en el museo de Hezbolá en Mlita (Líbano)- en sus bunkers tienen fotos de los ayatolás Jomeini y Jamenei, su sucesor.

Durante demasiado tiempo, los responsables políticos norteamericanos han buscado razones para exculpar a los dictadores, más que para hacerlos responder por sus actos. Es un comportamiento que Irán y sus aliados conocen bien, y del que saben aprovecharse. Qué irónico resulta que el mismo Gobierno estadounidense que responsabilizaría a los padres por tener armas sin el seguro puesto o por darle alcohol a un menor de edad que luego tuviera un accidente haga lo imposible por evitar castigar a un dictador que adquiere armas químicas, las cuales tienen un único propósito. Cuando un régimen emplea armamento químico no debería haber atenuantes. Vamos a dejarnos del mito, cuidadosamente construido, de Asad, el cirujano ocular de educación occidental. No es más que una cosa: un asesino. Es hora de que se le haga responder personalmente por ello.