Contextos

A los palestinos les molesta el 'statu quo'

Por Jonathan S. Tobin 

Muro de los Lamentos en Jerusalén
"La idea de que lo que los palestinos persiguen en el Monte o en cualquier otro lugar es el statu quo es errónea. Como ha sucedido en cada una de las etapas de lucha en la historia reciente de la región, tanto los palestinos como buena parte del aparato estadounidense de política exterior esperan que la creciente pila de cadáveres sirva para aumentar la presión para que Israel ceda mas territorio""Mientras la idea palestina de que sólo la violencia obligará a los israelíes a hacer concesiones sobre territorios y asentamientos, el terrorismo se considerará una herramienta legítima, incluso necesaria, para un pueblo palestino de otro modo carente de poder""La identidad nacional palestina sigue estando inextricablemente unida a la lucha contra ese regreso, y, por lo que respecta a los palestinos, en lo referente a territorios ocupados no hay diferencia alguna entre hablar de la Margen Occidental o del Israel anterior a 1967"

Tras más de una semana de estudiada neutralidad respecto al aumento de la actividad terrorista  contra Israel, el secretario de Estado estadounidense, John Kerry, finalmente dijo algo útil para restaurar la calma. Aunque tanto él como otros miembros de la Administración han acusado a veces a los israelíes de provocar la oleada de atentados criminales al construir viviendas o abatir a terroristas, Kerry fue al meollo del problema al señalar que las supuestas amenazas a la mezquita de Al Aqsa no son reales. Al señalar que Israel se oponía a modificar el statu quo en el Monte del Templo, respaldó implícitamente la afirmación del Gobierno Netanyahu de que la violencia era producto de la incitación de los dirigentes palestinos que han hecho circular esa falsa acusación. Afirmó que lo que hacía falta era “claridad” sobre la situación en Jerusalén, para que a los musulmanes les quedara claro que no hay nada de cierto en el libelo de sangre que ha hecho circular el líder de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, respecto al Monte del Templo. Además, el secretario de Estado hizo notar que lo fundamental era asegurarse de que los palestinos entendieran que Israel apoyaba el statu quo. Pero la idea de que lo que los palestinos persiguen en el Monte o en cualquier otro lugar es el statu quo es errónea. Como ha sucedido en cada una de las etapas de lucha en la historia reciente de la región, tanto los palestinos como buena parte del aparato estadounidense de política exterior esperan que la creciente pila de cadáveres sirva para aumentar la presión para que Israel ceda mas territorio.

Está claro, incluso para los más acérrimos defensores de la política exterior de la Administración Obama, como Jeffrey Goldberg, del Atlantic, que en lo que actualmente se denomina la intifada de los apuñalamientos la violencia no ha sido causada por desacuerdos sobre los asentamientos y el territorio. Goldberg relaciona correctamente la incitación de Abás respecto al Monte del Templo con los libelos de sangre que hicieron circular los líderes palestinos en la década de 1920. El motivo por el que existe el statu quo mantenido por Israel en el Monte, que en realidad discrimina a los judíos (tienen prohibido rezar en el lugar más sagrado del judaísmo), es que los palestinos consideran que todo Israel, incluido todo el territorio comprendido dentro de los límites de 1967, es un asentamiento ilegal poblado por colonos extranjeros. Como señala el colaborador ocasional de Commentary Daniel Gordis en una columna muy perspicaz, aunque deprimente, publicada en el New York Daily News, incluso los palestinos con formación, que se relacionan a diario de manera amistosa con judíos israelíes, los consideran usurpadores que serán expulsados tarde o temprano.

Pero, por desgracia, esa perspicacia no alcanza a la mayoría de comentaristas de política exterior. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el New York Times  del pasado lunes, en el que Nathan Thrall, del International Crisis Group, escribía que el problema residía en que no había indicios de que Israel fuera a disminuir su ocupación sobre los palestinos. Mientras la idea palestina de que sólo la violencia obligará a los israelíes a hacer concesiones sobre territorios y asentamientos, el terrorismo se considerará una herramienta legítima, incluso necesaria, para un pueblo palestino  de otro modo carente de poder. Thrall considera que si Israel y Estados Unidos se limitan a “gestionar” el conflicto en vez de a resolverlo el resultado será sólo más violencia, porque los palestinos seguirán derramando sangre hasta que sus protestas sean atendidas.

Thrall acierta al señalar que muchos israelíes sueñan con poder separarse completamente de los palestinos, para librarse así de la pesadilla de los apuñalamientos, los tiroteos y demás caos. Afirma que el apoyo a la separación alcanzó su nivel máximo durante la Segunda Intifada, cuando los israelíes temblaban debido a los atentados suicidas.

Pero lo que tanto él como otros muchos miembros de think tanks no comprenden es que todo el revuelo por la mezquita de Al Aqsa revela lo que hay en la raíz de la violencia. Lo que se dice al respecto en realidad no tiene que ver tanto con el temor a que los israelíes dañen la mezquita como con el compromiso ideológico-religioso de asegurarse de que el lugar se convierta en un enclave exclusivamente musulmán donde los judíos no tengan derecho alguno. Por eso la AP también pretende conseguir que la Unesco reconozca el Muro Occidental como parte del complejo de Al Aqsa.

Thrall dice que los palestinos creen que una ocupación sin costes sólo servirá a los intereses israelíes, y que una señal de que el Estado judío se fuera a retirar de más territorio les motivaría para dejar de apuñalar judíos. Pero el único statu quo que los palestinos están interesados en conservar es el existente antes de que el movimiento sionista moderno comenzara a traer al pueblo judío de vuelta a su tierra. La identidad nacional palestina sigue estando inextricablemente unida a la lucha contra ese regreso, y, por lo que respecta a los palestinos, en lo referente a territorios ocupados no hay diferencia alguna entre hablar de la Margen Occidental o del Israel anterior a 1967.

Un acuerdo de paz que separara a ambos pueblos parece una buena idea, al menos teóricamente, pero el resultado de la retirada de Gaza por Ariel Sharón sigue siendo el ejemplo perfecto de lo que sucede cuando Israel realiza ese tipo de movimientos. La idea de repetirlo en la Margen Occidental sigue pareciendo una locura a la abrumadora mayoría de los israelíes, incluso aunque ello los separara de los palestinos. Tampoco albergan esperanza alguna de que semejante gesto satisficiera las aspiraciones territoriales palestinas.

Israel ha demostrado reiteradamente su disposición a conceder un Estado a los palestinos a cambio de una paz real. Pero, como Gordis y Goldberg señalan acertadamente, la paz será imposible mientras los palestinos no estén dispuestos a reconocer los derechos nacionales y religiosos de los judíos. Quienes pretenden impulsar una solución al conflicto harían mejor en dejar de hablar de asentamientos (la mayoría de los cuales permanecerían en Israel bajo los términos de cualquier acuerdo de paz) y en empezar a decir a los palestinos la dura realidad respecto a poner fin a su guerra secular. Hasta que no comprendan eso, gestionar este conflicto es todo lo que Israel, o cualquier otro, debería tratar de hacer.

© Versión original (en inglés): Commentary
© Versión en español: Revista El Medio